Somos novios

Como agradecimiento a un pequeño favor, mi amiga Núria tuvo una idea fabulosa: regalarme una noche romántica en una de las suites abuhardilladas del Hotel Sant Agustí de Barcelona. Núria, que tiene dos hijos de la misma edad que las niñas de mis ojos, sabe muy bien lo difícil que resulta tener un poco de intimidad cuando tus retoños ya no son tan pequeños como para quedarse roques a una hora razonable, ni tan mayores como para volatilizarse y pasar por casa solo para, como quien dice, repostar. De modo que no podía habernos obsequiado con nada mejor. ¡Viva!

Gracias a esas mágicas redes de solidaridad que vamos tricotando las mamás desde que nuestros vástagos entran en el jardín de infancia –“por favor, ¿puedes recoger tú a mi hija, que no llego?”-, Ángela y Mariola fueron rápidamente acogidas en casa de sus amigas, para alborozo de todos. Sobre todo nuestro. ¡Por fin novios!

SantaMariaNuestro fin de semana fantástico empezó ayer en la Basílica de Santa Maria del Mar, el imponente templo gótico cuya construcción detalló Ildefonso Falcones en “La catedral del mar”, una muy bien armada y bastante bien documentada novela, que no bien redactada: su estilo es tan apasionante como el de un registrador de la propiedad. Aunque cuentan la malas lenguas que la verdadera autoría de la exitosa obra pertenece al taller de escritura del célebre Ateneu Barcelonès.

Tras pasear por el apacible interior mientras se celebraba el bautizo bilingüe -catalán y alemán- de un bebé llamado Serguéi, hicimos la visita comentada por las terrazas de esa magnífica joya del gótico meridional y aprendimos un poquito más sobre cómo se levantó y sobre nuestra propia ciudad. TerratsSantaMaria1Por cierto, supimos de una imprecisión de “La catedral del mar”: los sillares de Santa Maria del Mar no fueron transportados a hombros desde la montaña de Montjuïc, sino en las barcas con que los lugareños abordaban los navíos que se acercaban a la costa –en aquella época Barcelona todavía no disponía de puerto-. Claro que nuestra guía también cometió alguna inexactitud, por ejemplo, emperrarse en hablar de una hipotética corona catalanoaragonesa en lugar de referirse a la Corona de Aragón. Como si alguien denominara reino de euskadinavarra al antiguo Reino de Navarra. En fin. En cualquier caso, fue realmente hermoso poder contemplar las azoteas de los edificios cercanos, qué suerte tienen esos privilegiados vecinos.TerratsSantaMaria4

Una vez finalizado el panorámico periplo por los altos de Santa Maria del Mar, nos acercamos al infalible Bar del Pla, donde habíamos tenido la precaución de reservar mesa. Allí compartimos las indispensables croquetas de calamar en su tinta –dos son suficientes como tapa, son gigantes-, una cazuelita de berberechos -enormes, fresquísimos y jugosos-, carpaccio de champiñones con wasabi, uramaki de langostinos y un poco de pan de coca con tomate. Luego yo opté por una manita de cerdo deshuesada y rellena de rabo de buey estofado y mi querido consorte por un tartar de atún. De postre, un exquisito milhojas de crema y frambuesa –y una copita de Château Lafite para acompañarlo- y el toque autóctono, carquinyolis con vino moscatel. Y, después, lo mejor, la siesta en el hotel, qué lujo. ¡Gracias, Núria!

La plaça de Sant Agustí, donde se ubica el hotel del que hemos disfrutado hasta esta misma mañana, se llama así por un antiguo convento del que apenas quedan vestigios y por la iglesia neoclásica de esa misma advocación que se levantó entre 1728 y 1750 y todavía perdura. De hecho, la actual plaza era el patio delantero del templo, cuya fachada principal nunca se finalizó y todavía luce un rústico frontispicio de piedra vista. El Hotel Sant Agustí asegura en su página web que sus ilustres paredes formaban parte del mencionado convento.

