La villa de Aínsa

Cuando tenía la edad de Mariola pasé quince días en la casa de colonias “Los Pinarillos”, en Sarvisé. En aquella remota época, las grandes compañías estatales como Telefónica organizaban campamentos de verano para los hijos de los empleados. Así que me subí a un autocar procedente de Valencia y, cuando llegué, me asignaron un dormitorio que compartí con una maña, una extremeña y una madrileña. No nos conocíamos de nada, pero nos hicimos amiguísimas, de las que se escribían largas cartas con matasellos. Hicimos una expedición al Parque Nacional de Ordesa para subir al Monte Perdido y dormimos allí, en las tiendas de campaña que plantamos junto a un riachuelo. También pernoctamos, amontonados como orugas dentro de nuestros sacos de dormir, en lo que quedaba de un pueblo abandonado. Un niño llamado Patricio –yo nunca había escuchado antes ese nombre- se destacaba del resto de la manada con su piel aristocráticamente nívea, de un blanco refulgente, que deslumbraba todavía más cuando chapoteábamos y nos hacíamos aguadillas en la enorme piscina. Fueron unas colonias fabulosas.

El recuerdo que tenía de Sarvisé tiene poco o nada que ver con la población en la que hoy teníamos previsto desayunar, aunque hemos tenido que desistir porque a las ocho y pico de la mañana estaba todo cerrado a cal y canto. El albergue “Los Pinarillos” ha mutado a “Chate-Pinarillos” y comprende dos hostales familiares, aunque todavía organizan campamentos infantiles en sus instalaciones, que se ven desde la carretera de camino a Fiscal, antes de atravesar el agostado y árido cauce del río Chate.

Finalmente hemos almorzado en el muy recomendable Hostal Río Ara de Fiscal, donde una afable abuelita que barría la terraza nos ha atendido requetebién y otra que se ocupaba de los fogones ha preparado amorosamente mi bocadillo de tortilla de ajetes, el de longaniza aragonesa de Mariola y los dos pinchos de tortilla de patata que han pedido Ángela y my love: el único camarero que atendía a la multitud de comensales estaba, simplemente, desbordado. Al salir de los lavabos hemos descubierto una cabina de Telefónica desde la que, además de hacer llamadas, pueden enviarse mensajes de texto y faxes. Qué cosas.

La carretera que une Fiscal con Boltaña y Aínsa discurre siguiendo el cauce del río Ara. Hay que andarse con ojo porque algunos tramos son francamente angostos: nosotros ya perdimos el retrovisor izquierdo cuando veníamos de Barcelona, nos lo arrancó de cuajo una mobil-home que venía en dirección contraria.

AinsapgContemplando desde su privilegiada atalaya cómo se anudan el Ara y el Cinca en una misma torrentera –que por cierto alimenta el cercano Embalse Mediano-, la coqueta villa de Aínsa es un pequeño recinto primorosamente cuidado que se recorre enseguida. En verano se entra, después de estacionar previo abono de 2,50 euros, por la fortaleza del castillo, edificada en el siglo XVI a petición de Felipe II para proteger la frontera de los hugonotes. Sus cuatro baluartes, que jalonan el patio de armas, se comunican por dos caminos de ronda desde los que se divisan los alrededores. Antes de penetrar en la villa puede admirarse la pentagonal Torre del Homenaje, que aunque la información turística afirma que data del siglo XI, según un historiador especializado en arte medieval, Adolfo Castán, es del siglo XVI, como el resto de elementos que integran la fortaleza. Ahí lo dejo.

La plaza Mayor es un magnífico ejemplo de arquitectura civil medieval que ha sabido conservar sus edificios originales y preservar buena parte de su encanto, a pesar de las numerosas terrazas que han proliferado en el lugar cual rebabas de sus porches laterales.

Ainsatorre2Según se sale de la plaza Mayor, dejando a la derecha el ayuntamiento, el visitante se topa con la agradable plaza de Alfonso I de Aragón, un pequeño remanso de tranquilidad que invita a la lectura o simplemente a recrearse en la contemplación de la iglesia de Santa María. Este pequeño templo románico aragonés fue levantado a mediados del siglo XII y restaurado en los años 70 del siglo pasado. Su austeridad se aprecia sobre todo en el claustro, cuya forma irregular se adaptó al escaso espacio disponible. Como curiosidad, la iglesia alberga una virgencilla medieval policromada que procede del cercano pueblo abandonado de Tricas.

AinsacalleDurante el recorrido por las callejuelas de Aínsa puede observarse, tanto en las casitas cuidadas con esmero como en los alojamientos con encanto para viajeros de paso, el excelente trabajo de artesanos canteros, forjadores y ebanistas. Merece la pena pasear sin prisas y detenerse en detalles como los que presentan las ventanas y el escudo de armas de la Casa Bielsa.

Aunque es la capital administrativa de la comarca del Sobrarbe, el casco antiguo de Boltaña se ve bastante descuidado y, por momentos, incluso decrépito. Aunque he intentado asomarme a las ruinas de su castillo medieval –mi familia ni se lo ha planteado-, he desistido por temor a perecer calcinada bajo el sol abrasador: subir su empinada cuesta, balizada con crípticas cruces metálicas y con aspecto de alcorce al Monte de los Olivos, es un auténtico calvario. Por lo menos ahora, en agosto.

La calurosa jornada ha devuelto a mis tobillos sus dimensiones paquidérmicas, así que esta tarde el Ara ha masajeado mis piernas con su gélida corriente hasta que han recuperado su estado normal. ¡Qué suerte tener el río tan a mano!

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