El mercado semanal de Audierne

Una de las razones por las que frecuentamos Francia en cuanto se presenta la ocasión, es su amplia variedad de excelentes productos de proximidad.

Esta mañan37-audierne---le-marche-ba nos hemos acercado a la población marinera que nos queda a cinco minutos de coche, Audierne, cuyo centro estaba hoy tomado por las variopintas paradas que se instalan allí cada sábado. El mercado semanal ha dado siempre tanto color a esta pequeña localidad que hace tan solo cuatro décadas que construyeron su mercado cubierto, que convive con el de toda la vida en buena vecindad.

Como no hemos sido muy madrugadores –sabiendo que no teníamos que desplazarnos muy lejos, hemos remoloneado un poco-, hemos podido comprobar el éxito incontestable de los dos productos estrella, a saber: los centollos y las fresas de Plougastel.

En una de las paradas con marisco fresquísimo solo quedaban dos enormes langostas, vivitas y coleando, y tres centollos, que pateaban como posesos, intentando zafarse de una compradora que dudaba sobre cuál llevarse. Gérard, el propietario del pennti donde nos alojamos, nos recomendó encarecidamente adquirir algún ejemplar de esta variedad de cangrejo, pero, francamente, me siento incapaz de cocinar el animalillo: de camino a casa le pondría nombre y entonces ya lo adoptaría como mascota.

En cuanto a las fresas de Plougastel, una agricultora bretona vendía, exclusivamente, judías verdes y este exquisito producto, en barquetas de medio kilo. Nos hemos llevado un par y solo han quedado otras tres más en el prácticamente vacío mostrador. Lejos de ser los restos que nadie quiere, se veían brillantes y jugosas, lo que denota que todo el género era recién cogido, porque las fresas enseguida se ponen feas.

Si nos referimos a la fruta, en Finistère solo se cultivan manzanas –lo que más, aquí la sidra es la bebida local, como en el resto de Bretaña y Normandía- y las afamadas fresas. No obstante, como somos frutícolas empedernidos, hemos decidido probar también las pequeñas ciruelas de la variedad mirabelle –que son típicas de Lorena e ideales para preparar mermelada-, los tardíos albaricoques Bergeron –que solo se recolectan a finales de julio y principios de agosto- y una dulcísima uva negra moscatel francesa.

Nos ha sorprendido la larga cola que se había formado en la única parada de aceitunas. O quizás no tanto: el fruto del olivo es muy exótico por aquí. Y el pan que más nos gusta a Ángela y a mí, el de aceitunas, imposible de encontrar. Ni siquiera en la fabulosa panadería-pastelería Ti-Forn, que también nos recomendó Gérard el día en que llegamos a Esquibien, hoy hace una semana. No importa, ya nos resarciremos a la vuelta.

Tras una mesa repleta de creaciones de crochet, a cual más primorosa, una venerable viejecita se concentraba en su tarea con el ganchillo. Hace sesenta años que se dedica a ello, según me ha comentado, y lo creo. Me ha recordado a mi abuela, que aprovechaba cualquier momento para adelantar su labor: mientras miraba la tele, vigilándonos en el parque o escuchando su radionovela preferida, la cuestión era no permanerer ociosa. En una esquina de la encantadora exposición de piezas de fino perlé, me han llamado poderosamente la atención varios pares de guantes y mitones de vistosos colores, primorosamente tejidos. Así que no he sabido resistirme y he decidido autoregalarme unos. “Me llevó toda una jornada de trabajo tejer esos mitones”, me ha comentado la dulce anciana mientras guardaba amorosamente mi adquisicón en una bolsita de papel. “Tranquila, los cuidaré muy bien. Los quiero para cuando salga con mis amigas”. Qué ganas de estrenarlos.

Más allá, un avispado y afable vendedor nos ha empezado a hablar en perfecto castellano. Y claro, al final ha caído un vestido para Mariola. Nos hemos precipitado a comprarlo en cuanto nuestro cachorro ha abierto la boca, antes de que se arrepintiera de abandonar, por un momento, su uniforme adolescente de pantalón corto y camiseta. “Habláis muy rápido”, ha comentado el comerciante. “No es eso, no nos entiendes porque mis hijas y yo hablamos en catalán”. Eso suele despistar a los bretones. No nos ubican.

Claro que ayer unos niños catalanes empezaron a conjeturar sobre si mi marido es calvo o se rapa, pensando que éramos franceses, y a mis hijas les entraron unas ganas irrefrenables de reparar el honor de su ultrajado progenitor. Así que cuidadín con lo que vas soltando por ahí dando por hecho que nadie lo va a pillar: te puedes topar con cualquier nativo de tu idioma en el momento más insospechado. Y tampoco dejes caer según qué nombres en una conversación: un conocido que alardeaba de sus amantes con un amigo en un bar, tenía justo al lado al ex de su novia. Y él sin saberlo. Son cosas que pasan cuando eres, además de un ser despreciable, un bocazas. Qué lastima, ¿verdad?

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2 comentarios en “El mercado semanal de Audierne

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