Willkommen auf Mallorca

El pasado fin de semana mi amiga Laura y yo nos escapamos a Mallorca para visitar a mi prima Marta. El jueves, una vez finalizada nuestra jornada laboral, abordamos un taxi a la carrera para acudir al aeropuerto a toda velocidad, con la mala suerte de que nos tocó un taxista en prácticas con tan solo tres días de experiencia: nos acompañó hasta El Prat por el carril lateral de la Diagonal –como le indicaba su absurdo GPS- y en segunda. Entre nosotros y sin que salga de Europa, son cosas que me suceden con más frecuencia cuando viajo con Laura.

Mi prima nos recogió puntualmente en el Aeropuerto de Son Sant Joan y, entre pitos y flautas, nos sentamos a cenar en el restaurante Sa Grípia sobre las once de la noche. En la terraza se estaba mejor que bien y degustamos nuestros exquisitos platos cansadas pero felices. Aunque ya lo hice en mi anterior entrada mallorquina, os vuelvo a recomendar este cautivador restaurante de Artà porque merece mucho la pena.

El viernes Marta trabajaba –qué dulce placer disfrutar de un festivo laborable para vivir los sitios cotidianamente-, pero aún así desayunamos con ella en La Almudaina, donde Miquel nos invitó a un esmorzar de forquilla con gerret frito recién pescado, gentileza de Llucià. Hay que reconocer que los amigos mallorquines de mi prima son absolutamente adorables. Luego Laura y yo nos dedicamos a recorrer con esmero las encantadoras callejuelas de Artà y a quemar un poco la VISA. Pero claro, si te ponen por delante una liquidación de maravillosas albarcas de piel de infrecuentes colores, a ver quién es la guapa que se resiste. Yo no.

brevasLa medianoche del viernes, tras devorar las exquisitas brevas recién cogidas con que nos había obsequiado Llucià –un facilitador de primera, también nos regaló docena y media de huevos frescos- y la sublime e insuperable tortilla de patata de Laura –en casa es toda una leyenda-, acometimos los trabajos de chapa y pintura y, ya maqueadas, nos dirigimos a Cala Ratjada, donde nos topamos con el espeluznante espectáculo de La Pequeña Alemania. Efectivamente, nada más acercarnos a la zona de copeteo, comprobamos, estupefactas, que estava invadida por turistas germánicos. “Yo os espero en el coche”, bromeó Laura. Hubiéramos huído de allí a toda velocidad en plan tacones lejanos, pero no conviene dejarse llevar por la primera impresión -la segunda fue bastante peor, de la tercera ni hablemos-.

Nos tomamos un gintonic en el bar Angels –yo no tenía previsto ingerir alcohol, pero viendo el panorama me entró una sed repentina- y disfrutamos de un rato agradable en la terraza, charlando de todo un poco y ajenas al entorno. Angels está puerta con puerta con la discoteca Bolero, la prueba definitiva e irrefutable que confirma la existencia de los universos paralelos: su entrada es un agujero negro que comunica directamente con alguna rústica población de Turingia o Westfalia. Si no, no se explica la inverosímil arrogancia que exhiben allí los Deutsch Menschen: no solo te ladran en alemán mientras te avasallan –“aparta que quiero sentarme donde estás tú” o “quítate de ahí que me molestas”-, sino que además te observan como si fueras un insecto, intentando fulminarte con la mirada para que te volatilices –más que estar en ínfima minoría, nuestra presencia era puramente anecdótica-. Hasta por megafonía aullaron en alemán un Hallo Bolero! para presentar a la inefable Orquesta Géminis, que perpetra desde hace 40 años los mismos horrores musicales sobre el escenario. En cuanto empezaron a tocar, su entregado público se lanzó a bailar arrítmica y desacompasadamente, haciendo tintinear tanto cadenas moteras como chatarra bling-bling –la indumentaria de los danzantes era, como poco, pintoresca-. Unas sesentonas equinas intentaron hacernos mover de donde estábamos a empujones: nos interponíamos entre ellas y un tipo con aspecto de psicópata recién salido de la trena que encontraban atractivísimo. Al segundo intento, mi prima, que tiene casi tanta mala leche como yo, en lugar de caer hacia donde pretendían –encima de mí-, tomó impulso y se precipitó sobre dos de ellas. No hubo una tercera tentativa: desistieron y se fueron a bailar enloquecidas junto a su objeto de deseo. Quien, como era de esperar, puso pies en polvorosa en medio nanosegundo.

