Las lenguas de Bretaña: bretón, galó y francés

Cuando recorres el suroeste de Bretaña y lees en las indicaciones los topónimos en bretón, por un momento piensas que se te va a aparecer Légolas o un habitante de la Tierra Media: no puedes evitar pensar en el idioma de los elfos de “El Señor de los Anillos”. Luego, si pones la radio y escuchas esa misma lengua, no entiendes absolutamente nada, ya que el bretón es celta, y el celta, una lengua indoeuropea que discurrió paralelamente al latín, aunque con un éxito muy diferente.

Hoy en Bretaña se hablan tres lenguas, dos propias, el bretón y el galó, y la más extendida, el francés. Para entender este puzzle lingüístico tenemos que remontarnos al siglo VI aC, cuando los celtas llegan a las islas británicas en esa diáspora común de los hablantes de las lenguas indoeuropeas. Julio César intenta romanizarlos cinco siglos después, pero el Imperio Romano no logra adueñarse de su territorio hasta el año 60 de nuestra era. En cualquier caso, no consiguen finiquitar la lengua de los indígenas. En cambio, en lo que hoy es Bretaña, la lengua celta se volatiliza –como también de Bélgica, Suiza y el norte de Italia, donde igualmente se hablaba- y da paso al galó, la evolución del latín vulgar hablado por los lugareños, que hoy todavía perdura en la Alta Bretaña.

Pero, entonces, ¿cómo resucita el celta en Bretaña, si la rama continental ya se ha extinguido? Pues de la única manera en que una lengua pervive: con personas que la hablan. En el siglo IV, el Imperio Romano recluta a aguerridos bretones –de las islas británicas, los que continúan hablando su celta insular- para ayudarles a construir fortificaciones a lo largo del litoral de la actual Bretaña. Querían protegerse de los bárbaros. Durante los siglos siguientes, la afluencia de bretones no cesará: llegan buscando refugio y huyendo de sus vecinos paganos –pictos y escotos- y los invasores germánicos -anglos, jutos y sajones-, que los echan de sus tierras. Su lengua, sus costumbres y su cultura son muy cercanas a las autóctonas, hasta el punto en que la península acabará tomando su nombre, Bretaña, y sus habitantes, hablando su lengua, el bretón.

El primer texto escrito en lengua bretona, el Manuscrito de Leiden, data de finales del siglo VIII o principios del siglo IX, mientras que el primer texto escrito en francés está fechado en 842. En 1464, el monje bretón Jehan Lagadeuc escribe el Catholicon, primer diccionario trilingüe bretón-latín-francés. O sea, el primer diccionario bretón es también el primer diccionario francés. Por lo visto, la evolución de ambas lenguas fluía a la par. Por poco tiempo: en 1532 Bretaña pasa a formar parte de Francia y en 1539 se promulga la Ordenanza de Villers-Cotterêts, que obliga a utilizar la lengua koiné del territorio –todavía no es el francés que conocemos hoy- en la redacción de actas jurídicas y administrativas.

No obstante, a causa de su orografía y de su situación geográfica, la Baja Bretaña continúa siendo prácticamente monolingüe y los habitantes siguen comunicándose en bretón. De hecho, ya en el siglo XIX, solo se encuentran bretones bilingües en los grandes núcleos urbanos del oeste de la península. Pero entonces se empieza a legislar. En 1833 la ley Guizot fija el francés como lengua de la escuela primaria, y en 1882 Jules Ferry promulga una ley para implantar la escuela laica y la instrucción obligatoria e impone el francés como única lengua vehicular. 20 años más tarde, el radicalmente anticlerical Émile Combes, presidente del Consejo de Ministros, obliga a usar el francés como lengua de prédica y catequesis.

Aunque desde nuestra perspectiva cueste creerlo, ninguno de ellos actúa con mala fe. Solo intentan modernizar el país y que la proclama “liberté, egalité, fraternité” tenga cierto sentido: François Guizot y Jules Ferry, ambos Ministros de instrucción pública, pretendían que cualquier niño escolarizado en cualquier lugar de Francia tuviera acceso a exactamente la misma formación –ergo, las mismas oportunidades- que cualquier otro niño francés, mientras que la intención de Émile Combes era arrebatar el poder a los párrocos bretones, que tenían demasiado ascendente sobre sus feligreses. Con todo, pasar el rodillo uniformador a la brava conllevó tremendos daños colaterales: entre todos se cargan, de un plumazo, el bretón. Zas.

Ahora están intentando reanimarlo –donde más, aquí, en Finistère-. Cuentan con 200.000 hablantes y el vivero de las escuelas Diwan, una red de colegios asociativos y laicos que se financia a través de colectividades y particulares. Las escuelas Diwan se inspiran en, entre otros modelos educativos, las ikastolak vascas.

Entre tanto, el bretón perdura en los topónimos de los lugares que estamos visitando: el Lok de Loctudy significa “lugar consagrado”, el Plou de Plougastel, “parroquia”, y el Tre de Tréboul –un barrio de Douarnenez-, “división de parroquia”. Todo muy religioso, porque los bretones que se instalaron aquí hace 1.500 años lo hicieron guiados por monjes.

Y hasta aquí el ladrillo lingüístico de hoy. A mí es que me fascina esa herramienta de comunicación que tenemos los humanos que es la lengua.

Os dejo con la foto aérea de la Pointe du Van que ha hecho esta mañana Mimonti con nuestro dron, necesitaba practicar un poco más con él.

Kenavo!

DCIM100GOPRO

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