La Barcelona de Ángel Pestaña, Manuel Bravo Portillo y el Barón de König

mendoza.jpgEsta mañana mi amiga Iciar y yo hemos paseado por Barcelona en agradable ruta literaria. La ecléctica decena de participantes –además de nosotras, tres jubilados prototípicos de la zona alta, dos discretas señoras madurescentes y tres treintañeras a las que se ha sumado luego un amigo- nos hemos congregado a la hora convenida en la librería Casa Usher. Desde allí el periodista David Revelles nos ha guiado tras los pasos de la Barcelona que retratara tan plásticamente Eduardo Mendoza en “La verdad sobre el caso Savolta”.

El primer inciso, ya en plena Diagonal, ha situado la obra en su contexto. La primera novela de Eduardo Mendoza es un punto de inflexión en la narrativa española que rompe con el experimentalismo, el preciosismo lingüístico y la complejidad de obras como “Tiempo de silencio” de Martín Santos, para acercarse a un estilo más cercano a sus lecturas juveniles de aventuras –Salgari, Verne, Conrad-, aunque de manera más elaborada, tanto en cuanto al lenguaje como respecto al contexto: Mendoza enmarca su trama en un escenario-personaje, Barcelona, perfectamente definido y documentado. De hecho, según sus propias palabras, pasó más tiempo en hemerotecas que escribiendo la novela.

“La verdad sobre el caso Savolta” es una fantasía con un trasfondo 100% realista. O, lo que es lo mismo, un juego literario con la Barcelona de 1917 a 1919. Publicada mientras agonizaba el franquismo –el pasado abril se cumplieron 40 años de su primera edición-, había de llamarse “Soldados de Cataluña”. Sin embargo, gracias al censor de turno, se tuvo que cambiar el título original de aquel “novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza”.

La Barcelona en la que se inspira Mendoza era una ciudad canalla y opulenta, industrial y anarquista, artista y pistolera. Cuando el 28 de junio de 1914 estalla la primera guerra mundial por el asesinato de Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, se prevé que por Navidad ya habrá finalizado el conflicto bélico. No obstante, no solo será una guerra más larga de lo previsto –vencerá quien logre resistir más-, sino que subvertirá la estructura social en Europa, tanto por la implicación de la ciencia en el arte de matar -se alcanzará una capacidad de destrucción insospechada-, como por la incorporación de la mujer al mundo laboral mientras sus compañeros se pudren en las trincheras.

Cuando la guerra se encalla y no se vislumbra su fin ni a corto ni a medio plazo, la neutralidad de España convierte a Barcelona en un vivero de trapicheo y contrabando –tabaco, alcohol, armas, drogas- gracias a dos factores clave: el propio tejido industrial de la ciudad y su salida al mar. El abundante flujo de dinero transformará tanto el urbanismo como los usos y costumbres de los y las barcelonesas, que viven antes que nadie los inminentes felices años 20 –aquí truncados en 1923 por la dictadura de Miguel Primo de Rivera-. La avenida del Paralelo, con las chimeneas de La Canadiense como estandarte y los rutilantes cabarés en sus aledaños, se convierte en el ombligo de ese pequeño microcosmos.

Inciso: mientras tanto, en Mallorca, un hombre sin demasiados escrúpulos aprovecha el contrabando para empezar a edificar su imperio. Expende combustible y víveres a los submarinos alemanes mientras les vende su ubicación y sus rutas a los ingleses. Tipo, “¡jodía Triple Entente!, ¡no te preocupes, Wolfrang, ahora os llevo unos tombets!” y luego “he llevado el avituallamiento a Cala Millor y he visto que ponían rumbo a Cala Ratjada, fucking teutones!”. Era Juan March. He incrustado la escueta semblanza porque ayuda a comprender mejor qué se entendía por emprendedor en aquellos tiempos.