El Palau Güell queda a cinco minutos de allí. Es un palacete imponente que diseñó Antoni Gaudí por encargo de su mejor cliente, Eusebi Güell. Aunque su obra más emblemática se desarrolló más adelante, en el Palau Güell pueden apreciarse rasgos característicos del imaginativo y extravagante reusense: el magnífico trabajo de artesanos ebanistas, vidrieros, ceramistas y orfebres, sus ingeniosas soluciones arquitectónicas –como sus proverbiales arcos catenarios- o su obsesión por cuidar hasta los menores detalles, que le lleva a proyectar escultóricas chimeneas o a rematar las barandillas de las escaleras con diseños orgánicos en hierro forjado. La visita está muy bien diseñada y puede seguirse fácilmente con la ayuda del mapa de ubicación y la práctica audioguía, que está incluida en el precio de la entrada. Incluso existen dos opciones de recorrido, la general y la exprés y juvenil. Verdad de la buena, tomamos una foto como prueba.Recorrido Exprés En la buhardilla del edificio, que en su día acogía los dormitorios de los empleados de la adinerada familia Güell, se expone la explicación de los recientes trabajos de restauración que han devuelto a la mansión su aspecto original. A pesar del proceso que gentrificación que está experimentando el barrio, desde la azotea del Palau Güell puede apreciarse que algunos vecinos del Raval todavía no son tan pudientes como los de La Ribera. Pero al tiempo.

Cultura aparte, el gran descubrimiento de la tarde fue que, por fin, han abierto una tienda Pylones en Barcelona. Concretamente, en la calle Cucurulla. J’adore! Qué felicidad. Durante nuestro paseo verpertino estuvimos a punto de hacer una pausa en La Perla de Oro, en el número 34 de la calle Unió, una pintoresca charcutería-cafetería-tienda de ultramarinos donde lo mismo puedes tomar un sabroso desayuno o un exquisito tetempié que comprar, ¡oh maravilla!, esa exquisitez gastronómica francesa que adoro llamada rillettes. No obstante, como preferíamos reservarnos para la cena, optamos por un batido de fruta fresca y un zumo de naranja natural en el Cafè de les Delícies de la Rambla del Raval, donde el camarero repartió monodosis de simpatía de manera voluble y caprichosa. Afortunadamente, nosotros le caímos bien.

El broche de oro de nuestra fantástica jornada lo puso la cocina de La Cucchiarella, un coqueto restaurante italiano con una simpatiquísima camarera que nos detalló todos los ingredientes empleados en los platos de la carta del día y mostró una paciencia infinita con unos papás con niño impertinente –aunque la culpa no era de la criatura, sino de su atontolinado progenitor- y unos amigos que habían reservado para seis pero acabaron amontonándose en alegre cuchipanda para ocho. Por un momento la velada me teletransportó a Nápoles: solo allí había comido antes una pasta tan al dente. Tras pecar un poco más con un tiramisú sublime, nos retiramos a nuestros aposentos, donde amenizaron nuestro descanso nocturno los gritos de los hoolligans de la zona –antes habíamos avistado una despedida de soltero con su muy británico protagonista disfrazado de Blancanieves- y la conversación de los alemanes del dormitorio contiguo. Sí, paredes de papel y pésima sonorización, no se puede tener todo en esta vida.

AmanecerSin embargo, esta mañana, desde nuestra encantadora ventana asomada al tejado, hemos podido respirar hondo, disfrutar del silencio y contemplar el rojo amanecer acompañados de las madrugadoras gaviotas. Luego hemos regresando a casa caminando, atravesando la ciudad todavía dormida –apenas los primeros corredores de la Cursa del Corte Inglés- y saboreando por última vez este reconfortante paréntesis del que hemos disfrutado tan intensamente.

Gracias de nuevo, Núria. Qué gran regalo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s