El irresistible magnetismo de los faros

Nuestra afición a los faros empezó justamente aquí, en Bretaña. Hace once años pasamos nuestras vacaciones de verano en Côtes d’Armor y, en una de nuestras incursiones, descubrimos los maravillosos acantilados de Cap Fréhel, cuyo faro se construyó para garantizar el tráfico marítimo desde la bahía de Saint Brieuc hasta el puerto de Saint-Malo, aunque el actual faro es el tercero que se levantó sobre ese promontorio. Si tenéis ocasión, no os perdáis la visita. Merece muchísimo la pena.

FaroEkmolle_blogHemos llegado al faro de Eckmühl, en la península de Penmarc’h, antes de su hora de apertura. Sin embargo, ya había una pequeña cola ante la verja de acceso al recinto. No le hemos hecho demasiado caso y nos hemos tomado un café con leche justo al lado, para hacer tiempo –abrían a las diez y media-. Error: luego hemos comprobado, con estupor, que la cola es perenne porque el aforo está limitado a 40 personas. Así que los visitantes van entrando conforme los que ya están dentro van saliendo. Y lo entiendes en cuanto consigues, por fin, penetrar en el famoso faro octogonal: subir 227 estrechos escalones por una empinada escalera de caracol, hasta alcanzar la balconada perimetral, ya es bastante duro y complicado sin un excesivo tránsito de turistas. No obstante, tanto la espera como el agotador ascenso tienen su merecida recompensa: unas vistas espectacularesFaroEkmolle_scalera_blog sobre el inmenso mar y los numerosos farallones que salpican la costa adyacente. Desde allí arriba se aprecian mejor las balizas, pintadas en blanco y negro, y el viejo faro de la Pointe de Saint Pierre, que pasa fácilmente desapercibido bajo la sombra de su célebre vecino.

Efectivamente, además de subir al coloso de 60 metros, en la misma visita se puede conocer la embarcación de salvamento Papa PoydenIllustracion_rescateot, en cuyo hangar se exponen fotografías e información sobre las tareas de salvamento marítimo de hace más de un siglo, cuando fue construido este velero a remos, y también ampliar información sobre los faros en la exposición permanente del viejo faro, hoy Centro de Descubrimiento Marítimo, aunque, para mi contrariedad, no han editado ningún catálogo o folleto sobre los apasionantes detalles que puedes descubrir allí. Porque, además de recordarnos que la palabra faro deriva de Pharos, la isla egipcia donde se levantó el mítico Faro de Alejandría, aporta información sobre la peligrosidad de algunas zonas del litoral, el pillaje de los naufragios, la complicada construcción de esos imponentes vigías y la ardua vida de quienes se ocupaban de su buen funcionamiento. Así, en función del emplazamiento del faro, el farero vivía en el infierno –cuando estaba plantado en mitad del mar-, en el purgatorio –cuando se ubicaba en una isla- o en el paraíso –cuando se había levantado sobre territorio continental-.

Muy cerca de los dos faros de Penmarc’h, en Kérity, podéis comer marisco recién pescado en Le Doris, un antro roñoso cuyo aspecto tira un poco para atrás a primera vista, pero donde he saboreado los mejores fruits de la mer que he probado en Finistère. He pedido un plato variado y me han servido medio buey de mar, seis o siete cigalas –por aquí es el marisco estrella-, una nécora, cuatro ostras, un par de almejas vivas –tan vivas que una de ellas me han tenido que ayudar a abrirla- y un buen puñado de sabrosísimos bígaros. Espectacular. Ahora bien, armaros de paciencia: son tan lentos que, tras media hora de esperarlo en vano, hemos desistido del postre.

Toda la península de Penmarc’h tiene una agradable cornisa por donde pasear. Nosotros nos hemos detenido brevemente en Les Rochers del pueblo pesquero de Saint-Guénolé –primer puerto sardinRocasero de Francia- para acercarnos al mar saltando entre los escollos. En cuanto baja un poco la marea, queda al descubierto el tupido tapiz de mejillones y lapas que cubre las rocas y pueden apreciarse, si te fijas bien en las aguas encharcadas, pequeños cangrejos ocultándose entre las algas.

Hemos finalizado nuestra ruta costera en la punta de La Torche que, tras sus agrestes dunas, oculta una playa en eterna borrasca que acoge competiciones internacionales de surf. Contemplar esta costa salvaje, de ventiscas indómitas e incontrolables mareas, es verdaderamente hipnótico. Y, con diferencia, lo mejor de nuestro viaje.

 

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