London Calling

Todavía recuerdo la primera vez que visité Londres, hace más de 20 años. Fue una estancia de diez días con mi gran amiga y cómplice de aquella época, Marielo, con quien hacía pareja creativa en una agencia de publicidad. Nos alojamos en un encantador bed&breakfast de Notting Hill, regentado por un matrimonio griego que se negaba a jubilarse, Mr. & Mrs. Demetrius –memorables los desayunos con huevos fritos, bacon y beans-. Nuestro alojamiento quedaba a dos minutos de Portobello Road, sus puertas y fachadas de colores y su mercadillo, entre cuyas paradas rebuscábamos, cual urracas, brillantes y añejas bisuterías: Marielo atesoraba hat pins vintage y allí amplió su colección con valiosas adquisiciones. También tuvimos la suerte de recorrer Candem Town cuando no era el horror espeluznante en el que se ha convertido de un tiempo a esta parte.

Entre ese viaje y otro que hicimos en cuanto se presentó la ocasión –entonces no existían los vuelos low cost-, Marielo y yo recorrimos aplicadamente cuanto museo se nos puso por delante, dedicándoles a todos su merecido tiempo, mal alimentándonos en infames pubs y celebrando una pequeña fiesta cuando hallábamos a nuestro paso algún restaurante italiano en el que poder tomar un café de verdad –mi amiga, sin su dosis diaria de cafeína, no era nadie-.

Al cabo de los años regresé un par de veces más, una en familia, con las niñas, y otra en pareja, así que mi escapada romántica del pasado fin de semana ha sido mi quinta incursión a la ciudad del Támesis.

Todo este prolegómeno de abuela Cebolleta es para explicaros que quizás sea más interesante para quien quiera información sobre Londres que lo mezcle todo un poco, en plan cóctel, así cada cual se quedará con el trocito que más le interese o mejor le convenga.

Pues ahí voy.

Chimeneas Pink floidVolamos a Londres-Gatwick desde Barcelona con EasyJet –atención, viajera que no facturas equipaje, permiten un solo bulto por persona, uno solo, así que lleva un bolso pequeño para poder meterlo en la maleta antes de embarcar-. Ahora existe una modalidad de conexión entre ese aeropuerto y la capital británica muy asequible, el EasyBus, pero hay que reservarlo con antelación porque no tiene precio fijo y, según se acerca la fecha del vuelo, va incrementándose. Como nosotros desconocíamos este detalle, finalmente optamos por reservar online los billetes del Gatwick Express, que nos costó el doble pero (1) no sufre retrasos por caravanas o accidentes de tráfico, (2) su libertad de horarios permite subirte al primer tren que te va bien y (3) desde los asientos del lado izquierdo, poco antes de entrar a Victoria Station, presenta unas espléndidas vistas a la imponente Battersea Power Station, la fábrica que se ve en la portada del mítico LP “Animals” de Pink Floyd.

Desde Victoria Station tomamos el metro hasta Baker Street, en cuyas inmediaciones se ubica el hotel donde nos alojamos, http://www.tenmanchesterstreethotel.com. Nos lo recomendó Monica, la voluptuosa novia italiana de nuestro sobrino Yukio, que trabaja allí –ambos viven en Londres-. El Ten Manchester Street es coqueto, acogedor y requetelimpio y está en el corazón del encantador barrio de Marylebone. Queda a pocas manzanas del popular Madame Toussauds, ante cuya puerta se propaga permanentemente, como una plaga humanoide, una larga cola de turistas. Jamás he comprendido esa afición a contemplar grimosos muñecos de cera. Supongo que la naturaleza humana nunca dejará de sorprenderme.

Os recomiendo un par de direcciones de nuestro efímero vecindario de adopción donde poder picar algún refrigerio: Coco Momo, 79 Marylebone High Street –el lavabo de chicas es muy curioso, incluye lo que queda de una antigua chimenea, consejos para sobrellevar la resaca y un anuncio de la empresa Scooter Man, you drink, we drive: chauffeurs to drive you and your car home, cheaper than a return cab journey-, y Carluccio’s, que, aunque comparte nombre con otro local de Covent Garden, no tiene nada que ver con él: su espacio es luminoso y agradable, el servicio, impecable, los ingredientes especialmente sabrosos y el baño –por lo menos el de señoras-, el mejor que haya visto jamás en Londres.Carluccio's fachada

Bloomsbury, Covent Garden y el Soho continúan siendo zonas muy recomendables -¿imprescindibles?- para todo paseante que se precie.

