Empatizar o morir

Al parecer Izquierda Unida y Podemos desestiman presentarse juntos a las elecciones de diciembre en una candidatura de confluencia. No obstante, quizás no sea tan grave: que tanto Alberto Garzón como Pablo Iglesias se proclamen marxistas –o sea, secuaces de un señor del siglo XIX- resulta, como poco, inquietante. Quizás alguien debería zarandear no solo las instituciones, sino también los fundamentos del fosilizado y decrépito pensamiento político. Me parece mucho más interesante la economía del bien común de Christian Felber que el anticapitalismo, una opción que existe solo como contraposición al igualmente trasnochado capitalismo -a ver si abandonamos de una vez el paradigma de la Revolución Industrial, empezando por la educación-. En cualquier caso, qué bonito hubiera sido que tanto históricos como podemitas hubieran practicado, además del razonamiento evolutivo, el maravilloso don de la empatía.

Durante la charla con que la cabecera digital Sentit Crític conmemoró su primer aniversario, la periodista Mònica Terribas comentó algo que para mí supuso toda una revelación. Mientras Teresa Forcades disertaba sobre los estragos que había ocasionado el neoliberalismo, los allí presentes, mentalmente y en paralelo, íbamos tildando a los partidarios de esa teoría económica como despóticos, corruptos y quién sabe cuántos estigmas más, ligando a una parte con el todo en un ejercicio de metonimia especulativa. En esas estábamos cuando, de repente, Mònica Terribas expuso una obviedad en la que por lo menos yo no había caído: había personas que confiaban en las bondades de esa ideología no por fastidiar al prójimo o por afán de lucro, sino porque creían, de corazón, que el libre mercado generaba prosperidad.

Esta afirmación entronca con el pensamiento de los matemáticos John Von Neumann y Oskar Morgenstern, que resume Jorge Iván González en el periódico colombiano La República: “Los problemas relevantes de la teoría económica no son los precios y las cantidades, sino la forma como los sujetos interactúan. El eje de la reflexión es la acción humana. (…) La teoría económica no es impersonal, sino que está encarnada en sujetos que con su razón, pasiones y creencias van construyendo el orden social”.

empatíaHoy continúo pensando que el liberalismo económico supone una grave amenaza para la sostenibilidad del planeta, pero paralelamente intento comprender a quienes piensan lo contrario que yo: soy de la opinión de que por ese camino, el de ponerse en la piel del otro, aunque sea tu antagónico, puede alcanzarse una vía de acuerdo si no mejor, menos mala para todos. Seguramente nunca lograrás el 100% de tu verdad –tan parcial y subjetiva como la de los demás-, pero merece la pena escudriñar por los rincones para rescatar la solución que genere más consenso y alcanzar un equilibrio de subóptimos, tal y como formuló otro ilustre matemático, John Nash.

A iniciativa de Deep Democracy Institute, y en el marco de su curso intensivo “Stakeholders Across Teams, Brands, Communities, Religions and Nations”, el pasado viernes se celebró en el Pati de les Dones del CCCB el foro Migración y refugiados: ¿Reforzar fronteras o alternativas integradoras?”. Su objetivo era fomentar el encuentro y la comunicación de personas con opiniones enfrentadas para intentar reconducir su polarización. Fue una hermosa y polifónica puesta en común de diferentes enfoques y experiencias.

let's_talkComenzaron la sesión un inmigrante pakistaní, un activista catalán y una ciudadana británica, quien expuso cómo está gestionando su gobierno la ola migratoria y de refugiados. Tras escuchar los tres parlamentos, Max Schupbach, uno de los facilitadores de la reunión, manifestó la dificultad que había tenido la plataforma en encontrar algún ponente que fuera partidario de blindar las fronteras, y animó a los asistentes a expresar esa voz para enriquecer el debate. Y entonces, de manera insospechada, se obró el milagro: se soltaron múltiples voces desde diferentes procedencias, sensibilidades y argumentaciones. Pudo escucharse la voz de la solidaridad, sí, pero también muchas otras, de las que personalmente aprendí bastante más.

