Tuamor maligno

En plena crisis de pareja por el nacimiento de las mellizas, Él tiró por el camino de en medio y se lió con su amor platónico de la adolescencia. La misma que no le dio bola en el instituto, la que estaba a punto de viajar a China con su marido para ir a por su tercera hija –nunca llegó a serlo-, se echó en los brazos de Él sin dudarlo: cuán tentador resulta tener una aventura con un famoso -famoso a lo Belén Esteban, como puntualizaría su sagaz exsuegro-. Los padres de La Otra recortaron una foto de la revista Lecturas en la que Él aparecía y la enmarcaron para la posteridad. Orgullo de papel cuché.

The_Picture_of_Dorian_Gray-_Ivan_AlbrightAntes de esa foto presidiendo el salón de los nuevos suegros, antes del tú a Boston y yo a California, se desarrolló la primera parte de la pesadilla. Acostumbrado a mentir con la naturalidad y las tablas que da el plató de televisión, Él negó, una y otra vez, los encuentros furtivos con La Otra, las ausencias blindadas con excusas inverosímiles y ese living-la-vida-loca que no abandonará jamás: es demasiado fácil salir a divertirse con deportistas de élite. Y también ligar siendo un rostro popular, aunque el tiempo haya dejado tu cara como el retrato de Dorian Gray.

Al fin, varios meses después, saturada de hartura pero resuelta, Ella dijo basta. Y Él abandonó el domicilio conyugal –que no a su familia: no se puede abandonar lo que nunca has atendido-. En cuanto empezó a cohabitar con La Otra, ambos decidieron que lo mejor para ellos -¿para qué pensar en sus hijos?- sería que hicieran coincidir los turnos de niños. Dicho y hecho: las gemelas, desde el minuto uno, tuvieron que compartir a su padre con La Otra y sus dos vástagos. Superidealdelamuerte. Todavía es así. Amor de padre.

Luego vino el divorcio. Y el quirófano y la quimioterapia. Porque a Ella el dolor le reconcomió las entrañas y le provocó un cáncer. Afortunadamente, Ella es fuerte. Firme. Voluntariosa. Tenaz. Y tenía el mejor motivo del mundo por el que luchar: sus hijas. Así que luchó, luchó y luchó, sin desfallecer jamás. Cuando aquel tumor ya era tan solo la sombra de un espectro, cambio de marco legal mediante, apareció la demanda carroñera de Él para arrancarle la custodia. Un juez misógino con malas experiencias con las mujeres –sobre todo con la suya- hizo cambiar el acuerdo inicial. Veredicto: custodia compartida. No para que las niñas pasaran más tiempo con su padre –más bien con sus abuelos paternos-, sino por la pensión. Por el vil metal. Todo por la pasta.

Quizás habrá quien me lea y piense, “qué exagerada, no habrá para tanto”. Soy subjetiva, estoy del lado de Ella al 100%. No obstante, lo cortés no quita lo valiente. Baste una pequeña anécdota para ilustrar su inverosímil mezquindad.

Las mellizas tienen casi 10 años. Cuando se desplazan en autobús con Él, las instrucciones son claras: “si el conductor os pregunta cuántos años tenéis, responded que seis”. Será porque es famoso a lo Belén Esteban, porque mira que es curioso que nadie se haya asombrado de lo altas y espabiladas que están para poder viajar sin billete.

Cuán pedagógico es enseñar a tus hijas a engañar. Intentar inculcarles, día sí, día también, el valor del incivismo y el embuste –lluvia fina que, gracias a Ella, jamás llega a calar-. Claro que Él miente como respira y al parecer no le va tan mal. Quizás lo siguiente sea saltar la zona de acceso al metro o entrar los tres muy juntos, en plan oruga, para marcar la tarjeta multiviaje una sola vez. Esa es la idea. Cada pequeño importe, suma. Igualito que Ebenezer Scrooger. Solo que el personaje de Charles Dickens es ficción y Él, real.

Escribo todo esto del tirón, todavía alucinada de que la última apelación de Ella haya caído en saco roto. La ley es la ley y ahora favorece las custodias compartidas. Que sean o no pertinentes es, al parecer, irrelevante. Pero también, sin duda, tremendamente injusto. Lex dubia, Lex nulla. O así debiera ser.

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2 comentarios en “Tuamor maligno

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