Fabulosa a los 50 en Caldes de Malavella

50 no se cumplen cada día, ¿verdad Heidi? Así que la homenajeada, Iciar y yo nos hemos regalado una placentera y reconfortante escapada termal. Tres locas fabricando serotonina durante 24 horas en el Balneari Prats de Caldes de Malavella, ¡qué buen plan!

Aunque también se conserva un conjunto termal del siglo I dC del municipio romano d’Aquae Calidae, la mayoría de construcciones de Caldes de Malavella datan del siglo XIX y principios del XX, época en que se puso de moda disfrutar de las aguas minero-medicinales –sódicas, alcalinas, litínicas y fluoradas- que manan a 60ºC. Se calcula que transcurren unos 50 años desde que el agua de lluvia se inflitra por las múltiples fracturas de la roca granítica y llega, adentrándose 1.000 metros en el subsuelo, al acuífero donde se enriquece con los preciados minerales, hasta que regresa al exterior atravesando velozmente la gran falla sobre la que se asienta la población. Así que, al parecer, hoy hemos estado toda la mañana en remojo en aguas coetáneas de Heidi, lo que no deja de tener su gracia.

chalets-balneario-caldesMientras que el monumental Hotel Balneario Vichy Catalán cuenta con un elegante parque con pinos y plátanos y un edificio de estilo neoislámico típicamente modernista –incluso alberga una reproducción de la fuente del Patio de los Leones de la Alhambra-, el Balneari Prats, donde nos hemos alojado nosotras gracias a la recomendación de mi amiga María, es más familiar y, precisamente por ello, más de nuestro gusto. E igualmente señorial: los primeros Baños Prats datan de 1840 y el edificio neoclásico, de finales del siglo XIX.

Recogimos a Heidi ayer por la tarde, tras su comida familiar con motivo de su reciente ingreso en la década prodigiosa, y nos dirigimos a Caldes de Malavella emocionadísimas. Ella más si cabe, porque no sabía a qué lugar nos dirigíamos. Era una sorpresa. O quizás no tanto: un pequeño desliz de Iciar y chivarle, entre otras pistas falsas, que llevara consigo chanclas y traje de baño, seguro que le sugirieron de qué iba la cosa. No obstante, la corazonada definitiva venía de sus más íntimos deseos, “¡ojalá me llevaran a un balneario!”, y claro, si anhelas algo con vehemencia, a menudo se cumple. Sobre todo si te lo mereces. Porque cuando has dado mucho sin esperar nada a cambio, una parte de todo lo entregado vuelve a ti como un bumerán.

Heidi es una buena amiga que siempre ha estado ahí, siempre está y siempre estará. La recuerdo en momentos de mi vida muy complejos. Sin tener que pedir su ayuda y, lo que es más infrecuente, de manera nada invasiva, ella sabe cómo hacerte sentir que puedes contar con ella si lo necesitas. Todavía conservo dos emails que me envió cuando nació Ángela, uno la víspera de mi cesárea programada, el otro, el día en que abandoné la clínica y mi hija mayor se incorporó de verdad a nuestro hogar. Solo por esos dos correos electrónicos que tanto bien me hicieron le estaré eternamente agradecida. Qué menos que irme con ella de escapada termal por su 50 cumpleaños, ¿verdad?

El Balneari Prats tiene el encanto de los balnearios clásicos de toda la vida. Nuestra habitación, ubicada en el edificio original, del que solo se ha preservado la fachada –en el interior todo es absolutamente nuevo-, daba al jardín y era muy confortable, aun siendo tres las ocupantes –qué pintoresca la disposición de la supletoria, a los pies de las otras dos camas-. Tras confirmar los tratamientos de nuestro pack antiestrés para hoy domingo, nos dirigimos al bar y pedimos un gintonic de Bombay Sapphire para cada una –que, por cierto, nos prepararon la mar de bien-. Como merienda quizás os pueda parecer una opción un tanto extraña. No obstante, como dice mi madre, la ginebra es muy saludable porque se elabora con hierbas, y qué decir de la tónica, tan digestiva, o del toque cítrico del limón. Todo muy medicinal.