La ampliación de Norman Foster le dio al British Museum un nuevo aire espectacular, si bien la purulenta erupción de tiendecitas y ofertas, agazapadas en cualquier recoveco susceptible de ser aprovechado, desluce un poco el conjunto. Los constantes recordatorios a que dones 5 libras para el mantenimiento del museo –en Londres los de titularidad pública son gratuitos, cada cual deposita lo que quiere en las urnas destinadas a tal fin- le parecerán humor negro a cualquier griego, que tiene que desplazarse hasta allí para ver los frisos y esculturas originales del Partenón. O al egipcio que desee contemplar la Piedra de Rosetta. El British Museum se niega a devolver pieza alguna, acogiéndose a una ley promulgada por el parlamento inglés en 1753. Esta semana se estrenaba una exposición temporal sobre los vikingos, ¿a quién habrán expoliado esta vez? Ah, no, que con los países nórdicos seguro que no se atreven.

MeriendaEn Museum Street hay un par de coquetas cafeterías donde poder tomar algo –por ejemplo, una porción del popular pastel de zanahoria- antes de acercarse a la casa museo de Charles Dickens, que está a un corto paseo desde allí. Además, al lado del Charles Dickens Museum se puede recorrer Doughty Mews, una de tantas meaws –literalmente “calle de casas pequeñas”- londinenses. Al célebre novelista le tengo un cariño especial porque su “Cuento de Navidad” fue el primer libro que leí –cuando digo libro me refiero a una historia memorable y bien hilvanada-. Tenía yo 10 años cuando lo escogí, equivocadamente –su título me llevó a pensar que era un cuento-, en la hora de biblioteca del colegio. Me gustó tanto que desató mi pasión desaforada por los autores de verdad.

Desde Bloomsbury se puede ir a pie hasta Covent Garden, donde los amantes de las Dr.Martens tienen su increíble supertienda, con mil y un modelos originalísimos –aunque hay establecimientos de esta marca diseminados por toda la ciudad-. Tuvimos la desgracia de acercarnos a este agradable barrio poco antes de un importante encuentro deportivo –el fútbol es nuestra pesadilla particular-. Por lo visto se celebraba un partidazo entre dos equipos rivales y los hooligans de uno de ellos, ataviados con los mismos colores que el Atlético de Madrid, invadían los pubs de la zona y sus aledaños cerveza en mano y a voz en grito –al día siguiente todavía estaban de celebración, pordiosquépesados-.

Soho GaysHuímos despavoridos hasta el Soho y nos adentramos en Old Compton Street. Sentimos un gran alivio cuando nos topamos con dos musculosos gays bailando alegremente en un escaparate: por allí no iba a aparecer ningún futbolero, así que estábamos salvados. Aprovechamos para acercarnos al club donde trabaja Yukio, The Arts Theatre Club, 50 Frith Street, que se llena hasta la bandera de jóvenes con ganas de bailar música ochentera e ingerir los excelentes cócteles que prepara –no es pasión de tía, es la pura verdad-.

Puerta con puerta, en el 63-64 de Frith Street, puede uno probar alguna de las interesantes propuestas de Arbutus, que entre semana ofrece un Working Lunch a un precio razonable, e incluso un Plat Du Jour –lo indican así, en francés- por 10 £, copa de vino incluida. Se les nota la vena normanda en detalles como usar mantequilla para rehogar las verduras de la sopa o guisar la ternera con un intenso y consistente caldo corto de carne. Me chiflaron sus mesas de madera maciza pulida con las esquinas romas.

Todavía en el Soho, Carnaby Street merece una mención especial. Populosamente transitada desde hace medio siglo, esta emblemática calle londinense que incluso cuenta con su propia web continúa siendo una visita muy recomendable. Esta última incursión londinense descubrí allí Irregular Choice, http://www.irregularchoice.com/, donde sin lugar a dudas vestirían sus lindos piececillos Dorothy Gale, Blancanieves y la Cenicienta. Así que yo también.

