Ser o no ser independentista

vullbutaYo también quiero votar. Cuanto antes. No entiendo cómo Naniano el Plasmático puede ser tan cerrilmente necio. Y tan temerariamente obtuso: cuanto más tiempo pasa, más honda es la fractura. Más se atrincheran las posiciones. Y más cerca estamos de una consulta sin el necesario censo imparcial y completo. O de unas elecciones plebiscitarias con Carme Forcadell de candidata a la presidencia, arrasando en las urnas e, ipso facto, proclamando la república catalana independiente. Lo que me sabría muy mal, soy más de Ada Colau. Llamadme utópica, pero preferiría decidir sobre muchas otras cosas.

Entre tanto, nuestro paisaje urbano es cada vez más pintoresco. Con tanta bandera estelada –“estrellada” en catalán-, parecemos la versión mediterránea de los Estados Unidos de América, cuyos indígenas siempre están dispuestos a lucir con profusión su estampado de barras y estrellas. Momento de pánico estético: en una Cataluña independiente, ¿perduraría el decorado patriótico? Eso sí que sería un drama, y no la salida de la Unión Europea –que, por otra parte, me la trae al pairo-.

Recién estrenado el año, paseaba con mi amiga Laura por los aledaños de mi casa cuando se nos acercó, folleto en mano, un hombre de mediana edad, centinela de una caseta que hacía gala de toda la parafernalia independentista. Tenía pinta de convergent de fin de semana, con su ropa de colores sobrios, su corte de pelo trasnochado y sus gafas de montura clásica. Supongo que, al oirnos hablar en catalán –a pesar de que no mostramos curiosidad alguna por su parada ambulante-, infirió que podría interesarnos el panfleto en cuestión. “No, gracias”, le respondimos amablemente, y proseguimos nuestro camino. Diez metros más allá, otro señor igualmente arreglado de día de asueto -como a punto de subirse al Touareg para irse a esquiar a La Masella-, nos volvió a ofrecer su propaganda impresa. “No, gracias, no soy de esa secta”, murmuró mi amiga Laura. Y todavía faltaban nueve meses para la fecha mágica.

El pasado jueves por la mañana, 11 de septiembre tricentenario, me topé con un matrimonio sesentón, igualmente convergent –ella, con mechas rubias, pendientes carísimos pero nada ostentosos, vaqueros blancos y zapatillas deportivas de marca, él, con bermudas beige, polo y mocasines Sebago-, acicalados con sendas estelades a modo de capa de superhéroe -¿para volar a Andorra a depositar su dinero?-. Otra señora bien, embutida en su larga camiseta amarilla de algodón, cual Fofito deslumbrante, reprendió a mi amiga Pilar, de la charcutería Cortacans: “¡Por qué no luces hoy la camiseta!”. Es lo que tiene asociar las manifestaciones con sindicalistas y adláteres: cuando te ves en la obligación moral de acudir a una, en el fondo sabes que no eres del todo tú y, claro, te enojas si no ves a más gente con tu mismo talante de cartón-piedra.

Mis hijas ya llevan dos septiembres consecutivos aguantando, sí o sí –será una metáfora por el deseado resultado de la consulta-, que los grupos de whatsapp de sus respectivas clases adopten como foto colectiva el Leitmotiv propuesto por la Assemblea Nacional Catalana (ANC). El año pasado, Ángela intentó reflexionar sobre ello con sus compañeros de curso. “Para eso tenemos que estar todos de acuerdo, y yo no lo estoy. Soy una niña, así que todavía no puedo opinar sobre la independencia”. Lluvia fina para los oídos de esos pequeños grandes demócratas, que le hicieron caso omiso. Lo que mola es ser indepe. Si no, es que eres facha.

Leo en VilaWeb, estupefacta, que la última ocurrencia de la ANC es reclutar a 100.000 voluntarios para que visiten todos –sí, todos– los hogares catalanes y propaguen la buena nueva. Como los testigos de jehová -o los comerciales de algunas compañías energéticas-, pero cuatribarrados. Estoy segura de que lo conseguirán, hay independentistas muy devotos que se prestarán a ello y se aplicarán con fervor religioso. Porque la V de la última diada no significa tanto votar como victoria. El fin de fiesta de la multitudinaria manifestación lo dejó muy claro: el 9 de noviembre votaremos, el 9 de noviembre ganaremos. Como un Barça-Madrid, pero entre lugareños. Ya puestos, no sé cómo no propusieron dibujar sobre las calles de Barcelona, directamente, una I de independencia. Claro que entonces la puesta en escena no hubiera sido tan V de vistosa. Que lo fue, y mucho. La organización fue paradigmática y époustouflante, que dirían los franceses.

Lástima que yo sea atea. Que me den tanta grima los actos de exaltación patriótica. Que me aterre el fanatismo del pensamiento único. Y que opine que cualquier bandera -con permiso de ese extemporáneo ejército de las españas- no es más que un sobrevalorado pedazo de tela.

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