La cena fue simplemente correcta. Yo me pedí un milhojas de foie y salmón ahumado que, para mi sorpresa, estaba montado entre lonchas de manzana –un plato demasiado dulce para mi gusto- y el lenguado estaba un poco crudo –aunque mejor así que pasado-. No obstante, la cuajada que tomé de postre, casera a la manera cantábrica e insospechada por tierras gerundenses, me reconcilió con el restaurante. Mis amigas prefirieron una porción de pastel de nata de aspecto muy goloso. Sí, Heidi se saltó un poco su recién estrenada dieta y pecó, pero por un buen motivo: estábamos celebrando su cumpleaños.

Esta mañana, tras ingerir, ya en albornoz, nuestro delicioso desayuno bufé, nos hemos dirigido a la zona termal, a la que se accede sin tener que salir al exterior, detalle que se agradece incluso ahora con buen tiempo –Iciar y yo recordamos, con horror, la excursión que hay que hacer en el monstruoso Hotel Termes Montbrió-. La acogida no podía ser más calurosa –nos han dado besos y abrazos para recibirnos- y los cuatro tratamientos de nuestro pack nos han sentado realmente bien.

Dolors, mi terapeuta, enseguida me ha acompañado a la primera etapa de mi periplo termal: la bañera de burbujas. Se escondía en una cabina privada, embaldosada de arriba abajo, que me ha recordado ligeramente a ese curioso cinecuento llamado “El Gran Hotel Budapest”.

Luego me ha compañado a una luminosa sala –da al exterior, pero una persiana gradolux protege a los efímeros inquilinos de las miradas curiosas- donde las cabinas de tratamiento quedan separadas a través de cortinas, a la manera de los boxes de algunos servicios hospitalarios. Allí me ha masajeado durante no recuerdo cuánto –me he relajado tanto que he perdido la noción del tiempo- y luego me ha hecho pasar a otro habitáculo similar, pero con ducha anexa, para untarme con arcilla como si fuera un bratwurst, vuelta y vuelta, la cara incluida.

Tras la necesaria ducha para eliminar el potingue, Dolors y yo hemos entrado en otra cabina embaldosada de arriba abajo, en mitad de la cual había una camilla y, encima, suspendida del techo, como una creación de artista postindustrial, una cañería-ducha. Mi terapeuta se ha quedado en traje de baño y, mientras el agua caía sobre mí –la cara protegida por una minicortina-, ella me iba masajeando. Se ve que el curioso artilugio tiene constantes tareas de mantenimiento por la elevada mineralización del agua: en alguna ocasión, me ha revelado Dolors, incluso ha caído alguna piedra por el caño. Como un riñón de latón.

Al acabar la ducha-masaje he podido secarme y ponerme el traje de baño en un coqueto vestidor individual, con su espejo, su estantería de mármol y su banco de madera. ¡Me ha encantado!

Tras finalizar nuestro reconfortante recorrido por la zona termal, todavía nos quedaba mucha mañana por delante, así que hemos aprovechado el solete para disfrutar de la piscina exterior y del jardín. Heidi, que no quería perder detalle de nada, también se ha apuntado a la sesión de aquagim, aunque la clase no ha cumplido sus expectativas: “No me ha gustado mucho el yayagim”, ha sido su resumen. Creo que se lo ha pasado mejor columpiándose conmigo en un encantador balancín de madera, mientras Iciar nos miraba lánguidamente desde la tumbona.

Para compensar un poco la cena de ayer, el almuerzo de hoy ha sido simplemente espectacular. Hasta el vino nos ha sabido mejor –claro que ayer, después del gintonicazo, apenas probamos el tinto ecológico que habíamos pedido-. L’esqueixada de bacallà con tapenade que hemos escogido Heidi y yo era sublime –me voy a copiar el plato ya mismo-, y los pies de cerdo guisados con setas, tan tiernos como deliciosos. Así que hoy no me ha cabido otra cuajada. Qué pena. A Heidi, como había pedido lubina, sí que le ha cabido un trozo de pastel de coco, a modo de despedida. Adiós, postres golosos, adiós.

