Acoso y derribo en Jánovas

20080708103743-janovas202-203Hasta hace poco más de 50 años, Jánovas era una de las más prósperas poblaciones del Sobrarbe. Las cercanas aguas del río Ara facilitaban que las huertas de su vega fueran pródigas, sus pastos jugosos y sus cosechas abundantes. Tenían la escuela repleta de críos y una preciosa iglesia románica que preservaba sus antiguas pinturas murales. Pero ya sabemos qué sucedía con las cuencas fluviales caudalosas durante las aciagas tinieblas de la ignominiosa dictadura: donde se posaban los ojos de las compañías eléctricas, no volvía a crecer la hierba. Literalmente, porque las tierras quedaban anegadas bajo las aguas. Nunca habían suficientes presas para contener aquel ímpetu hidrológico.

En 1961, a fin de construir un pantano, otro más, Iberduero –hoy Iberdrola, o, como dice un amigo mío, Ibertrola- solicita la expropiación forzosa de tres poblaciones, Jánovas, Lacort y Lavelilla, y de una importante extensión de cultivos de regadío y tierras de secano de otras aldehuelas. Sin escatimar en medios tan persuasivos y dialogantes como dinamitar viviendas, cortar el agua o recurrir a la benemérita, finalmente Iberduero se adueña de todos los bienes y derechos afectados. No obstante, algunas familias irreductibles se niegan a abandonar sus hogares –¿sus vidas?- hasta que no vean crecer las aguas ante sus ojos, de modo que el pulso se prolonga durante años.

El advenimiento de esta pseudodemocracia nuestra, heredera del franquismo, no supone grandes cambios para los vecinos afectados por el proyecto de embalse. Los más obstinados –concretamente, los Garcés Castillo- resisten hasta 1984, pero la burocracia se dilata: hasta el 2005 no se desestima legalmente la construcción del pantano y hasta el 2008 no se conmina a iniciar el procedimiento de reversión, que finalmente empieza a materializarse en 2013, cuando nueve familias firman con Endesa –la compañía que tiene entonces la concesión hidroeléctrica- la devolución de las tierras y de las casas. O de las ruinas, tal es el estado deplorable en el que están.

Hoy hemos querido acercarnos a visitar Jánovas para comprobar de primera mano cómo están recuperando el pueblo los descendientes de aquellas aguerridas familias del “no nos moverán”. Sin embargo, el paso desde la N-260 estaba cortado por obras –espero y deseo que sean trabajos de mejora para esta indomeñable aldea, digna de Uderzo y Goscinny- y el acceso por la pista forestal que parte desde la carretera de Planillo, impracticable por la tormenta de las últimas horas, ni en 4×4 con el firme tan embarrado. Hemos intentado acercarnos a pie, en agradable paseo campestre, pero nos ha atacado un enjambre de pseudotábanos enloquecidos por la lluvia, así que finalmente nos hemos dado por vencidos. ¿Nos perseguirá alguna misteriosa maldición ibertrólica?

portada_janovasEn fin, espero poder visitar Jánovas algún día. Entre tanto, intentaré hacerme con algún ejemplar de “Jánovas, víctimas de un pantano de papel” de Marisancho Menjón: la historia de las personas siempre me ha parecido más interesante que la historia oficial.

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