Valle de Bujaruelo

Lo bueno de madrugar un poco es que no solo soslayas el calor que impide disfrutar al 100% de la caminata, sino que también te beneficias del raro privilegio de gozar del entorno prácticamente en solitario –eso sí, las moscas nunca te abandonan-. Así se aprecia todavía más la obligada siesta, un tesoro mediterráneo que en casa preservamos con auténtico fervor.

Hoy nos hemos levantado sobre las siete y nos hemos acercado a desayunar a Torla, la bonita población desde donde parten los autocares que llevan al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido –en temporada estival no se puede acceder allí en vehículo particular por la elevada afluencia de visitantes-. Un poco más arriba de Torla se unían las masas de hielo que desdendían desde Panticosa, Tendenera y Ordesa y alimentaban la lengua glaciar que formó con el devenir del tiempo el valle del Ara. Singular paisaje el de estos pagos.

1.CaminoBujarueloHay vida más allá de Ordesa. Cuando dejas atrás Torla y atraviesas el puente de los Navarros, la entrada al renombrado parque queda a la derecha, pero a la izquierda empieza la pista forestal que conduce al valle de Bujaruelo. A fin de explorar un poco la frondosa hondonada de jugosos pastos nos hemos adentrado en esta estrecha vía rápida a bordo de nuestro vehículo. Por suerte, a esas horas de la mañana no nos hemos cruzado con demadiados automóviles en dirección contraria: hay tramos francamente complicados.

Hay otra opción mucho más bucólica para alcanzar San Nicolás de Bujaruelo. El camino de La Escala, una senda que orilla el río Ara, lleva desde el puente de los Navarros hasta el de los Abetos, y desde allí otra vereda para andarines entrenados, el camino del Cobatar, serpentea entre los árboles hasta San Nicolás de Bujaruelo. Este era el atajo que utilizaban los aguerridos habitantes del valle, que se plantaban en San Nicolás de Bujaruelo en poco más de tres horas.

En la plana de San Nicolás de Bujaruelo se extiende el camping de ese mismo nombre, cuyo aspecto de terreno de acampada libre lo convierte en paraíso montaraz y objeto de deseo de familias neohippies y jóvenes aventureros –seguro que en invierno regresan con sus tablas de snowsurf-. Allí tienen muy a mano el río, los servicios que necesitan y un acogedor refugio donde, por primera vez desde que estamos aquí, nos han atendido con una sonrisa: los sobrarbenses exhiben, por lo general, un carácter tosco y adusto.

2.PuenteSan Nicolás de Bujaruelo es el páramo donde se erigió el antiguo hospital de viajeros y peregrinos que le da nombre, construido en el siglo XII por la Orden de San Juan de Jerusalén. En 1795 tropas francesas en retirada tras la Guerra contra la Convención –también conocida como de los Pirineos y en catalán como Guerra Gran- provocaron un incendio que lo redujo a escombros. Hoy los únicos vestigios que perduran del desaparecido conjunto arquitectónico son los restos del ábside de la ermita y el puentecillo de un ojo sobre el río Ara.

3.BunkerAtravesando ese puente medieval –de los pocos que quedaron en pie tras la Guerra Civil-, una ruta ornitológica invita al tranquilo esparcimiento. A mano derecha, nada más empezar el camino, un diminuto búnker que parece la guarida de un hobbit recuerda la extravagante pretensión del pequeño guardián de las españas: en los años cuarenta del siglo pasado hizo construir tales refugios militares, la denominada “Línea P” –comparada con la Línea Maginot es de risa-, para blindar la frontera con Francia contra posibles invasiones enemigas. Como si a algún europeo le importara entonces lo que pasara en este lado de los Pirineos. Claro que ahora viene a suceder lo mismo. En fin.

Llegados al puente de Oncins hemos atravesado el río Ara para regresar a San Nicolás por el otro camino, aunque al ser una polvorienta pista forestal el recorrido no es tan placentero. A 200 metros del mencionado puente, la fuente de la Femalla permite rellenar las cantimploras con agua de deshielo, así como lavar las refrescantes piezas de fruta que hacen la marcha bajo el sol más llevadera.

4.AguasUn poco más abajo no hemos permitido, a modo de solaz, sumergir los pies en las gélidas aguas, aunque no hemos resistido más allá de los 10-12 segundos por inmersión, tal es la intensidad del frío, que se clava en la piel como afiladas agujas de faquir.

Tan limpia y transparente se veía el agua que podríamos habérnosla bebido de un sorbo. Pero mejor una copita de vino del Somontano durante la cena, ¿verdad?

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