Crímenes de San Valentín

El maltratador permanece en estado de latencia, agazapado y acechante cual insidiosa garrapata, olisqueando hábilmente la vulnerabilidad de su próxima presa. Es capaz de hacerlo escarbando entre capas y capas de autoestima postiza y detectar, donde nadie más lo haría, la debilidad en la que poder hendirse, la grieta en la que hurgar, la lesión en la que clavarse con más virulencia.

Es abyecto. Canalla. Rastrero. El más pendejo de entre todos los pendejos. No obstante, se oculta el maltratador bajo una apariencia inofensiva e inocua. Sabe hacerse pasar con facilidad por el hombre atento, educado y detallista que no es. Teje patrañas y relaciones tóxicas cual araña violinista, mientras espera cobardemente la ocasión más propicia para exhibir su auténtica naturaleza: pura ponzoña medrosa.

El maltratador aparece en el juzgado hoy, 14 de febrero –empalagosa festividad de esos amores que matan-, con su máscara de muchacho ingenuo, incluso bonachón. Su abogado particular le ha recomendado que vista ropa discreta y se muestre dócil. Se le ve tranquilo. Se sabe seguro, prácticamente intocable: aquí cualquier escoria puede abusar de las mujeres con impunidad, les basta con seguir el edificante ejemplo del desministro de injusticia. Verdugo y espectador, podrá observarla a su antojo en cuanto ella entre: por un tecnicismo que ni el juez ni la abogada de oficio de la víctima se han dignado en corregir a tiempo, la mampara de protección, que de tan obvia debería formar parte del paisaje, simplemente no está.

1900156_666848356711928_1566484223_nLa maltratada se agarra al brazo de su testigo y asiste más o menos entera a la vista, ansiosa por dar sepultura a ese amargo episodio de su vida. Mientras espera, recuenta mentalmente los trances sufridos. Las pequeñas amenazas cotidianas. Y la brutalidad que no se olvida. Lo recuerda vapuleándola, con sus garras de alimaña atenazándole el cuello. Se ve a sí misma esquivando un jarrón-proyectil. Y a su nueva pareja amenazada por aquella navaja de matasiete de pega. Ya van tres, pim-pam-pum, pasaporte y fuera: el maltratador ha perdido la partida y le toca regresar a la casilla de salida. No le concederán la nacionalidad española ni le podrán contratar legalmente. Desaparecerá de su vida. Por fin. Aunque no de la de las futuras mujeres que puedan caer en su urdida trampa de engaños. Absolutamente todos los abusadores –maltratadores, violadores, pederastas, politicastros- deberían ser desterrados al espacio exterior.

Si hubiera sido un maltratador ibérico cualquiera y la maltratada no hubiera conseguido volatilizarse, continuaría orillando los aledaños de su objeto de deseo. Hostigándola con su sola presencia. Asomándose a la barandilla de la orden de alejamiento como el insecto que es. Hasta que alguien cercano a la víctima, rebosante de hartura, acabara rociando con Cucal a ese mal bicho. Al fin y al cabo, es lo que se merece todo hombre-cucaracha.

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