La venganza del boquerón

Esta semana, a raíz de una reflexión en voz alta que publicó la bloguera Pi, recordé este cuento cruel de hace 10 años -ya no ejercito ese minigénero, más que literario, terapéutico-. Así que lo comparto aquí para quien quiera leerlo. Visto desde la distancia, reconozco que fui un poco bruta y hoy creo que no lo hubiera escrito así, pero debo decir que en su día me fue la mar de bien para desahogarme.

“¡Madre sólo hay una, pero aquí ya hay doce!”, exclamó furiosa Doña Testosterona cuando Candela le comunicó su recién estrenado embarazo.

Doña Testosterona no se llamaba así, pero ya nadie se refería a ella por su auténtico nombre. Peor aún, eran muy pocos quienes todavía lo recordaban. Doña Testosterona era una mujer de rostro enjuto, eterno ceño fruncido, boca tortuguil y gesto hosco, tanto, que había quien, cuando por fin lograba cambiar de trabajo y perderla de vista, la recordaba con móviles verrugas pululando por su cara.

Inexplicablemente, Doña Testosterona había parido cinco criaturas que crecían rodeadas de cuidadoras, asistentas y mucamas, misterios de La Obra. Durante los primeros años de su matrimonio había practicado el sexo de forma convencional con su aún más convencional marido, pero tras el nacimiento de su último hijo, Doña Testosterona decidió ceñirse estrictamente al sexo oral: estaba convencida de que si engullía el esperma de su consorte autoestimularía su masculinidad. En ese secreto de alcoba radicaba el éxito de una pareja aparentemente inverosímil, ¿cuántos hombres darían lo que fuera por compartir su vida con una mujer que estuviera permanentemente dispuesta a succionar su glande y tragarse hasta la última gota de su semen?

Candela era el reverso de Doña Testosterona. De hecho, Doña Testosterona era el reverso de todas las mujeres que trabajaban en su empresa y de la inmensa mayoría de los hombres. Sin embargo, se daba la desafortunada circunstancia de que Doña Testosterona era la presidenta.

“¡Qué! ¿Y también pedirás jornada reducida después de tus 16 semanas de vacaciones?”, continuó fuera de sí Doña Testosterona, que por supuesto nunca había completado sus bajas maternales. Sólo había faltado lo justo para recuperarse tras cada cesárea, que siempre había programado después de estudiar minuciosamente su apretada agenda, como quien hace un hueco para un simposio o un seminario.

Desde aquel día, Doña Testosterona le retiró la palabra a Candela, como ya había hecho en su día con las otras once mujeres que habían osado acogerse a una ley que algún pusilánime, o algún anarquista infiltrado en el gobierno, vete tú a saber, había pergeñado. A ellas dejó de hablarles en cuanto regresaron de su baja maternal, pero a Candela decidió fulminarla con el látigo de su indiferencia desde el instante en que supo que su útero albergaba un engendro que desbarataba todos sus planes.

Candela había sido su discípula, su mano derecha, su gran apuesta de futuro para abrir delegaciones en París, Roma, Bruselas, Valdemorillos del Monte… ¿Cómo se atrevía a manifestarle, con lágrimas en los ojos, que quería ver crecer a su hijo arropado por sus abuelos y mecido por el sol y la brisa del Mediterráneo?

Candela lloraba y reía a la vez mientras daba rienda suelta a sus emociones como nunca antes lo había hecho, por lo menos en su augusta presencia. Doña Testosterona no daba crédito a lo que estaba viendo y escuchando, así que llegó a la conclusión de que Candela se había trastornado, sobre todo cuando constató que su jornada laboral pasó de sus 12 o 13 horas diarias a las 8 reglamentarias que estipulaba su contrato, el convenio de su sector y el Estatuto de los Trabajadores.

