Madrid envuelto para regalo

Las últimas Navidades mi amiga Iciar tuvo una idea fabulosa: obsequiarme con una escapada a Madrid para ver el espectáculo AmaLuna del Cirque du Soleil. Ahora puedo afirmar que la espera merecía la pena. Y cuánto.

Salimos ayer de la Estación de Sants –que necesita urgentemente una remodelación, pordiosquégrima- y tres horas después, AVE mediante, llegamos al precioso recinto en hierro y ladrillo visto de Atocha, que fue inaugurado en 1892 y un siglo después lo reformó y amplió el arquitecto Rafael Moneo. El jardín tropical que alberga bajo la marquesina de la antigua estación le da un curioso aspecto de invernadero decimonónico.

Habíamos almorzado sobre la una y a las seis de la tarde ambas estábamos verdaderamente hambrientas, así que, tal y como nos había recomendado mi amiga María, nos precipitamos al bar El Brillante, nos encaramamos en los taburetes de la mugrienta barra y engullimos sendos bocadillos de calamares, acompañados de sus respectivas cañas –Mahou, por supuesto-. Lo cierto es que la ingesta se nos quedó trabada como un travesaño en el estómago y ya no pudimos tomar nada más durante el resto de la jornada.

Subimos paseando por una calle de Atocha extrañamente vacía a causa de las fiestas de San Isidro y tardamos relativamente poco en llegar a nuestro efímero alojamiento, el hotel Suites Alhambra, que ocupa un par de plantas del número 8 de la calle Espoz y Mina –qué extraordinaria escalinata en madera de roble-. Nos abrió la puerta un vecino muy amable que tomamos por hípster porque lucía una gorra y un chaleco medio abierto, aunque en cuanto salimos de nuevo a la calle supimos que iba vestido de chulapo informal porque la rúa –ayer Madrid lucía más villa que nunca- estaba invadida por ellos. Y por ellas, con el indispensable mantón de manila y el pañuelo blanco atando moño y clavel. Ojipláticas nos quedamos ante el pintoresco y abundante chulapeo.

Como el centro de la capital del reino estaba vallado y el tráfico rodado proscrito, nos llegamos en agradable caminata hasta la Casa de Campo, en cuyos lindes se levantaban las fantásticas carpas del Cirque du Soleil. Intentamos en vano tomar un refresco en una cafetería cercana –el bocata de calamares permanecía, impertérrito, atravesado en nuestro estómago-: la única camarera no daba abasto para atender al nutrido grupo de espectadores que querían cenar algo rápido antes de entrar. Entre tanto, tres parroquianas entradas en años se entretuvieron escuchando algunos chotis por el móvil y, lo que es peor si cabe, cantándolos. En fin.

Mi primer Cirque du Soleil fue uno de los mejores espectáculos que yo recuerde haber presenciado jamás. Todo -pero absolutamente todo- fue maravilloso. La concepción del espacio, el impresionante casting, el grupo de música que tocó la banda sonora en directo –100% femenino, tanto voz como percusión y guitarreo-, la elaborada escenografía, el fascinante vestuario, el trabajado maquillaje… Fue mágico. De principio a fin. Un hombre-iguana que se movía de manera idéntica a un reptil. Hombres y mujeres atléticos que, a mitad de camino entre la coreografía y la disciplina olímpica, desafiaban cualquier proeza y prácticamente volaban ante nuestros ojos. Una bailarina-cisne capaz de hacer ondular la musculatura de su espalda como si fuera el suave oleaje de la mar en calma. Un marinero prodigioso que trepó por un poste plantado en mitad del escenario como lo hubiera hecho el hombre-araña –llegué a conjeturar que tal vez llevaba imanes en los pies-. AmalunaÁrbolY el momento culminante: una voluptuosa joven, hermosa como una diosa griega, levantó ante nuestros ojos, asiendo sinuosamente largos tablones de madera y superponiéndolos en frágil equilibrio los unos sobre los otros, un asombroso árbol volátil y móvil, tan cautivador que lo mismo hubiera podido emerger de un manglar. Si tenéis ocasión de asistir a AmaLuna, no dejéis de hacerlo. Es una experiencia memorable.