Una mujer israelí manifestó, visiblemente nerviosa, su miedo: “Mi país ha admitido cero refugiados sirios. Mi marido, que es español, todavía recuerda con dolor los 200 muertos de la Estación de Atocha. Me siento protegida por las fronteras.¿Qué sucederá con los árabes si las abren?”. Y sin embargo, lo que declaró después una mujer suiza le conmovió hasta las lágrimas: “Mi país es un lugar seguro, me siento protegida por sus fronteras. Pero, por otro lado, pienso que, cuanto más férreo sea el control de esas fronteras, tanto más violenta podrá ser la situación más allá de ellas y con más fuerza querrán romperlas quienes queden fuera”.

Joana –lamento decir que es el único nombre que recuerdo, no anoté ninguno- relató una experiencia pretérita recorriendo Sudamérica acompañada de quien entonces era su novia. Fue consciente de que, en algunos de los países que atravesaron, manifestar públicamente su homosexualidad les hubiera ocasionado algunos problemas con la justicia. Incluso hubieran podido acabar ambas en la cárcel. Por eso pensaba que proteger con una frontera su pequeño país, Cataluña, lo convertiría en un refugio para quienes no disfrutaran de algunas libertades en otros lugares del mundo. Como un idílico Elysium en versión cuatribarrada.

No obstante, por alusiones, una vehemente inmigrante espetó, indignada, que Europa no era el mejor lugar del mundo en el que vivir, o no el único donde poder ser feliz, y que, en cualquier caso, si habitantes de los países con menos recursos se ven en la obligación de tener que emigrar a los países que se enriquecieron a su costa, los expoliados no tienen nada que agradecer –ni mucho menos mendigar- a sus expoliadores.

A un hombre marroquí le asombraba la opinión de sus familiares residentes –y ya nacionalizados- en Francia, firmes partidarios de endurecer la entrada de inmigrantes en territorio galo. En clara sintonía con su aseveración, una joven catalana recordó que, en realidad, quienes más temen a los inmigrantes son quienes menos recursos tienen. Supongo que piensan que si el gasto social se reparte entre más, a ellos les tocará a menos.

Un joven rumano compartió con los asistentes un trocito de su historia. Así supimos que, en el siglo XIX, las exigencias de los países del oeste de Europa, que eran ricos a costa de sus colonias y trataban a Rumanía como a su granero, hicieron que la población, eminentemente rural –un 90% del total se dedicaban a tareas agrícolas- regresara a condiciones de precariedad que no se vivían desde la época feudal. “Nosotros teníamos una tierra fértil y solo queríamos vivir de ella, jamás tuvimos colonias. Y aún así se nos considera ciudadanos de segunda”.

Un programador de origen ruso que llevaba 20 años en Nueva York afirmó que, mientras trabajaba, veía parrillas de números y datos para él inconexos en el gran monitor que presidía su despacho. Tenía conocimiento de caídas de bolsa, crisis y fluctuaciones monetarias, pero ninguna opinión acerca de ello. Carecía de suficientes elementos como para formular un juicio de valor. Acabó admitiendo que, en realidad, no sabía nada. Un joven griego que tomó el micrófono tras él le interpeló: “Mírame bien, quédate con mi cara y, cuando oigas algo relacionado con Grecia, acuérdate de mí”. Continuó explicando que había dado clases de griego a una refugiada afgana que había recorrido a pie los 4.000 km que separan Kabul de Atenas.

El último testimonio fue de otra catalana: “Me he dado cuenta de que, cuando salgo de mi país, soy mi fenotipo. Yo soy la frontera. Cuando estoy aquí también soy mi fenotipo: si se acerca un inmigrante para pedirme una pequeña ayuda, desvío la mirada, ni siquiera le miro a los ojos”. Sí, reconozco que yo también lo he hecho. Lo peor no es tanto dar o no dar una moneda, sino el hecho de invisibilizar, negar a quien tienes delante, porque lo deshumanizas. Lo cosificas. Como si fuera un elemento más del mobiliario urbano.

Leo en la prensa que este fin de semana un centenar de personas han sido asesinadas en Ankara mientras participaban en una marcha por la paz. Si los homicidas hubieran compartido un poco de cotidianidad con sus víctimas –ir a por fruta, cocinar juntos, improvisar alguna canción, engrasar una bisagra que chirría, contemplar un atardecer…-, entonces tal vez –solo tal vez- hubieran descubierto que el eje del mal, en realidad, no era tal. Y que, además de monstruoso, es inverosímil, estúpido, incluso pueril, morir matando.

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