Ese parque temático amurallado llamado Concarneau

Mira que para acercarnos a Concarneau esperamos a que finalizaran las concurridas fiestas de los FileVilleClosets Bleus, que acabaron ayer. Llamadnos optimistas, pero pensamos que, siendo lunes, y justo al día siguiente del festival que se celebra cada verano desde 1905, hoy Concarneau sería una localidad, si no despoblada, por lo menos bastante tranquila. Pues no. Un ridículo Jack Sparrow acechando en el revellín, entre los dos puentes levadizos, no auguraba nada bueno. Y nuestros temores se confirmaron en cuanto flanqueamos el acceso al recinto amurallado: una marea humana indescriptible se arremolinaba en tiendas, restaurantes y crêperies que habían tomado lo que otrora fue una población medieval encerrada en una fortaleza defensiva.

Si te abstraes de la multitVista_murallaud en un ejercicio de concentración colosal, puedes llegar a apreciar el paseo por el perímetro de la muralla, desde donde se contemplan unas vistas incomparables de la ciudad extramuros, el estanque de los astilleros, el puerto y el mar. Pero si te distraes un poco, puedes acabar fijándote en una jovenzuela-dominatrix con cara de mosquita muerta y tacones imposibles, capaz de mantener el equilibrio sobre los adoquines y, a la vez, chulear a su novio babeante.

Además de la concurrida entrada principal, dos puertas más se abren en la impresionante muralla: la Porte au Vin, que era la de más fácil acceso, por donde entraban víveres y, como su nombre indica, los por entonces ya apreciados caldos de Burdeos, y la Porte du Passage, por donde salían los ladrones arrestados hacia el cadalso donde los ahorcaban, situado fuera de la muralla justo enfrente. Que, ahora que lo pienso, qué bien nos iría un artilugio así para ir acogotando a cuanto corrupto se pusiera por delante. Íbamos a necesitar kilómetros y kilómetros de soMáquina_coser_blogga.

En la Ville Close –que así se llama el recinto amurallado de Concarneau- se ubica el Musée de la Pêche que, si bien lo que explica es interesantísimo –la evolución en la manera de obtener peces y marisco a lo largo de los tiempos, los antiguos métodos de convervación de este tipo de producto tan delicado, embarcaciones y aparejos de pesca…-, como experiencia museística se ha quedado bastante desfasado: las maquetas de los barcos son, en general, toscas, y los módulos explicativos a través de vitrinas historiadas, aunque muy logrados hace 50 años, cuando se abrió el museo, me han hecho pensar en las exposiciones de belenes de cuando era niña. Son graciosos, sí, pero rozan la caricatura. Por no hablar de la pésima iluminación. Lo mejor, la impresionante máquina de coser velas de 1889 y la pHéméricaosibilidad de visitar, en el muelle del museo, el Hémérica, un barco para la pesca de arrastre construido en 1957 y recién restaurado para disfrute de los visitantes. Reconozco que, tras nuestro paso por el Port-Musée de Douarnenez, el Hémérica no nos ha impresionado tanto. Aunque nos ha reafirmado en nuestra convicción de que la vida del marino, aún hoy, tiene que ser durísima, y su trabajo, digno de admiración.

MenuEn cuanto sales de la Ville Close, te sientes más liviano. Sí, hay vida ahí fuera. Mucha. Hasta puedes comer con tu familia en un lugar normal. Incluso bonito. Con camareros atentos, la mesa dispuesta con un poco de esmero y los platos bien preparados. Ese lugar existe y se llama Le Bistrot des Sables, 11 place Jean Jaurès. Tan cerca pero a la vez tan lejos del masificado monstruo amurallado.

Pero Concarneau no es solo la Ville Close. También es el primer puerto atunero de Europa. Mantiene su importante industria conservera y su subasta de pescado, por donde pasan 10.000 toneladas de producto fresco cada año. Y, todavía hoy, cuenta con unos astilleros en funcionamiento, tanto para construir como para reparar o renovar navíos. Y no solo eso: en Concarneau se construyó, en 1859, el primer vivero-laboratorio del mundo. Lo que empezó como un lugar de cría de animales marinos –hoy todavía pueden verse cuatro de los estanques originales-, enseguida se convirtió en un centro de investigación científica que ahora depende del Museo Nacional de Historia Natural. La centenaria estación de biología marina acoge hoy, además, el Marinarium.

Este modesto pero completo museo de la ciencia presenta desde aspectos puramente biológicos, como una muestra de plancton vivo -ampliada para poder ser apreciada por el ojo humano- o la capacidad de crear un ecosistema autosuficiente en un estanque de 120.000 litros –las langostas y los centollos se alimentan de detritos, son los basureros del fondo del mar-, hasta la necesidad de estudiar matemáticamente la proporción entre la cría y la pesca para evitar la extinción de algunas especies marinas, o la búsqueda de nuevas fuentes de proteínas oceánicas a más profundidad. El recorrido finaliza con una interesante exposición sobre el cercano Archipiélago de las Glénan, lo más parecido a un atolón en pleno Atlántico, y una exhibición temporal sobre el tiburón peregrino, que debe su nombre a sus inmensas branquias, similares a los cuellos de las camisas de los peregrinos del Camino de Santiago.

Tiburones peregrinos, turistas en eterno y vano peregrinaje e ideas tan peregrinas como visitar Concarneau en agosto. Nunca un término dio tanto de sí en un solo día.

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