El día a día de la empresa transcurría como de costumbre, con todos los empleados cumpliendo su cometido con diligencia y eficacia y Doña Testosterona haciéndoles perder el tiempo innecesariamente. “Roberto, no me has informado de que has grapado ese informe”, le comunicaba solemnemente al agraciado, y aprovechaba para largarle un discurso infumable. La víctima se entretenía en contar cuántas veces incluía en su perorata “Digamos que…”, una muletilla que aprendió en un curso por correspondencia, “Tú también puedes hablar en público y hacer punto de cruz”. El récord lo tenía una bronca al contable, con 23 “Digamos que…” en su particular contador.

Una mañana, Candela llegó llorando. Cuando Doña Testosterona la vio, no pudo -no quiso- disimular su fastidio. Candela entró a su despacho para contarle, entre sollozos, que había perdido al bebé. La cara de Doña Testosterona sufrió una instantánea transmutación, se le escapó un extraño rictus que se parecía sospechosamente a una sonrisa y sus ojos brillaron con maliciosa intensidad. Candela la observó, codificó en su memoria su aviesa reacción y, en ese mismo instante, decidió que su venganza sería terrible. Implacable. Memorable. Y se acordó de Mae West: “Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy mucho mejor”.

Al día siguiente, Candela apareció en el despacho vestida de Rafaella Carrá y cantando “Para hacer bien el amor hay que veniiiiiir al sur, para hacer bien el amor iré donde eeeeeestás tú…”. Luego, entró a saludar a Doña Testosterona, le dio el abrazo más fuerte que había dado a nadie jamás y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Doña Testosterona se quedó paralizada. Le repelía el calor humano. Detestaba las demostraciones de afecto. Odiaba las carantoñas, los mimos, la ternura. Y, por supuesto, que alguien osara, no sólo tocarla, sino además abrazarla y besarla, le provocó tal ataque de pánico que tuvo que correr al baño a vomitar.

Doña Testosterona intentó despedir a Candela, pero la empresa no era suya, es lo que tiene la aldea global. El departamento de recursos humanos verificó que Candela, como trabajadora, era infinitamente más rentable que cualquiera de sus compañeros. Su extravagante manera de vestir y su exótico comportamiento se podía pasar por alto perfectamente si mantenía sus buenos resultados. Al fin y al cabo, ella no tenía relación directa con ningún cliente, así que, ¿qué problema había?

Candela cambiaba de indumentaria cada nueva jornada laboral, ayer de Bárbara Rey, hoy de azafata de United Airlines, mañana de cupletista. Lo que era tan inmutable como la insondable inmensidad del universo, era aquella fascinante combinación de abrazo y beso matutino que tanto enervaba a Doña Testosterona. Cuanto más empeño mostraba la víctima en zafarse, más estridentes eran los aullidos de Candela: “¿Y a quién le importa lo que yo hagaaaaaa? ¿A quíén le importa lo que yo digaaaaaaa? Yo soy así, así seguiré, nunca cambiareeeé…”, y más sonoro era el ósculo que literalmente adhería, a modo de ventosa, en alguna de sus angulosas mejillas.

Tras su aparente enajenamiento mental transitorio, Candela ocultaba un plan que había urdido con rencoroso rencor. Un boqueróndía fue a su pescatera habitual y le pidió un kilo de boquerones: “Hoy pónmelos tal cual, voy a hacerlos en vinagre y prefiero limpiarlos yo misma en casa”. Ya en su cocina, se dedicó a destriparlos con mucho mimo, y a amontonar los boquerones limpios en una bandeja para dejarlos en vinagre toda la noche. Los despojos los iba depositando, con el mismo cuidado, en una pequeña fiambrera que luego guardó en la nevera. A medianoche metió la fiambrera en su bolso, se lo colgó del brazo, salió de casa y, no sin antes asegurarse de que ya no quedaba nadie allí trabajando, entró en las oficinas de su empresa utilizando para ello las llaves que la mismísima Doña Testosterona le había entregado no hacía tanto tiempo, aunque a Candela las semanas transcurridas le parecían más de mil años.

