Patagonia argentina y chilena

Mi todavía marido y yo –cielos, qué demodés– nos casamos tal día como hoy hace exactamente 15 años. Sí, lo reconozco: escogimos la fecha de nuestra boda por puro interés viajero, así que pudimos disfrutar de nuestra luna de miel en Argentina y Chile recién estrenado el año.

Aterrizamos en Buenos Aires tras una escala en São Paulo y largas horas de vuelo. ¡Adiós, invierno! ¡Hola, verano! Qué bien sienta el solete cuando se acaba de llegar del frío.

Podría contar la viva impresión que causaron en nosotros las elegantes zonas de Recoleta, Belgrano o Palermo, los pintorescos barrios de Boca o San Telmo o el post-industrial Puerto Madero, pero en nuestro pequeño universo doméstico siempre recordaremos la capital porteña como la ciudad donde mi nuevo y flamante marido se reconcilió con la carne. Antes de probar su primer bifé de chorizo –que la palabra “chorizo” no nos lleve a engaño: es una porción de carne de res-, mi otrora novio/amante/whatever sólo se alimentaba de lácteos, verdura y pescado. Sin embargo, fue saborear la ternera argentina y cambiar de opinión –y de costumbres- radicalmente: mientras estuvimos allí, se metió entre pecho y espalda cuanta proteína vacuna se le puso por delante. Eso sí, en la patria de Jorge Luis Borges el chuletón hay que pedirlo crudo para que te lo sirvan al punto, de otro modo lo chamuscan sin piedad.

Tras turistear unos días por Buenos Aires nos desplazamos hasta Puerto Madryn, nuestro pied-à-terre para llegar a la Reserva Natural de Punta Tombo, que alberga una populosa colonia de pingüinos de Magallanes –la mayor del mundo según la información de su web, http://www.puntatombo.com-. Llegamos en plena temporada de cría y los pequeños y simpáticos pingüinos se acercaban a nosotros a cada paso que dábamos, haciendo caso omiso a las barreras de señalización que regían para los humanos. También nos topamos con un armadillo y pudimos contemplar a lobos y elefantes marinos, así como gaviotas y cormoranes. Visitar la pingüinera fue una experiencia de lo más emocionante.

La siguiente etapa en nuestro itinerario fue, cómo no, El Calafate, desde donde se alcanza el Parque Nacional Los Glaciares y el famosísimo Perito Moreno, que cumple sobradamente con las más elevadas expectativas: el crujir de cada bloque de hielo, mientras se precipita sobre las aguas azul turquesa del Lago Argentino, es un sonido tan conmovedor como inolvidable. Nosotros nos acercamos a él a bordo de un catamarán, pero también se pueden recorrer a pie sus entrañas y las de otros glaciares.

Continuamos nuestro periplo patagón lo más al sur posible: Ushuaia, que es la población más austral que existe. A mí eso de “fin del mundo” siempre me había recordado a aquellas pelis de catástrofes de los 70, pero desde entonces lo asocio con el silencio más atronador que haya podido escuchar jamás. Y es que fue precisamente eso lo que más me sobrecogió cuando visitamos el Parque Nacional Tierra de Fuego, la ausencia total y absoluta de sonido alguno. Supongo que, al fin y al cabo, el fin del mundo debía de ser eso: la nada. Y en nada se quedaron los pobres indígenas que habitaban el sur del continente americano tras la arrolladora invasión de los bárbaros europeos –ríete tú de los hunos de Atila-. Para ampliar detalles sobre aquel genocidio masivo, merece la pena visitar el Museo del Fin del Mundo, que ofrece interesante y clarificadora información al respecto.

Cuernos_del_Paine_from_Lake_PehoéY hasta aquí la primera parte de la multitudinaria, turística y efervescente Argentina, que dejamos atrás –solo por unos días- para adentrarnos en esa larga lengua de territorio atrapada entre los Andes y el Océano Pacífico que es la República de Chile. Nuestra primera toma de contacto con el ex-feudo de Pinochet –justo en aquella época andaba el juez Garzón hurgando en el inefable pasado del dictador- fue el Parque Nacional Torres del Paine, declarado Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO. En efecto, como extrabonus de luna de miel nos habíamos regalado una estancia de tres días en el Hotel Explora, que se ubica dentro del mismo parque, lo que permite hacer excursiones maravillosas por paisajes donde únicamente te topas con la hermosa naturaleza salvaje del lugar.

Tras el idílico paréntesis en Torres del Paine el listón había quedado muy alto, pero aún nos esperaba otra reconfortante y grata sorpresa: esa pequeña Baviera que orilla el Lago Llanquihue llamada Frutillar. Así como en Argentina compartimos paseos y excursiones con una nutrida multitud de visitantes, la calma, la serenidad, la maravillosa paz que nos proporcionaron las pintorescas casitas de madera que bordean el lago, con la imponente cima del volcán Osorno avistándonos desde la distancia –nos hubiéramos quedado allí una semana haciendo nada de mil amores- fueron el contrapunto ideal para sobrellevar tan largo viaje y reponer energías para afrontar el último tramo de nuestro periplo: el cruce andino.

Sí, volvimos a territorio argentino. Atravesamos la cordillera de los Andes y nos plantamos en Bariloche con aquella alegría. Fue un poco chocante permanecer en la renombrada estación de esquí sin nieve, paseando entre hoteles vacíos, turistas despistados y desangeladas tiendas de souvenirs, casi tanto como recorrer Baqueira o Grandvalira en agosto. Claro que hablamos de hace tres lustros: hoy en día las pistas y telesillas de cualquier monte que se precie se reinventan a sí mismas en verano para que el negocio no decaiga, hay que amortizar las costosas instalaciones durante los doce meses del año. No obstante, los lagos y cerros que configuran el extraordinario paisaje que rodea a San Carlos de Briloche –la localidad se ubica en pleno parque nacional Nahuel Huapi y queda muy cerca del parque nacional Los Arrayanes- fueron el mejor broche de oro posible para nuestra expedición patagónica. Bueno, eso y el acopio de alfajores Havanna en el duty free del aeropuerto, antes de empezar a regresar.

Pasados los años nos han crecido sendas cinturas abejorriles, dos niñas y una hipoteca, pero siempre nos quedará -además de París- Patagonia, nuestra escapada mental recurrente, hipnótica y reconfortante.

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2 comentarios en “Patagonia argentina y chilena

  1. Felicidades amigos del alma!!!! Que suerte que eligieron ese destino para vuestra luna de miel!!! Que suerte que yo eligiera la misma!!!! Los quiero con el alma!

    Valery

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