A pesar del cansancio que arrastrábamos regresamos al hotel a pie, en parte porque nos apetecía, pero también porque nos dio cierto repelús que, por aquellas casualidades de la vida, paráramos un taxi y fuera uno de los que publicitan la cara –¿más bien la jeta?- de la lideresa. No es una leyenda urbana, alguno vimos, en efecto. Que, por cierto, menudas pintejas de Condesa de Bhátory luce en la foto de campaña.

Hoy hemos empezado la mañana en el Museo Thyssen. Habíamos reservado entradas y audioguías para visitar la exposición temporal de Raoul Dufy, que acaba mañana. El recorrido, que sigue un riguroso orden cronológico, se inicia con su primera etapa, que evoluciona del impresionistmo al fauvismo, continúa con su etapa constructiva, se detiene en los grabados que desarrolló para el Bestiario de Guillaume Apollinaire –se pueden apreciar tanto las ilustraciones finales como algunos bocetos- y en su obra de deelCampoDeTrigocoración cerámica y textil, y concluye con su madurez artística. La sobrecogedora tela “El campo de trigo” (1929) refleja su dominio de lo que él mismo denominará “color-luz”: manchas de color que se escapan del objeto que representan y, encima, un dibujo suelto, casi de filigrana, perfilando cada elemento del lienzo. Es un cuadro hipnótico.

Antes de irnos se nos ha ocurrido pedir en la elegante cafetería del museo un café con leche y un cappuccino, que hemos dejado casi intactos: eran –además de carísimos- infectos. Hemos subido hasta Sol por la Carrera de San Jerónimo –aunque el Congreso de los Diputados estaba cerrado algunos gorilas uniformados merodeaban por los aledaños- y hemos decidido callejear un poco por los alrededores de la bulliciosa Plaza Mayor –sí, la de la “relaxing cup of café con leche”-, cuyos pórticos están invadidos por espeluznantes tiendas de recuerdos inolvidables, valga la redundancia, por el daño que causan a la vista. Son idénticos a los que pueden observarse en las Ramblas de Barcelona, cosas de la globalización turística mal entendida. En la plácida Plaza de la Villa hemos podido contemplar la Casa y Torre de los Lujanes, la Casa de Cisneros –no del famoso cardenal, sino de uno de sus familiares- y la Casa del Ayuntamiento. Nos han sorprendido las cóncavas fachadas de la Cava de San Miguel –que es una calle, no una bodega de espumosos- y hemos optado por comer temprano en El Pimiento Verde, un restaurante vasco sito frente a una de las puertas del encantador Mercado de San Miguel. Lo cierto es que el opíparo almuerzo ha superado ampliamente nuestras expectativas. Si vais no dejéis de pedir las flores de alcachofa, tan tiernas que se funden en la boca. Y otro detalle revelador: las croquetas de calamar estaban tanto o más ricas que las del Bar el Pla de la calle Montcada de Barcelona.

Tras nuestro pequeño homenaje gastronómico nos hemos dirigido al Paseo del Prado, atravesando, sin prisas, la agradable calle Huertas, sobre cuyos adoquines pueden leerse algunas citas literarias -seleccionadas con un criterio bastante extravagante, me atrevería a decir- de, entre otros autores, Quevedo, Cervantes, Pérez Galdós, Larra y Bécquer. Hemos aprovechado nuestros últimos minutos disponibles en el Real Jardín Botánico, un parque rebosante de fragantes perfumes florales que alberga robustos y frondosos árboles centenarios: algunos de ellos observan el devenir de los tiempos desde el siglo XVIII.

En un par de semanas regreso a Madrid en compañía de mi familia –qué mayo tan castizo-, así que ya os seguiré contando. Nos vemos por aquí.

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2 comentarios en “Madrid envuelto para regalo

  1. Pues sí, 24 horas en un Madrid en Fiestas de San Isidro que han sido un regalo. Llenas de actividades, risas y desconexión. Y aunque ya ha mencionado lo bien que comimos en El Pimiento Verde, bien vale una mención extra por su increíble amabilidad (sin desmerecer el resto, eh?!)

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