Una noche en Valderrobres

Este fin de semana nos hemos regalado una escapada a Valderrobres para celebrar nuestro 17 aniversario de boda, ¡yupi! La emoción hizo que ayer nos despertáramos tan temprano que salimos de Barcelona con nocturnidad y alevosía, mientras la luna lunera, perfecta y formidable, casi nos abrazaba desde lo alto. Poco antes de llegar a Mora de Ebro nos adentramos en una inquietante bruma que nos envolvió, densa e impertinente, como si fuera adhesiva. Por un momento nos teletransportamos a “The Twilight Zone”, pero literalmente: nos detuvimos a desayunar en un bar mugriento de Calaceite, plagado de moscas siberianas –es decir, aclimatadas al gélido invierno turolense- y lugareños que hablaban chapurriau –que viene a ser catalán con acento maño-. Y de pronto, al adentrarnos en la carretera que lleva a Cretas, se pulverizó el manto de niebla y descubrimos un paisaje de reminiscencias toscanas, con olivos, almendros y vides tapizando las hermosas colinas. Como dejar atrás Mordor y llegar a Rivendel.

Llegamos a Valderrobres a las 10 de la mañana, justo cuando Ana –detallista, encantadora y excelente anfitriona- se disponía a abrir el singular hotelito donde habíamos reservado nuestra habitación: La Casa de Sebastián. Se trata de un palacete de origen medieval que en sus plantas superiores se encaramó sobre los edificios vecinos previo pago a sus inquilinos: los señores que lo habitaban quisieron extender alegremente sus aposentos sobre las azoteas colindantes y no repararon en gastos para conseguirlo. Ya en el siglo XIX y reconvertido en casa de citas, el famoso militar Ramón Cabrera acudía allí desde Tortosa para deleitarse en los placeres de la carne. De aquella época perdura la leyenda de la actual habitación número 1, “La del canónigo”, llamada oficiosamente “Del fantasma cariñoso”: un prohombre que frecuentaba el burdel se deslizaba desde su ventana hasta la calle, zafado bajo una sábana para que no le reconocieran.

La vida discurrió revoltosamente en aquella elegante mancebía hasta que asesinaron a la madre de Cabrera: al general carlista le dio un siroco y prendió fuego al concurrido prostíbulo. Más de siglo y medio después, Sebastián, su actual propietario, adquirió aquella casona mecasaSebastián.jpgdio en ruinas y fue restaurándola durante años con materiales recuperados de otras fincas con solera –sin ir más lejos, la encantadora entrada perteneció a una farmacia de Alcañiz-. El resultado no podía ser mejor: hoy es un alojamiento cautivadoramente ecléctico y, a la vez, primorosamente confortable. Por no hablar de los pantagruélicos desayunos: zumo de naranja natural, pan de payés recién tostado con tomate y aceite de oliva virgen del Bajo Aragón, huevos al gusto preparados al momento, embutidos de la zona, quesos, fruta, repostería… Os lo recomiendo al 100%.

Valderrobres es una de esas coquetas poblaciones de la Comarca del Matarraña que han preservado su casco antiguo medieval para goce y disfrute de todos, aunque los lugareños tampoco se desviven por el turismo: hay trabajo de sobras en las numerosas granjas del territorio –los sueldos no son demasiado altos pero la vida es muy asequible-. También invita al agradable paseo La Fresneda, desde cuya cima, coronada por lo que queda de la ermita de Santa Bárbara y algunos cipreses deshilachados, se contemplan unas bonitas vistas panorámicas. O la Antigua Villa de Cretas, encerrada en su cuidado perímetro medieval y en cuyo municipio se producen excelentes caldos.

Mención aparte merece Beceite, agradable aldea medieval –la roña de alguno de sus bares debe datar de la época en que los templarios se instalaron allí- y puerta de entrada al Parrizal. Es un precioso trayecto que orilla el río Matarraña e incluye, además de una práctica pasarela sobre las aguas en el último tramo, pintadas grafiteras sobre el asfalto –“Visca Espanya i Aragó”- y firmas de unos tales Lucas y Anna, que se han dedicado a dejar su huella en toda la cartelería del recorrido, prueba fehaciente de la pertinaz gilipollez humana. Hemos llegado esta mañana temprano –a cero grados el cielo sin nubes brillaba tanto como la crujiente escarcha de nuestro parabrisas- y, tras el agradable y tonificante paseo, nos hemos entretenido conjeturando la procedencia de otros visitantes: barceloneses los que nos parapetábamos bajo capas y capas de ropa térmica, levantinos los que se abrigaban en su justa medida, aragoneses los que lucían la indumentaria de quien se pone lo primero que pilla para echarse a la calle y dar un garbeo. Qué recios son las mañas y los maños.

Más tarde hemos intentado visitar el casco antiguo de Calaceite. Sin embargo, sobre la una la capital cultural de la comarca continuaba sumida en su bruma perpetua, de modo que hemos almorzado en la Fonda Alcalá, tal y como nos habían recomendado nuestros amigos María y Jaume, vecinos ocasionales de Valdealgorfa. Ofrecen cocina casera, sin pretensiones pero muy bien preparada: su perdiz en escabeche con pisto de verduras es memorable.

Quedan pendientes, como poco, el avistamiento de buitres en el centro de interpretación de Mas de Bunyol y el paseo por alguna de las vías verdes de la Val de Zafán, que discurren desde Alcañiz hasta Arnes-Lledó por infraestructuras ferroviarias en desuso. Más pronto que tarde tendremos que acudir también a la Librería Athenea de Barcelona para conocer de primera mano “Los 4 gats de Serret”, la delegación cultural de la librería Serret de Valderrobres, donde se puede encontrar desde el último premio Planeta autografiado por su autora, hasta TintaLibre, la revista mensual en papel de InfoLibre. Hay mucho que ver, escuchar y saborear en la Comarca del Matarraña.

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