Cumplir 40 en París

Mi amiguísima Laura es asquerosamente joven, acaba de cumplir 40. Le hacía mucha ilusión cambiar de década en París, así que la víspera del gran día nos fuimos las dos, raudas y veloces, hacia esa hermosa ciudad que ambas adoramos.

El avión de Easy Jet nos depositó en el aeropuerto Charles de Gaulle con media hora de retraso, a las 23.30 h. A medianoche, en el andén del tren del aeropuerto, ambas nos abrazamos efusivamente mientras esperábamos, en vano, aquel tren que nunca llegó, a pesar de que la pantalla electrónica anunciaba retrasos por una avería en el servicio (llegamos cinco minutos después de la hipotética salida del último tren). Laura se preguntó si aquello era una metáfora de su vida y yo le respondí, muy práctica, que en realidad indicaba, más bien, cosas que tenía que empezar a hacer a cierta edad, a saber: tomar un taxi en cuanto ves que es lo que va a tocar sí o sí, y abandonar esa costumbre tan suya de ir adoptando a cada paso todo tipo de pintorescos personajes.

Supongo que, después de todo, pasar del 3 al 4 no podía hacerla cambiar tanto, así que, solo cinco minutos después de poner los pies en territorio francés, ya se nos había acoplado una mochilera vasca con cutis de princesa de cuento y billete de ida hacia la India. Quizás porque se llamaba Rebeca lucía una ecléctica colección de diferentes modelos de chaqueta superpuestos: camisa de lana, jubón, camiseta, jersey y quién sabe qué más prendas acolchaban su menudo cuerpecillo. “Ya sé que allí no me va a hacer falta, pero no quería dejar mi ropa de invierno”. Y yo me pregunto, Rebeca, hija, ¿hacía falta que la llevaras toda puesta encima?

Tras Rebeca se nos adhirió también, cual simpática garrapatilla, un jovencísimo centroafricano con pinta de no haber roto nunca un plato, pero que Laura y yo conjeturamos que se había pagado el pasaje hacia Europa comprometiéndose a trabajar para alguna mafia. Porque, ¿quién hace en un mismo día París-Barcelona-París para trabajar tres horas en Amposta? ¿Y al día siguiente tiene previsto hacer alguna otra proeza contrarreloj parecida, pero en Italia? Da que pensar.

Fuera lo que fuera aquel curioso imberbe, tras deambular por el aeropuerto en busca de la lanzadera que habían anunciado por megafonía pero que nunca encontramos, Laura y yo resolvimos tomar el inevitable taxi e invitamos a nuestras dos recientes adquisiciones a subirse a aquel bote salvavidas sobre ruedas –en realidad, el joven nacido al sur de Burkina Faso se añadió como si tal cosa, como si fuera uno más de aquella improvisada familia-. Empezar la cuarentena en plan ONG es de lo más inspirador.

Habíamos reservado habitación en un hotelito de la Rue des Écoles, el Minerve, muy cerca de la Sorbona. En cuanto llegamos, sobre la una de la madrugada, nos atendió un portero de noche albino, que, sin dejarnos mediar palabra –aunque doy fe de que lo intentamos-, enseguida nos entregó -¿endiñó?- una llave, que supusimos que sería la de nuestra habitación. Pues no: cuando abrimos la puerta que correspondía a esa llave, nos topamos con una maleta y una cama de matrimonio ya deshecha. Cerramos con brusquedad, entre asustadas y expectantes, y bajamos apresuradamente a recepción para explicar lo que había sucedido –por suerte no nos llegamos a topar con los inquilinos-. Entonces aquel ser de blanco cabello e inquietante mirada, que esta vez tuvo que escucharnos sí o sí, protestó porque no le habíamos avisado –como si antes nos hubiera dejado abrir la boca-. Muy contrariado añadió que, al vernos llegar sin maletas –cierto, llevábamos lo justo y necesario en nuestros bolsos king size-, había pensado que éramos los huéspedes que todavía no habían regresado de cenar. Tras hacer el check-in –esta vez sí-, intentamos tomar algo por los aledaños del hotel, pero solo encontramos un bar con una docena de alegres estudiantes que, para qué nos vamos a engañar, nos quedaban un poco pequeños. En fin, anécdotas que iban enriqueciendo los flamantes 40 recién estrenados de mi amiga.

