Desde el puente de Bujaruelo hasta el vado de Ordiso

Confieso que esta mañana se nos han pegado las sábanas. La primera noche pirenaicamente fresca, de esas que te acurrucas como un gato, te fundes con la cama y te tapas hasta la nariz, nos ha sumido en un sueño tan profundo como reparador.

“¡Cielos, pero si son las nueve!” Los dos adultos de la casa hemos saltado de la cama como empujados por un resorte, simplemente era tardísimo para la excursión que habíamos previsto. No obstante, como todo tiene su lado bueno, justo porque eran ya esas horas Ángela se ha apuntado a venir con nosotros. Mariola, en permanente modo adolescente, solo se ha movido para darse la vuelta sobre el colchón, ovillándose más si cabe, y darnos la espalda. Como no era plan de empezar el día, además de tarde, de mal rollo, no hemos insistido demasiado y nos hemos ido sin más.

Hemos desayunado los tres en el Refugio de Bujaruelo para iniciar desde allí el ascenso hasta el vado de 3.OrdisocascadaOrdiso. Hemos atravesado el popular puentecillo de piedra para tomar la senda que costea el río por la derecha y, antes de llegar al puente de Oncins, hemos subido por la pista forestal que conduce al valle de Ordiso y Vignemale.

El tramo más duro de esa pista es el primero: una cuesta muy empinada invita a desistir nada más empezar –de hecho, Ángela ha hecho el amago de abandonar-. Sin embargo, el resto del camino es tan fácil como placentero. A la izquierda se puede ir contemplando el magnífico desfiladero, con las pozas y los saltos del río Ara alternándose al fondo. Por la derecha, el agua que a veces va cayendo por la pared del barranco y la cascada del Pich refrescan el ánimo y la vista.

Durante un trecho, un imponente hayal nos ha amparado bajo su apacible sombra. A lo largo del camino hemos podido advertir también encinas, álamos y abedules, que se iban colando entre la frondosa abundancia de pinos y abetos para poner a prueba nuestras básicas nociones de botánica -menos 2.Ordisohayasaula y más paseos de observación por el bosque, por favor-.

Al cabo de una hora desde que hemos salido de Bujaruelo, hemos llegado al refugio del vado de Ordiso. A sus pies, un pequeño puente de cemento feúcho y decrépito nos ha permitido pasar al otro lado del río para comprobar que, tras la tormenta del fin de semana, las aguas bajaban a ariscas –por lo gélidas- temperaturas: permanecer con los pies sumergidos era lo más parecido a caminar descalza por una pista de hielo.

4.OrdisocascadafinalAntes de desandar el camino para regresar, hemos permanecido allí media hora larga, relajados, escuchando el murmullo burbujueante del torrente y saboreando la fruta que llevábamos. Unos, tomando el sol, otras –yo misma-, soslayándolo: no sin mi paraguas -más bien quitasol-, en plan turista japonesa. Un día de estos me haré con una sombrilla de dama antigua y, en mis paseos por la montaña, causaré sensación.

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