ChanclazapatoContinuando con la sección calzado, me llamaron mucho la atención las cangrejeras con tacón que vi en alguna que otra zapatería. Aunque quizás solo estén de moda allí, para vadear mejor los charcos y pisar con más firmeza sobre un suelo empapado por la lluvia. Who knows!

No obstante, hay que desplazarse hasta el East End para adentrarse en el barrio del momento: el impronunciable –e irrecordable- Shoreditch. Lo mejor es tomar el metro hasta Liverpool Street Station y desde allí callejear sin prisas hasta Spitalfields Market, donde se encuentra un poco de todo, aunque su mayor atractivo son las interesantes piezas de jóvenes creadores. Yo aproveché para hacerme con dos vestidos estilo pin-up en Collectif Vintage, y una diseñadora asiática graciosísima me colocó una falda verde esmeralda: “la he diseñado y cosido yo misma, mira, ¿ves estas letras?, soy yo. No encontrarás otra igual en Barcelona, ¡ni siquiera en España!, y mira, es reversible, y como se ata se adaptará a ti aunque cambies de talla, hasta se la podrá poner tu marido, ¡le haría conjunto con su sudadera!”

El famoso paraíso del curry, Brick Lane, queda un poco más allá. Hay un sinfín de restaurantes hindús donde escoger –aunque más bien te eligen ellos: siempre hay un hombre en la puerta, a la caza del nuevo comensal- y el domingo por la mañana el ambientazo es insuperable. Según se sube por Brick Lane, pasamos de las paradas de venta de objetos variados a los chiringuitos improvisados donde comprar comida para llevar, que no catamos. Llamadme burguesa, pero yo a estas alturas necesito sentarme para comer… ¡y para tomar aliento, que la vida del turista es agotadora! Entre Bethnal Green Road y Columbia Road hay locales muy interesantes en los que te puedes cortar el pelo, hacerte la manicura, tomar una copa, probarte ropa o leer un poco. Todo muy hipster.

principespcEn las antípodas de Shoreditch están Buckingham Palace, St James’s Park, el emblemático Big Ben y la Abadía de Westminster. Nunca tuve demasiado interés en visitarlos, aunque esta última escapada londinense nos acercamos al famoso templo anglicano con la intención de entrar a cotillear. Sin embargo, un nutrido grupo de policías nos vetó el acceso y nos conminó a permanecer tras una valla porque, para nuestra sorpresa, acudieron al recinto los mismísimos nietos de la reina: William –qué calva tan mal llevada, tipo Charlie Rivel, que diría mi amiga Marta, pero en versión pelo liso- y Harry. Dos seres de la realeza a cincuenta metros de nosotros. Como ir al circo a ver a los payasos. Solo que a estos, por suerte, no los pagamos nosotros.

Ante algo así, una se pregunta qué merito tiene haber nacido en una familia y no en otra. Y reflexiona sobre la desigualdad en el reparto de la riqueza. Sí, hay personas más pudientes que otras. Y hay quien puede comprar en la lujosa New & Lingwood Ltd de Picadilly Arcade aunque no haya dado un palo al agua en su vida, porque es ver el escaparate de la lujosa boutique y pensar en el Duque de Feria y su hermanísimo, tan altos, tan guapos, con sus sleepers y sus americanas de terciopelo de colores eléctricos, todos ellos donosura y distinción. Si tuvieran que arrancar cebollas con las manos no podrían vestir así. Pero claro, entonces no serían ellos. En fin.

