Todos tenemos un precio y algunos también cierto desprecio

Esta mañana he tenido un pequeño susto. Como mi hija Ángela ha heredado parcialmente mi pésima calidad de piel, en su última visita pediátrica la derivaron al Hospital Vall d’Hebron para hacerle una revisión dermatológica. Hoy me ha llegado el aviso de citación, que incluía, en un bonito destacado, el coste orientativo de las pruebas, y añadía una especificación (cito textualmente): “si la visita y/o prueba a realizar es a cargo de una compañía de seguros (mutua) tiene que traer el documento que acredite que ésta acepta hacerse cargo de los gastos que la visita y/o prueba ocasione. En caso contrario, se le facturará la asistencia.”

Me he quedado patidifusa porque Ángela no está asegurada en ninguna mutua. Siempre hemos recurrido al Servei Català de Salut que, salvo alguna rara excepción –un médico del Hospital de Figueres confundió la apendicitis de Mariola con unos gases-, en general nos ha atendido mejor que bien. Por otra parte, jamás había recibido ninguna citación médica con ese tipo de literatura mercantil. Así que, como a día de hoy me espero casi cualquier barbaridad de nuestras instituciones, y con la nefasta precipitación que me caracteriza, he puesto el grito en el cielo en mi muro de facebook.

27-Octubre-11blogSuerte que dos sabias amigas, por desgracia expertas en este tipo de avisos médicos, me han indicado que estaba malinterpretando la carta –gracias, gracias, gracias, perdón, perdón, perdón-, así que he telefoneado para cerciorarme. Efectivamente, la visita no conlleva ningún abono añadido, el importe indicado es a título informativo. Y sí, están recibiendo un alud de llamadas de usuarios tan atónitos –e impulsivamente malpensados- como yo. Se ve que nuestros preclaros representantes han tenido esa ocurrencia para que seamos conscientes de lo que vale un peine. Para aleccionarnos. Como si fuéramos menores de edad -otra vez más-: “Desconsiderados, mirad lo que estáis derrochando caprichosamente. Pudiendo estar sanos, os ponéis enfermos”. Pues que se lo digan a mis dos amigas.

Al margen de que esta astuta táctica disuada o no a quienes abusan del sistema de sanidad público, resulta que esa asistencia médica no nos la regala nadie: la pagamos con nuestros impuestos. Como tantas otras cosas, por otra parte. Así que, si puedo -¿debo?- saber cuánto cuesta la revisión dermatólogica de mi hija, me interesa saber también, por ejemplo, cuál es el montante de un día de coche oficial (leasing/renting del automóvil en cuestión, sueldo del chófer, seguros, etc.). Debiera lucir un llamativo rótulo en la puerta por donde sube y baja el egregio representante electo: “tropecientos euros/día”. Claro que entonces podría confundirse con el sueldo, las dietas y los ingresos sobrecogedores del susodicho. Así que tendría que complementarse, necesariamente, con un simpático estampado en la ropa del sujeto, o en un reluciente pin: “tropecientos euros/mes”.

Es más, si esta práctica abunda, podría marcarse todo con adhesivos fluorescentes, como los que exhiben los productos de las tiendas de ultramarinos. Ya veo a politicastros, garrapatillas anejas y miembros de la familia real, bien etiquetados con el Precio del Servicio Público, PSP. Las mismas siglas que la famosa videoconsola portátil que justo ahora se ha dejado de fabricar. Qué encantadora coincidencia: al fin y al cabo, todos ellos viven en esa lejana realidad virtual que muchos quisiéramos finiquitar. A ver si nos dejan.

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