Ni siquiera tuvo que preocuparse por las cámaras de seguridad del edificio. Gracias a la mala gestión de Doña Testosterona, eran tan habituales las horas extras no remuneradas, que ningún empleado que paseara ante ellas en la franja horaria nocturna llamaría la atención de nadie, ni siquiera Candela, quien, siguiendo con su estrategia de simular una locura repentina, iba disfrazada de puta transexual, con una llamativa verga hipertrófica sujeta a la entrepierna como complemento. Pensó que era una bonita metáfora que simbolizaba, por un lado, la prostitución de su cerebro en el lupanar de esa atípica madame que era Doña Testosterona y, por el otro, cómo la iba a sodomizar con su fétida venganza.

Así que, una vez dentro, se encaminó hacia el despacho de Doña Testosterona. Abrió la puerta con los guantes de goma que usaba para fregar los platos, para no dejar huellas. Con la ayuda del mismísimo abrecartas de Doña Testosterona, desencajó el zócalo que ocultaba todo el cableado y, siempre con sus guantes de cocina bien puestos, introdujo las tripas de los boquerones muy, muy adentro, mientras se alegraba de que sus manos fueran tan pequeñas. Luego volvió a cerrar el tapacables y salió de allí a toda prisa, sintiéndose ligera, libre y liviana como un diente de león en un torbellino de viento.

Al día siguiente, apareció en el despacho de Doña Testosterona disfrazada de odalisca, pero esta vez se detuvo en seco a medio metro de ella. “Huy, hueles a perfume barato, ¿ahora te pones Cucal?”, le espetó con cara de asco mientras se alejaba de allí, contoneándose y jugando con uno de los rizos de su melena. Lo bueno de su papel de perturbada es que podía cambiar los matices de su interpretación de manera voluble y caprichosa.

Desde aquel postrer encuentro, Candela cesó su asedio matutino. Al principio Doña Testosterona se sintió tan sorprendida como aliviada. Sin embargo, empezó a preocuparse porque notó que todos los empleados evitaban, cada vez con menor recato y disimulo, acercarse a más de cinco metros de su despacho. Ella, que padecía una atrofia pituitaria congénita, no percibía el putrefacto hedor que desprendía su cubículo, aunque se impregnaba de él de tal modo que, no ya sus retoños, que apenas la conocían, incluso su marido empezó a esquivarla.

La naturaleza siguió su curso y, muy pronto, los conductos del aire acondicionado del edificio empezaron a desarrollar unas membranas viscosas de aspecto indefinido. Era tal el poder corrosivo de aquel conglomerado de podredumbre que empezó a afectar la estructura de hormigón hasta sus cimientos, así que Candela, que era ingeniera de caminos, canales y puertos, calculó con total exactitud cuándo podría desplomarse aquel lugar maldito, o aquel maldito lugar, según se mire.

Como conocía a la perfección a Doña Testosterona, sabía que el último domingo de cada mes, de madrugada y a solas consigo misma -de hecho, siempre lo estaba, aun en una multitud-, aprovechaba para entrar en los ordenadores de todos sus empleados, con nocturnidad y alevosía. Aquella noche de luna llena, el edificio sólo necesitó una pequeña ayuda para derrumbarse.

Candela llegó vestida de Camilo Sexto con un equipo de música dolby-sensorround que depositó en la misma entrada. Luego se alejó unos cuantos metros de allí y, cuando accionó el mando a distancia, los altavoces megavoltaicos empezaron a atronar al vecindario: “Y ya no puedo más, ya no puedo más, estoy harto de ver siempre la misma histooooooooria…”.

Mientras regresaba paseando hacia su casa, Candela oyó un estruendoso estrépito tras ella, pero ni siquiera se giró. Simplemente se sacó la peluca y empezó a cantar: “Ella no quiso ni mirar, nunca daría marcha atrás, una y no más Santo Tomás…”.

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