En Trafalgar Square se ubica la National Gallery y, detrás de ella, la National Portrait Gallery, para cuya visita se necesita un día entero, tal es la cantidad de óleos que albergan. Aunque hay obras tan emblemáticas como la “Venus del espejo” de Velázquez o los “Girasoles” de Van Gogh, yo recuerdo especialmente “La ejecución de Lady Jane Grey” de Paul Delaroche, que me impresionó tanto como la “Ofelia” de John Everett Millais que se exhibía en la antigua Tate Gallery, hoy doblete museístico: Tate Britain, en el espacio de siempre, y la nueva e imprescindible Tate Modern, ideal para ir con niños. Desde la Tate Modern se puede aprovechar para pasear por la orilla sur del Támesis –South Bank– y subirse al famoso London Eye. Otra opción es acceder al otro lado del río, atravesando el peatonal Millenium Bridge, y acercarse a la Catedral de St Paul y el Museum of London.

El Museum of London se aloja en el Barbican, un barrio que se levantó sobre una zona arrasada por los bombardeos del ejército alemán. Este museo expone de manera muy didáctica la historia de la ciudad, haciendo especial hicapié en The Black Death de mediados del siglo XIV, que en 18 meses acabó con la mitad de los londinenses –y de los europeos-, el Great Fire que asoló la ciudad en 1666 -¿será desde entonces el 666 el número del diablo?- y cómo vivieron los londinenses la Segunda Guerra Mundial: un documental explica de primera mano el dolor y la aniquilación que conlleva cualquier conflicto bélico.

En la City se alza también el recinto de la Torre de Londres, que además de preservar las Joyas de la Corona, mantiene el infame tajo de ejecución donde fueron decapitadas dos de las esposas del rijoso Enrique VIII. Menudo tiparraco.

Si vais a Londres en familia, vais a frecuentar mucho Kengsinton, porque es el barrio en el que se ubican Hyde Park y tres fabulosos museos para niños de todas las edades: el Natural History Museum, el Science Museum y el Victoria and Albert Museum.

El corazón de Londres es verde y se llama Hyde Park. Su inmensidad impresiona a cualquiera, pero a una barcelonesa como yo, que la máxima extensión de césped que ha visto en su ciudad es el Camp Nou, simplemente la deja ojiplática. En su origen fue la reserva de caza del ya mencionado Enrique VIII. De hecho, todos los grandes parques públicos de Londres fueron primero eso: el terreno de tiro al ciervo del reyezuelo de turno. Hay quien todavía le encuentra su qué a ejecutar elefantes.

Aunque solo tenía unos cinco años cuando lo visitamos con ella, Mariola nos pidió regresar otra vez al Natural History Museum. Dos voluntarias tuvieron una paciencia infinita e intentaron explicarles a nuestras dos hijas –entonces las pobres no entendían gran cosa de inglés- qué eran una esponja de mar, un asta, un mineral, una concha de tortuga, una mandíbula de tiburón y algunos otros objetos que tenían a mano para que los niños los tocaran. La galería de los dinosauros es la más concurrida –a mí ya me impactó mucho la primera vez que la vi, antes de que se pusieran de moda-, pero hay otras muchas que merece la pena recorrer, entre ellas las dedicadas al planeta Tierra. Está a años luz de su homólogo de Nueva York, por mucha “Noche en el museo” que se haya rodado allí. A no ser que hayan aprovechado el éxito cinematográfico para renovarlo, cosa que ignoro.

El Science Museum está especialmente indicado para mentes curiosas y espíritus inquietos. Además de un recorrido que busca la interacción con los visitantes, su tienda ofrece objetos sorprendentes a los que merece la pena echar un vistazo.

Aunque lo más destacable del Victoria and Albert Museum son sus colecciones permanentes –a destacar su abundante fondo de piezas de ropa de diferentes épocas-, este impresionante museo de las artes decorativas presenta diferentes exposiciones temporales, así como charlas y visitas guiadas gratuitas, que se pueden consultar en su propia web: http://www.vam.ac.uk/whatson/

Londres es mucho Londres y no se acaba en esta entrada. No obstante, creo que con estas cuatro pinceladas os podéis hacer una idea del sinfín de posibilidades que presenta la capital de Gran Bretaña. Os animo a que, si todavía no habéis ido, lo hagáis cuanto antes. ¡Y suerte con el cockney!

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2 comentarios en “London Calling

    • Jijiji, buena idea, aunque entonces quizás te lleven prisionera a la Torre de Londres. En ese caso, no te quedará otra que escribir una crónica absolutamente demoledora 😉

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