El dulce placer de no hacer nada

Ayer, último día de nuestras vacaciones en la Gironda, decidimos destinar la jornada a lo que más nos apetecía: hacer absolutamente nada.

Desprogramarse no es tan fácil como parece. A mí me suele suceder que, si no invierto el tiempo en algo provechoso, me entran remordimientos. Pienso, ¿me estaré perdiendo alguna visita imprescindible? ¿Habrá algún otro pueblecito/aldea/monumento hasta donde valga la pena acercarse? Seguro que sí. ¿Y qué? ¿Acaso es tan importante?

Sí, estábamos en la Gironda, pero también en un alojamiento encantador. Una casita de pescadores ubicada en un apacible y recóndito rincón. Un lugar en el que nos sentimos como en casa nada más llegar. Así que, bien pensado, ¿qué mejor que aprovecharlo al máximo las últimas 24 horas de nuestra estancia?

Casa_dormitorioDormimos sin preocuparnos del despertador. Sin prisas. Hasta que el cuerpo nos dijo basta. Remoloneamos un poco en la cama, en ese dormitorio maravilloso con el suelo de madera, la estufa de hierro saludándonos desde el hueco de la chimenea, la vieja cómoda con su palangana y su jarra esmaltadas, la luz del soleado día entrando a raudales por la ventana y el balcón. Desayunamos perezosamente en la cocina, mientras Boris maullaba y nos observaba desde fuera, reclamando su capricho matutino del día –sí, lo hemos mimado mucho-.

Luego me dediqué a barrer la espaciosa terraza, cuyo suelo se veía tapizado de hojas y pétalos que había arrancado el viento. Me recordaba a los mantos florales de mi colegio de monjas -siempre íbamos a recoger retama para el Corpus-. Me apetecía retirar aquella alfombra amarilla y lila, preparar la terraza para nuestro almuerzo al aire libre. Se estaba bien allí. Respirando el perfume a rosa y jazmín. Con el liviano sol de primavera acariciándome y el Garona discurriendo, tranquilo y viajero –llegado de la Val d’Aran-, un poco más allá.

Mis adolescentes hijas decidieron hacer huelga de ducha, pasar el día en pijama y permanecer encerradas en su habitación, una con su portátil, la otra con el iPad familiar. Lo cual también estuvo bien porque fue como estar solos, de novios.

Después de comer, sesteamos un poco en la doble hamaca y el resto de la tarde la dediqué a leer mi libro sobre Leonor de Aquitania, con Boris acurrucado en mi regazo, ronroneante y feliz.

Esta mañana, antes de irnos, Sylviane y Pascal nos han obsequiado con una cajita de cannelés –que saben como a torrija, pero son más dulces y se les nota el regustillo a ron- y otra botella de vino de Burdeos, esta vez tinto. Son encantadores. Nos han asegurado que el buen tiempo que nos ha acompañado durante toda la semana no es habitual allí en esta época. Y que si nos hemos sentido tan a gusto en su casa es porque ellos también pasan allí sus vacaciones, y la ofrecen a sus huéspedes tal y como les gusta disfrutarla a ellos.

casa_teletrabajandoAhora que estoy ya en Barcelona, solo tengo que cerrar los ojos y visualizarme allí para sentirme bien. Han sido unas vacaciones reconfortantes.

Os recomiendo nuestro alojamiento al 100%:
http://www.gites-de-france-gironde.com/gite-location-saint-pierre-d-aurillac-3-epis-entre-deux-mers-cabrol-G3189.html

Y también la bodega donde encontraréis el vino blanco ecológico que tomamos en Cap Ferret:
http://www.chateau-canet.com/

Bon voyage!

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