Ravaleando

Cuando mi prima Marta me avisó de que venía a Barcelona a pasar el fin de semana, convoqué al Purpurina Team en medio nanosegundo: sé que le chifla petardear por el sur de mi ciudad. Así que el viernes quedamos a las nueve de la noche para picar algo en A tu bola, en la calle Hospital 78.

Suerte que nuestra reserva era para cinco personas, porque el angosto establecimiento solo cuenta con una espaciosa mesa para grupos de hasta seis comensales, así que la mayoría de clientes tienen que encaramarse en los taburetes que jalonan las estanterías de madera del local o apostarse en alguna de las escasas micromesitas para dos. a-tu-bolaCómodo no es, pero es que ellos se posicionan como Gourmet Street Food –toma ya-, así que, cuando el clima acompaña –en febrero no es el caso-, la idea es que pidas y te tomes tu pitanza, si es necesario, a pie de calle. Vamos, como han hecho los vascos toda la vida sin inventarse palabros con ínfulas cosmopolitas.

No obstante, nosotras nos sentimos allí como unas reinas, aupadas alrededor de una bonita puerta-mesa, decapada y recubierta con una lámina de vidrio, y estupendamente atendidas por el simpatiquísimo camarero, que nos llamó “chicas” y “guapas” y con eso ya nos dejó contentas para el resto de la noche. Quizás lo hizo para agradecernos que no nos dirigiéramos a él en inglés, o tal vez porque notó que le habíamos dedicado su merecido tiempo a maquearnos: aquello estaba minado de guiris que se habían puesto lo primero que habían pillado -marrones, grises y tal-.

La carta de A tu bola es tan corta como resultona: bolas y bolas, o sea, albóndigas en diferentes variantes. Pero no a la española, sino a la israelí, a la manera de Shira Ben Shitrit, la chef y propietaria. En cuanto a sabores, puedes tomarlas de ternera, de pollo, de cerdo, de garbanzos, de gambas, de boniato e incluso de chocolate.a-tu-bola2 Y por lo que respecta al formato, en función del hambre o del momento del día –abren de 13:00 a 1:00-, puedes optar por un pincho de una bola, por un pan de pita relleno con dos de esas deliciosas pelotas, o por tres albóndigas bien acompañadas: con una guarnición de hummus y tomate picante, con una ensalada coleslow de manzana, o con cualquier otro acompañamiento que te podrían servir al pedir un mezze en Jerusalén –todavía recuerdo lo bien que comimos allí cuando fuimos, hace tantísimos años, ñam-.

Otro detalle curioso de A tu bola es que en el baño hay tizas de colores a disposición de los clientes para decorar paredes, puertas y lo que haga falta. Ni qué decir tiene que debo regresar allí, sí o sí, con mi hija Mariola, que lo pasará en grande tanto saboreando las cositas ricas como coloreando a su aire esos aseos tan ideales para ella.

En cuanto acabamos de cenar nos acercamos, atravesando la Rambla del Raval y adentrándonos en Nou de la Rambla –pasamos por delante del London, que tanto había frecuentado mi prima y que continúa igual de concurrido-, al Cangrejo, donde habíamos reservado mesa para disfrutar de las varietés. Lamentablemente, Rubén estaba de vacaciones y lo sustituía, mal que bien, Marvin Salas, que carece de su desparpajo y no se acaba de soltar en el escenario, aunque imita a La Pantoja como nadie y tiene más cintura que yo -lo cual es fácil, porque mi abdomen es absolutamente abejorril-. Suerte que estaba Desirée, nuestra versión local de Barbra Streisand, tan divina y graciosa como siempre. gilda_loveTambién hizo su actuación la casi centenaria Gilda Love, que durante muchísimos años fue peluquero –en una ocasión incluso le atusó las pelucas a la Callas- y cuya abuela era conocida como Lorenza la de los jazmines. Especifico estos detalles para que se comprenda mejor su espectacular pelucón floral y sus inenarrables atuendos multicolores y reverberantes.

Poco después de que finalizara el espectáculo, el Cangrejo se abarrotó hasta tal punto que tuvimos que abandonar el local: imposible contar con el espacio mínimo para bailar un poco -para conseguirlo tendríamos que haber acudido allí vestidas de after-punks, con cueros claveteados de afilados pinchos disuasorios-. Dimos un breve paseo Rambla arriba para tomar un poco el aire y sufrimos la típica invasión de ultracuerpos extemporáneos: ciudadanas británicas en plena horridespedida de soltera, hooligans estridentemente ebrios –pordiosquégritos-, camellos de baja estofa –de los de porretes, para entendernos- y, por supuesto, lateros. Qué bonita es Barcelona. A veces.

Por eso, necesariamente, volveremos al sur. Porque, entre tanto guiri esperpéntico, alguien tiene que preservar el escaso glamour que le queda a la ciudad. Qué le vamos a hacer, somos así de irreductibles. A las penas, purpurina. Siempre.

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