La ilusión de la primera vez

Cuando empecé secundaria en un instituto de la Diputación de Barcelona todavía lo gestionaban hermanos salesianos, aunque solo lo hicieron durante mi primer año académico. Fuimos legión los que escogimos la optativa de Religión en lugar de la de Ética y Moral, por razones asaz alejadas del fervor católico: el gancho “en Religión no hay exámenes” fue bastante poderoso.

Ya estudiábamos 3º de BUP cuando el joven teólogo que impartía la clase de religión tuvo la ocurrencia de equiparar su asignatura con las demás, de modo que nos comunicó su intención de evaluarnos mediante exámenes. Por mucho que le argumentamos que nos habíamos inscrito a esa optativa justamente para evitarlos, él insistió con terquedad y marcó una fecha en el calendario escolar. No obstante, decidimos boicotear tamaño despropósito y entregar el examen en blanco. Recuerdo que, cuando llegó el día del desafío a la autoridad, me levanté la primera: obtenía buenas calificaciones porque mis talentos estaban sobrevalorados en el parcial y limitado sistema educativo, luego debía ser yo quien rompiera ese momento de tensión dramática. Y sí, todos cumplimos nuestro acuerdo asambleario. El profesor desistió de su propósito, no hubo sermones por parte del colegio y no hubo consecuencia alguna. O sí: nuestra clase nunca jamás hizo ningún examen de Religión.

Hace poco, la clase de 3º de ESO de mi hija mayor fue víctima del abuso de poder de uno de sus profesores, quien decidió, de manera arbitraria y con tres días de margen, adelantar una semana la presentación de un trabajo colectivo, con el agravante de que la nueva fecha era justo al día siguiente de un examen -densísimo- de su asignatura. Ángela hizo lo posible por propiciar un debate sobre ello para encontrar una solución. Tras intentar -en vano- razonar con el profesor titular y con el tutor de curso, se atrevió a proponer una pequeña huelga, pero dos compañeras de clase cuyos talentos están sobrevalorados en el parcial y limitado sistema educativo –hay cosas que nunca cambian-, manifestaron su discrepancia porque tal acción les iba a bajar la nota –yo, yo, yo, ¿dónde quedó el nosotros?-. No, finalmente no hubo acuerdo y los alumnos sumisos cumplieron los designios del despótico profesor, por injustos que fueran. Sin embargo, si hubiera habido unanimidad, estoy segura de que el colegio –progresista, promotor de la educación en valores- hubiera enviado una circular a todas las familias advirtiéndonos de que no había que permitir conductas así por parte de nuestros vástagos.

Todo ello me hizo reflexionar sobre el proceso involutivo que hemos experimentado como sociedad durante estos años de inmodélica Transición y que, hasta fechas muy recientes, nos ha domesticado hasta parecernos peligrosamente a los consumidores de soma de “Un mundo feliz”. Y concluí que, definitivamente, para recuperar la cordura, el sentido, el orden cósmico que hace que todo funcione, no bastará con un cambio, sino que será necesaria una revolución –en su acepción número 4 del diccionario de la RAE: “Cambio rápido y profundo en cualquier cosa”-.

OTANnoPor eso hoy, en plena víspera de una convocatoria electoral como nunca antes la habíamos vivido –por fin hay plataformas ciudadanas con posibilidad de empoderarse de nuestras instituciones-, ante la perspectiva de poder sentirme, por primera vez, orgullosa de mi alcaldesa, me invade la misma ilusión que sentí al depositar mi primer sufragio en una urna. Fue el 12 de marzo del 86 y voté “no” en el referéndum de la OTAN. Tras aquella enorme ilusión –pancartas, manifestaciones y plantadas reivindicativas en el campus de la UAB- llegó la gran decepción. Espero que esta vez, tres décadas después, mi ilusión compartida se transforme en la satisfacción de empezar a construir algo nuevo y diferente para que mis hijas vivan en un mundo un poquito mejor. Empezando, de momento, por el ayuntamiento. Porque, como diría el Capità Enciam, los pequeños cambios son poderosos.

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