Sí, lo sé, una noche raruna la tiene cualquiera. Pero no me busquéis por Cala Ratjada.

El sábado por la mañana cambiamos de tercio y paseamos por el encantador pueblecito amurallado de Alcudia. Temporalmente bajo el dominio de la Taifa de Denia, su nombre procede de la voz árabe al kudi -el cerro-. Cuando el rey Jaume I incorporó Mallorca a la Corona de Aragón, la mayor parte de los territorios de Alcudia y Pollença se repartieron entre la orden de los Templarios. Fue Jaume II quien ordenó la construcción de la villa de Alcudia y la primera muralla, que se finalizó en 1362. La ciudad ha sabido preservar su singular trazado medieval: paseando por sus encantadoras callejuelas peatonales, estrechas e irregulares, pueden contemplarse algunos edificios magníficamente conservados y primorosamente restaurados. Y alguna que otra tentadora tienda, no nos vamos a engañar.

Aunque estábamos muy cerca de allí, ni se me ocurrió mencionar la posibilidad de acercamos a la Ciudad Romana de Pollentia: si encima de dejarla sin playa la castigo con visitar los vestigios de la antigua capital de las Baleares, creo que Laura directamente me estrangula. Así que pasamos la tarde en Port de Pollença, cuyo Paseo Vora Mar, como su nombre indica, bordea el Mediterráneo a través de un agradable sendero que discurre entre coquetas ensenadas, pinos centenarios cuyas ramas se desparraman sobre las aguas cristalinas y casas imponentes con preciosas vistas de postal. Mi prima sesteó brevemente sobre el muro de piedra que delimita el camino: un golpe de calor le dejó muy mal cuerpo después de comer y necesitaba recuperarse un poco. A mí me suele suceder lo mismo cuando el clima está en modo grill –estábamos a unos 30 grados-, pero por suerte paseé bien protegida por la pamela-sombrilla que compré en Colliure hace unos meses.

Ya de regreso a Artà, cenamos en la agradable terraza del Cafè Parisien, cuyo nombre no describe con demasiada exactitud el local, que, si bien es afrancesadamente charmant, es más provenzal que parisino. Para acompañar los entrantes que tomamos a modo de refrigerio –los precios de los platos de la carta eran prohibitivos-, Laura pidió una Pep Lemon, una limonada local bastante curiosa, mi prima su sempiterno té “con mucha agua y medio limón”, que en realidad es un pretexto para tomarse un zumo de limón caliente –con lo fácil que sería que pidiera simplemente eso-, y yo un Hugo, la bebida de moda allí. Amenizó la velada una banda de jazz que, si bien no contaba con una vocalista especialmente virtuosa, supo envolver la noche con una grata banda sonora.

Pasamos por casa para restaurarnos un poco –mi prima está viviendo una segunda adolescencia y este fin de semana hemos vuelto a salir de casa a medianoche, como cuando éramos jovenzuelas- y nos llegamos a la Colònia de Sant Pere, donde se celebraba la revetlla del patrón que da nombre a la aldea marinera. Allí se completó la regresión experimentada el fin de semana: me teletransporté a mis verbenas familiares de hace tres décadas, con padres e hijos compartiendo espacio y risas en armónica diversión. En efecto, mallorquines de todas las edades se dejaban mecer por la suave brisa y la música en directo, bajo un ondulante mar de banderines blancos que dibujaban en el cielo olas de papel. Nosotras nos retiramos, como trasnochadoras cenicientas, antes de que dieran las cinco, cuando el tercer grupo inició su actuación con los temas-proclama “A quién le importa” y “Las chicas son guerreras”. Ambos himnos eran el mejor fondo musical posible para hacer un mutis por el foro: en unas horas teníamos que levantarnos para tomar nuestro avión de vuelta y recuperar nuestra vida adulta. Eso sí, gracias al paréntesis reparador, hemos regresado a nuestra cotidiana realidad más guerreras que nunca. Por lo menos yo.

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