Pero regresemos a aquella Barcelona. La ciudad transgresora donde el barman alquímico Jack Urban –en realidad es húngaro y se llama Irven Del Mónico- prepara los legendarios cócteles del Excelsior, mientras en la pista El Príncipe de Cuba baila divinamente, canta tangos y seduce a las damas del lugar, que esnifan clorhidrato de cocaína –mandanga en el Raval, cocó, nievita y polset en la zona alta- y se inyectan morfina en público como signo de sofisticación -6.500 cocainómanos censados en una población de 680.000 habitantes-. La metrópolis de moda donde los turistas adinerados acuden al elegante Edén Concert de Conde del Asalto –hoy Nou de la Rambla-. madamePetit.pngEl gran lupanar donde abre sus puertas el glamuroso parque de atracciones del sexo, Madame Petit, un fascinante lugar en el que, a cambio de unas fichas similares a las que se usan en los casinos, se ofrecen desde una habitación con un féretro como único mobiliario y cuatro cirios como iluminación, a una madre y una hija polacas expertas en sadomaso o una clínica de 24 horas para aliviar enfermedades venéreas. Por ejemplo.

En ese gran lienzo de una ciudad y una época que es “La verdad sobre el caso Savolta”, la mayor habilidad de Eduardo Mendoza es la de saber urdir una trama en la que se cruzan, de manera natural y verosímil, personajes secundarios reales –Ángel Samblancat, Francesc Cambó, Ángel Pestaña– con personajes de ficción que beben de los grandes protagonistas de ese periodo histórico, como el presidente del Sindicato de Obreros Tintoreros Pau Sabater, el ingeniero industrial y empresario del metal Josep Albert Barret, el inquietante comisario de policía Manuel Bravo Portillo o el turbio Barón de König, auténticos dueños de los bajos fondos de la ciudad.König.jpg

Durante nuestra ruta literaria hemos contemplado las fincas de Rambla Catalunya que habrían podido albergar la morada del pérfido Paul-André Lepprince. También hemos revivido, gracias al iPad de David Revelles, las aventuras de Madame Druez en el fastuoso Hotel Colón de Plaça Catalunya, inaugurado en 1902, sede del PSUC durante la Guerra Civil y, justamente por ello, demolido por el franquismo entre 1941 y 1942 para construir el flamante edificio del Banco Español de Crédito.

La espía francesa Madame Druez reveló que su amante, el director del puerto de Palamós, Ramón Regalado, trabajaba para los alemanes. Como también lo hacía Manuel Bravo Portillo, que fue comisario de policía hasta que Ángel Pestaña destapó sus lucrativas actividades -le daban para vivir en pleno Paseo de Gracia- en el periódico “Solidaridad Obrera”. Los ciudadanos alemanes y austríacos no lo tenían tan fácil para dedicarse al espionaje, ya que los radiotelegrafistas de Transmediterránea facilitaban sus datos en cuanto llegaban al puerto de Barcelona. “El negoci és el negoci”, que se dice por aquí.

elSiglo.jpgRambla abajo he sabido que el espeluznante Hotel Royal se levantó en el solar que antaño ocuparan los míticos Almacenes El Siglo –una fotografía de su interior me ha teletransportado a la Librería Lello de Oporto-. Que el término barrio chino, acuñado por el periodista y escritor Paco Madrid, se inspiraba en la principal ocupación de sus habitantes, esos maleantes que utilizaban su hoja de afeitar o chino para cortar los bolsillos de sus víctimas y birlarles los dineros. Que Jaime Gil de Biedma trabajó en el edificio que hoy ocupa el Hotel 1898, cuando era secretario general de la Compañía General de Tabacos de Filipinas. O que los nuevos ricos que habían hecho fortuna en aquella Barcelona mítica pagaban 30 pesetas por una botella de champán Pommery, mientras el sueldo medio de las clases populares era de 7 pesetas al mes.

Hemos finalizado el apasionante periplo en el Hotel Cuatro Naciones, el más antiguo de Barcelona –data de 1776-, donde Manuel Bravo Portillo se citaba con su amante. A lo largo de su dilatada trayectoria ha hospedado a celebridades como Chopin, Einstein, Orwell y, el más pintoresco, Buffalo Bill. Primero fue trattoria. Luego, parada y fonda para las diligencias que comunicaban Barcelona y Madrid -como el Puente Aéreo o el AVE, pero en versión ecuestre-. Lo de hotel vendría luego, con la moda del palabro francés. Pero eso ya es otra historia. Le han quedado muchas en el tintero a David Revelles. Y a mí ganas de escucharlas todas.

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