El efecto multiplicador de escuchar a Diego “El Cigala” en el Palau de la Música

Debo reconocer que el flamenco enlatado no me conmueve si no es en circunstancias muy determinadas. No obstante, presenciarlo en vivo, a pelo, es una experiencia incomparable, un raro privilegio del que disfruto enormemente en cuanto surge la ocasión. Como hace menos de 24 horas, sin ir más lejos. diego-el-cigala-thumbnailPorque ayer hubo recital de Diego “El Cigala” en el Palau de la Música gracias a esa maravillosa iniciativa que es el Festival de Guitarra de Barcelona que promueve TheProject, que este año conmemoraba su 25 aniversario.

El Palau de la Música Catalana es, en mi opinión, el recinto con más encanto donde disfrutar de un concierto en Barcelona. Si Diego “El Cigala” me chifla, que me abrace su voz hipnótica en esa gran caja de música concebida por Lluís Domènech i Montaner eleva la intensidad de la experiencia a la enésima potencia. De hecho, su sala de conciertos modernista fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1997 por la singularidad de sus esculturas, vidrieras, mosaicos y trabajos en hierro forjado. Os recomiendo encarecidamente la visita diurna del recinto: la luz natural se filtra por los coloridos ventanales creando una ilusión caleidoscópica fascinante. Una buena ocasión para hacerlo es mañana mismo: se celebra la tradicional jornada de puertas abiertas con motivo del Día Internacional de la Música. Efectivamente, de diez de la mañana a tres de la tarde, se podrá acceder libremente a todos los espacios.

Interior Palau

El espectáculo de Diego “El Cigala” empezaba ayer a las nueve y media de la noche, así que mi amiga Isabel, que siempre me descubre lugares deliciosos, propuso una merienda-cena un par de horas antes en el concurrido Bar del Pla, que está en el número 2 de la calle Montcada, a solo unos minutos del Palau de la Música si se ataja por las calles cercanas al Mercat de Santa Caterina. Isabel frecuenta bastante el lugar y me recomendó probar –obviando mi colesterol- las croquetas de calamar, simplemente espectaculares. También estaba especialmente sabrosa la burrata, que nos sirvieron acompañada de unos gajos de tomate que sabían a tomate, un logro tan fácil y tan difícil a la vez.

Diego Ramón Jiménez Salazar acabó llamándose “El Cigala” por el apodo que le pusieron los hermanos Losada, los guitarristas con quienes empezó a cantar, porque por aquel entonces era un muchacho flacucho y nervioso como un camarón. Su espectáculo “Vuelve el flamenco” –garantizo que el montaje responde fielmente al nombre- regresa, precisamente, a sus más hondas raíces y rinde un particularísimo homenaje a Paco de Lucía, así que necesariamente tenía que acompañarle en el escenario Diego Del Morao, prodigioso guitarrista que también toca con José Mercé, Diego Carrasco y Montse Cortés.

Fue justamente Diego Del Morao –qué inmenso placer escucharle y qué buenrollito irradia- quien arrancó el espectáculo con los tres palmeros y los dos percusionistas. Cuando finalizó el primer tema, entró en el escenario, con su imponente porte regio, “El Cigala”. Su mera presencia arrancó una sentida ovación del público, que ayer abarrotó el Palau para admirarle en vivo y en directo –la platea y los palcos anejos, rebosantes de barceloneses, los pisos superiores, repletos con una ecléctica mezcolanza de lugareños como nosotras y turistas nórdicos y asiáticos-.

Diego “El Cigala” es, en sí mismo, parte del espectáculo: la leonina melena caracolera bien despejada de la frente, las manos con largas uñas y centelleantes sortijas rasgando el aire al ritmo de su voz prodigiosa y, marcando el compás, los pies, envueltos para regalo en negro charol. El glorioso momento llega en cuanto emerge el monstruo, ese otro yo que se le despierta cuando canta. Porque aunque habla en un susurro casi inaudible, es empezar a expresarse con grave y prolongado quejío y, de inmediato, colarse hasta el menor recoveco posible de quien le escucha, cual susurro ectoplásmico, tanto en sentido físico como figurado: es un rugido tan poderoso que tañe las entretelas del alma.

Los siete miembros del clan fueron desgranando melodías festivas y sonidos negros en perfecta simbiosis, haciando gala de una sorprendente improvisación coral, tan inesperada para los demás como absolutamente armónica para ellos: se deslizaban, como un solo organismo pluricelular en constante y plena epifanía orgánica, por vericuetos musicales insospechados repletos de guiños a ellos mismos.

Fue una experiencia memorable que culminó con otra prolongada ovación, las luces del Palau ya encendidas, que les hizo regresar al escenario, donde un bebé del clan mostró que todavía camina a trompicones pero ya baila como un demonio y Diego “El Cigala” exhibió su poderío negándose a cantar “Lágrimas negras”, a pesar del repetido e irritante clamor de buena parte de los asistentes –al parecer no habían entendido que el espectáculo era un auténtico regreso a los orígenes-, e improvisando lo que le vino en gana.

Viva la música. Viva el flamenco. Viva las emociones. Y viva Paco de Lucía, que es Dios. Así se manifestó ayer un apátrida Diego “El Cigala” cuando se dirigió a su entregado público. Y cuánta razón tiene.

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