Tras abandonar la habitación –nos han permitido permanecer en ella hasta después de comer- hemos querido pasear un poco por Caldes de Malavella, que se recorre de extremo a extremo en diez minutos. Nos ha sorprendido ver tantas peluquerías –incluso caninas- en una población tan minúscula. Otra cosa no, pero los lugareños seguro que van bien peinados. Quién sabe, quizás sea un intento de paliar los efectos de la tramuntana. Lo que es imposible, por otra parte.

En los aledaños de las termas romanas, dos niños nos lanzaban miradas de soslayo mientras jugaban. Hasta que por fin la niña, pizpireta y graciosísima, se nos ha acercado:
– ¿Estáis buscando la fuente de agua caliente?
– No –cara de disgusto de la niña-. Pero si nos acompañas tú, iremos a verla –cambio a sonrisa en su cara-.
– Es por aquí. Está un poco lejos. Pero no tanto.
– ¿Cómo te llamas?
– Soraya. ¿Y tú?
– Helena.
– ¿Y tú?
– Heidi.
– ¿Y tú?
– Iciar.
– Yo voy al colegio allí, ¿lo veis? Tengo ocho años.
– Ah, entonces estás haciendo 3º de Primaria.
– Sí. Tengo un hermano que tiene 13 años y está haciendo 1º de ESO. Luego tengo otro hermano, no sé si tiene 16 o 17. Claro, como tengo dos hermanos, a veces me hago un poco de lío. Él ya acabó de estudiar, ahora es mecánico. Aquí hoy ha habido mercado –indicando una calle junto a la que estábamos pasando-.
– Ah, por eso hay toda esa basura ahí –he señalado un montículo de cajas de cartón y restos de fruta y verdura-.
– Sí. Mi padre ha trabajado hoy allí. A veces trabaja en otros sitios. Trabaja en muchos sitios diferentes… Mi hermano y yo acompañamos a la gente que llega cerca de casa, porque si no dan vueltas por allí mucho rato. A veces va él, otras voy yo, como ahora. Antes ha ido él a acompañar a otras personas.
– Entonces es como si trabajaras para la oficina de turismo del ayuntamiento.
– ¡Sí! –ha dicho Soraya sonriendo- ¡Mira, ya hemos llegado!
Heidi le ha dado una moneda de dos euros que la niña ha mirado dos veces, bastante ojiplática.
– ¿Sabes?, a veces acompaño a gente que no me da nada. Bueno, ahí está la fuente de agua caliente. ¡Adiós!

Esa moneda entregada a Soraya ha sido nuestro talismán para regresar al Balneari Prats, o para acudir a cualquier otro. No la hemos arrojado a la Fuente de la Mina –también conocida como Raig d’en Mel-, pero se la hemos dado, allí mismo, a una niña encantadora. Y tengo más fe en Soraya que en la Fontana di Trevi, aunque se haya bañado en ella la voluptuosa Anita Ekberg.

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5 comentarios en “Fabulosa a los 50 en Caldes de Malavella

  1. Eso digo yo, ¡qué buen plan! Y lo mejor es que Heidi piensa celebrarlo los 365 días de su año 50, así que ésta sólo ha sido la primera celebración de las que vendrán 🙂
    Para completar el anecdotario y empezando por el final, hay que decir que casi se nos pone celosa pq Soraya estuvo a punto de robarle el protagonismo… y tuvo que llamarnos la antención “eh, que la que cumple 50 soy yo!”
    También decir que su deseo “¡ojalá me llevaran a un balneario!” casi casi deja sin comida celebración a su familia… Aunque por suerte Helencilla pudo arreglar el tema de los horarios con su amiga la jefa de las termas (que cuando la vió le dió besos y abrazos!!)
    Pues eso, por 50 años más de amistades como estas, que son el tesoro más grande del mundo.

  2. Anda que no os habéis callado nada eh????
    Ha sido un fin de semana fantástico. Lo recordaré mientas viva y aún después.Lo mejor: la compañía.

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