Un ratico en Zaragoza

Reconozco que con Zaragoza no puedo ser objetiva: fue el escenario de felices episodios de mi infancia en compañía de mis abuelos paternos. Hacía tiempo que no disfrutaba de unos días en la ciudad en la que disfruté de muchos veranos de mi niñez y tantas otras ocasiones festivas en familia, de modo que este fin de semana largo ha sido un paréntesis de íntimo reencuentro.

Nos hemos alojado en el Hotel Sauce, desde ya mismo mi dirección en la capital aragonesa –entre los huéspedes, mucho guiri y algún que otro hípster-. Es un hotelito muy bien ubicado -en el corazón del casco antiguo, que por cierto ahora está notablemente rehabilitado-, sencillo, coqueto y requetelimpio, con un personal amabilísimo y un bar-cafetería encantador donde los desayunos son una pequeña y cotidiana alegría: la jugosa tortilla de patata ha hecho las delicias de todos durante nuestra estancia, y las lionesas de nata de esta mañana festiva le han encantado a mi golosa madre. limonadaRosaIndispensable tomarse una refrescante limonada rosa por la tarde, y opcional alargar la noche con un cóctel antes de subir a la habitación.

Desde el Hotel Sauce quedan muy cerca tanto la emblemática Basílica del Pilar como la Catedral del Salvador, La Seo, cuyo magnífico muro lateral gótico-mudéjar es, en mi opinión, lo más destacable del conjunto arquitectónico, que incorpora elementos medievales, renacentistas y barrocos, aunque también sorprenden, ya en el interior, los óculos que proporcionan luz natural a las capillas que jalonan la nave central.

Si nos llegamos a los márgenes del Ebro, merece la pena acercarse hasta el Puente de Santiago para divisar desde allí el soberbio Puente de Piedra, construido en el siglo XV, descender las escaleras hasta la Arboleda de Macanaz, orillar el río en agradable paseo con vistas a la gigantesca basílica y sus aledaños y luego regresar a la otra ribera cruzando el pintoresco Puente de Hierro, que se finalizó en 1895 y ahora es peatonal.PuenteHierro

Una de las visitas indispensables de la antigua Saraqusta –que así se llamaba el reino taifa de Zaragoza- es el palacio de La Aljafería, que tras sucesivas intervenciones de reconstrucción y restauración ha recuperado parte del antiguo palacio islámico del siglo XI y de los inevitables añadidos de los cristianos que lo ocuparon luego: Pedro IV el Ceremonioso y los incestuosos Isabel y Fernando. Nos dirigimos allí ayer antes de las 10 para soslayar los horarios de mayor afluencia de visitantes y asegurarnos la visita guiada. Lamentablemente nos topamos con una exposición temporal que finaliza el 7 de junio y cuyo nombre lo dice todo: “Fernando II de Aragón. El rey que imaginó España y la abrió a Europa”. Tomayá.

El sujeto que nos acompañó durante 60 minutos –me niego a llamarle guía- pasó como de puntillas por donde realmente nos interesaba, el recinto en sí -cuatro explicaciones someras-, y enseguida nos arrastró hacia la susodicha exposición, en cuyo umbral un cartel de dimensiones colosales anunciaba los valedores del panfletario recorrido, entre los que figuraban sus borbónicas majestades –que no Trastámara- y los señores –es un decir- Rajoy y Wert. Una frase que puede leerse en la web del engendro resume a la perfección el talante del mismo: “La figura de Fernando fue rodeada muy pronto de un halo prodigioso que le dio la consideración de elegido para las mayores empresas en defensa de la Cristiandad”. Leed este gracioso texto con voz atiplada y, como quien no quiere la cosa, os teletransportaréis al NODO.

