Hoy he votado por Maria

Me explico. No es que haya votado por una candidata de nombre Maria –entre otras cosas, porque bien pocas candidatas se presentan en estas elecciones, por no hablar de la actitud de macho-alfa de quienes se postulan para la presidencia-. Ni que haya votado para rendir homenaje a alguna de mis dos abuelas, que se llamaban igual –por su memoria, por ellas, que tanto me dieron-. Simplemente, he rescatado el voto rogado de Maria, una barcelonesa que vive en Londres y que hoy seguirá el recuento, me dice, con sus amigos expatriados, bien provistos de vituallas y cervezas para no perderse nada, como quien comparte un partido de fútbol o el Festival de Eurovisión.

Todo empezó el 6 de diciembre, día de esa constitución que priorizó el consenso pero, a la vez, blindó una fórmula pactada por los padres de la transición –que no madres, ni una mujer entre ellos- que ha quedado claramente desfasada. Entre sus perlas, una monarquía androlineal bipartidista, protegida por una ley electoral ruralizante, una democracia mal llamada representativa, esa depravada promiscuidad de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial y un senado puramente ornamental y perfectamente prescindible.

Mi natural escepticismo, sumado a una creciente decepción y a la imposibilidad de emitir un sufragio a favor del único candidato al que votaría, me había sumido en una mezcla de estupor y desesperanza. Estaba dudando entre votar en blanco o averiguar si se presentaba de nuevo Escons en blanc cuando leí en eldiario.es un artículo que se hacía eco de una interesante iniciativa: el colectivo Marea Granate estaba promoviendo la plataforma #rescatamivoto, que ponía en contacto a abstencionistas como yo con expatriados cuyo voto había sido secuestrado por una ley perpetrada en 2011 por los partidos transiciofílicos –PSOE con el apoyo de PP, CiU y PNV-.

3000_rescatadosEntré en mareagranate.org, me di de alta como donante y en seguida me llegó un correo electrónico de Maria. Intercambiamos algunos mensajes y compartimos una experiencia extraordinaria que me hizo sentir verdaderamente feliz: la ilusión de Maria es contagiosa. Yo estaba dispuesta a hacer de mensajera fuera cual fuera su voto –la democracia era eso, ¿verdad?-, pero tuve la fortuna de que, además, su elección fuera la más cercana a lo que yo podría haber votado si no hubiera preferido abstenerme. Me reconfortó, y me reconcilió un poco con el ser humano, tener tanto en común con una completa desconocida y poder ayudarla a asaltar la urna que tenía vetada. La ciudadanía empoderándose y subvirtiendo con creatividad el sistema hostil.

En Barcelona la mañana se ha levantado gris, pero no lo he interpretado como un mal presagio, sino al contrario: el cielo de mi ciudad estaba sintonizando con el clima característico de la capital de Gran Bretaña. Mi hija Ángela me ha acompañado para grabarme con su móvil y editar un videoclip con las imágenes del voto compartido: yo entrando en el colegio electoral, papeleta y DNI en mano, buscando las papeletas, marcando con un boli los tres candidatos al senado, depositando ambos sobres en sus urnas correspondientes. Al salir me he encontrado con una vecina que suele votar por el Partido Animalista, pero que hoy lo ha hecho en nombre de otro expatriado: su propio hijo.

El voto debería ser ponderado. Tendría que valer por dos cada sufragio de esos jóvenes que hoy tienen tantas ganas de reiniciar el sistema. Que nadie les calle. Que nadie les robe su voz, sus proyectos, sus sueños, su futuro. Por eso hoy he votado por Maria. Por mis hijas y por ella. Se merecen tener el mundo en sus manos.

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