La villa medieval de Quimper

Hoy el buen tiempo ha vuelto a acompañarnos, ¡bien! Así que nos hemos acercado a Quimper, una encantadora población medieval de calles adoquinadas que, hasta la Revolución Francesa, fue capital del obispado de Cornualles, en bretón Kernow, que no hay que confundir con Cornwall, condado británico y una de las seis naciones celtas -las otras cinco son Escocia, Gales, Irlanda, la Isla de Man y la propia Bretaña-.

MuseoBretónAunque el barrio de Locmaria, al otro lado del río Odet, es el feudo de la afamada porcelana local, lo que tenía más interés para nuestra pequeña familia está en la vieille ville de Quimper. La Catedral de Saint-Corentin, un hermoso templo cuya construcción se inició cuando empezaba a florecer el gótico flamígero –otra cosa es cuándo se acabó, varios siglos después-, está pegadito al Museo Departamental Bretón, que ocupa el antiguo palacio episcopal de Cornualles -la arquitectura del edificio ya merece la visita-. A destacar su singular colección de trajes bretones, desde los de hace más de 100 años hasta los diseños de creadores contemporáneos que han tomado este tipo de indumentaria como inspiración. También nos han llamado la atención las bonitas cuillères de mariage del siglo XIX, talladas en madera, que no se llaman así por ser un regalo de boda, Dormitoriosino porque las usaban los invitados para demostrar su posición y/o su buen gusto –sí, los comesales acudían al banquete con sus propios cubiertos-. Otro objeto curioso que hemos podido observar es un lit-clos, un mueble-cama parecido a un armario, que, al parecer, era muy útil cuando varios miembros de una misma familia compartían dormitorio: así el matrimonio podía preservar cierta intimidad.

Muy cerca del Museo Departamental Bretón, puerta con puerta con el magnífico Hôtel de Ville, se alza el Musée des beaux-arts, que hasta el 1 de septiembre acoge la exposición temporal “Picasso, l’éternel fémenin”, que permite apreciar algunas de las piezas gráficas de la Fundación Picasso de Málaga. Aunque en algunos grabados están representados varios modelos de mujer -¿o quizás, en el fondo, siempre es el mismo?- del misógino artista, las piezas más notables son las que se inspiran en Françoise y Jacqueline. A destacar las obras de reflejan a dos mujeres en tránsito, la casi abandonada y la nueva adquisición. Sí, todo un genio, pero también un gran maltratador.

Además de la exposición temporal de ese hombre tan adorable, lo más interesante del Musée des beaux-arts de Quimper es, desde mi punto de vista, las salas de pintura bretona, especialmente la Salle Lemordant. Se trata de la reconstrucción de la decoración de los dos comedores del Hôtel de l’Epée de Quimper, cuyas paredes llenó de lienzos Jean-Julien Lemordant recién empezado el siglo XX. Los temas, llamativos y enérgicos por lo típicamente bretones, nos han recordado muchísimo a esos cuadros de Aurelio Arteta que tuvimos el placer de contempar en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, no tanto por su técnica pictórica como por su capacidad de captar la esencia de la cotidianidad a través de escenas populares.

Cerca de la plaza Laënnec, el centro de todo en la vieille ville, hay un lugar muy recomendable donde almorzar o simplemente disfrutar de un buen té, Le Bistro à lire -18, rue des Boucheries-, un curioso establecimiento donde sirven cositas ricas deliciosamente especiadas –solo sirven alcohol para acompañar alguna especialidad salada- y también venden libros eclécticamente evocadores y multiculturales, todo ello con un trato exquisito. Un poco más allá, en la pintoresca Place au Beurre y sus aledaños, hay también varias crêperies. La más recomendable, La Krampouzerie, está en el número 9 de la rue du Sallé.

Antes de abandonar Quimper hemos comprado algunas latas de atún y sardinas en la maravillosa boutique de la conservera la belle iloise -16, Place Saint-Corentin-, con su packaging primorosamente cuidado y sus sabrosas recetas elaboradas con ingredientes seleccionados –también tienen tienda en Collioure-. Hemos coincidido con una pareja de catalanes palurdos a quienes, para abreviar, llamaré Catalurdos. Iban mirando el sinfín de tentadoras variedades que había allí –entrad en http://www.labelleiloise.fr y os haréis una pequeña idea-, hasta que la Catalurda le ha preguntado al Catalurdo a cuánto salía el atún en conserva del Mercadona. Me han dado ganas de incrustarles una lata de sopa de pescado de roca en el cráneo. Pero, en lugar de eso, me he ido de allí, botín en mano, pensando en cómo saborear mis recientes adquisiciones. Así que, esta noche, la cena la he preparado a medias con la bella Iloise. ¡Es más maja!

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2 comentarios en “La villa medieval de Quimper

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