Para abreviar, las explicaciones neofranquistas llegaron a su momento más hilarante cuando nos detuvimos ante un mapa del mundo de la época –el fantasticuloso Imperio, en plan “rey sol”- que incluía las famosas Indias Occidentales, cuando justamente en ese ámbito Fernando fue mero consorte de Isabel de Castilla, y sus reinos -sí, esos mismos que estaban hartos de surcar el Mediterráneo- tuvieron vetado el comercio con las Américas. Nada, nimios detalles que no mencionó el personajillo parlante.

No obstante, como de todo se aprende –por ejemplo, a no vomitar al escuchar según qué-, debo reconocer que me llevé de allí dos lecciones. La primera, el origen del yugo con la soga cortada y la leyenda Tanto monta del emblema de Fernando II de Aragón: el mismísimo nudo gordiano que cortara Alejandro Magno para cumplir la profecía del oráculo y acabar conquistando toda Asia. Como si diera igual cortar que deshacer. O, en versión contemporánea, guerrear –bombardear, masacrar- que negociar. Así que aquello de “El fin justifica los medios” de Maquiavelo era, verdadera y literalmente, el lema de su ídolo, en quien se inspiró para escribir “El príncipe”. Madremíaquégrima.

La segunda lección fue que, en la época de esa estratégica confederación matrimonial –lo de Reyes Católicos se lo ganaron con la ignominiosa expulsión de los judíos, debería causar vergüenza usar el deleznable título-, los armarios no se utilizaban todavía y se almacenaba todo tipo de objetos en cofrecillos y baúles. Pues qué incomodidad.

ArracadaRegresando de nuestra decepcionante incursión a La Aljafería, callejeamos un poco y recuperamos el buen sabor de boca en cuanto entramos a cotillear en una tiendecita adorable, Fulanita Retal, en la calle Manifestación 17, donde una pareja encantadora vende monísimos tesoros fabricados por ellos mismos a precios más que asequibles. Lástima que nos hemos perdido el mercadillo de artesanos de hoy porque teníamos que regresar a Barcelona.

En las antípodas del individuo que nos acompañó en La Aljafería está su némesis, Lara, nuestra fabulosa guía del Museo Goya – Colección Ibercaja, que hasta el 28 de junio acoge “Goya y Zaragoza, sus raíces aragonesas”, cuya visita no debéis perderos, ya que algunos lienzos forman parte de colecciones particulares y han sido cedidos para la ocasión. Tal es el caso de “Aníbal vencedor que por primera vez miró Italia desde los Alpes”, la culminación de su etapa de aprendizaje en Italia.

Lara es una admiradora incondicional del pintor de Fundetodos y sabe contagiar su pasión a cualquiera que la escuche. Las explicaciones de las obras que fuimos observando con ella, trufadas de detalles del contexto histórico y de la vida y el carácter del artista, nos mantuvieron pendientes durante un recorrido de más de hora y media –desde la exposición temporal hasta la permanente- que pasó como una exhalación. Qué gran placer haber podido contar con ella.

Salimos del Museo Goya eufóricos y nuestra felicidad continuó en la taberna Al Alba –en la calle Jordán de Urriés número 10-, donde todas las raciones que compartimos estuvieron exquisitas y fue escogida, por unanimidad, la mejor casa de comidas de nuestra estancia. Cabe decir que en Zaragoza en cualquier establecimiento, por popular que sea, el tomate sabe a tomate y las patatas fritas son caseras –“a lo pobre”, que decía mi abuela la maña-. Otra tapería donde saborear cositas ricas es El viejo negroni -Plaza Santa Cruz 13-, y un sitio curioso donde picar algo es La Republicana –www.larepublicana.net-: aunque la comida es regulín, las colecciones de cachivaches antiguos que forran las paredes justifican la visita.

Quedan pendientes para otra escapada a Zaragoza –además de una nueva visita a La Aljafería- la singular Escuela Museo Origami Zaragoza, EMOZ, y el Museo Pablo Gargallo, que se ubica en la preciosa Plaza San Felipe. ¿Quién se anima?

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