ile-saint-louisTras tanta aventura nos costó un poco conciliar el sueño y pasamos las horas en una especie de duermevela, así que nos despertamos con un apetito voraz. Salimos a la calle, saludamos a un cielo maravillosamente despejado –lo habíamos encargado especialmente para la ocasión- y dimos un corto paseo hasta la Ile de St. Louis, que nos chifla. Allí nos regalamos un pequeño homenaje en la cafetería Saint Régis, donde escogimos el Petit Déjeuner Coup de Coeur: café con leche, tostadas con mantequilla y mermelada, croissant, zumo de naranja natural y huevo pasado por agua. Quelle joie, quel bonheur!

Luego nos acercamos al embarcadero del Bateau Bus, porque, misterios insondables del universo, a pesar de haber estado a punto de casarse con un parisino de pro, mi querida Laura jamás había navegado por el Sena. Por 15 euros compras un billete que te sirve durante toda la jornada para subir y bajar cuantas veces quieras del Bateau Bus. Usar ese medio de transporte para desplazarse por el centro de París es tan turístico como encantador. Iniciamos nuestro primer tramo en la parada de Notre-Dame y nos apeamos en la de Champs Elysées: nuestro taxista nocturno nos había avisado de que ya habían puesto las paraditas del mercadillo de Navidad.

Pasear por una ciudad en la que te sientes como en casa, sin rumbo fijo ni prisas, es uno de esos pequeños placeres que convendría que nos concediésemos con cierta periodicidad. Y no me refiero específicamente a París, también incluyo a Barcelona: estoy empezando a echar de menos callejear libremente por ella.

171Tras deambular a nuestro aire cotilleando elegantes fachadas, fastuosas decoraciones navideñas, vistosos escaparates y variopintos lugareños, nos acercamos al embarcadero de la Torre Eiffel para volver a tomar nuestro transporte fluvial. Un caballero castizo con amarillentos dientes de piraña y su caballuna acompañante nos fascinaron tanto que nos distrajeron un poco de la hermosa panorámica, hasta que se apearon en la parada del maravilloso Musée d’Orsay –cuánto me hubiera gustado volver a ver los muebles de Gaudí-. Nosotras abandonamos definitivamente el Bateau Bus en la parada de Saint-Germain.

Paseamos entre galerías de arte y almorzamos en Le Balto, en la Rue Mazarine. Como entrante, y a pesar de mi colesterol –París bien vale una misa y un capricho gourmand-, compartimos un exquisito foie-gras maison. Siempre recordaré a Ramón, el ex de mi prima Marta y alsaciano por parte materna, dándome precisas instrucciones sobre cómo degustar la famosa especialidad gala comme il faut: “el foie-gras no se unta ni se extiende sobre el pan, ¡por Dios, no es paté! Debe cortarse con delicadeza y apoyarse suavemente sobre la rebanada. ¡Y mejor si es sobre un pain d’épices!”

Después deambulamos por las callejuelas que discurren entre Saint-Germain-Des-Prés, el Boulevard Saint-Michel y el Sena. Nos apeteció acercamos al vetusto y desvencijado Hotel Esmeralda, desde cuyas habitaciones se puede contemplar Notre-Dame y del que guardo un recuerdo entrañable: allí pasé la primera Nochevieja que compartí con mi hoy marido.

Me hubiera encantado entrar en la Sainte Chapelle –aquel día tan soleado era perfecto para dejarse arropar por la luz que se filtra a través de sus caleidoscópicas vidrieras-, pasear por el Marais o tomar el pequeño bus de barrio que sube hasta el Sacré Coeur, pero nuestra breve escapada llegaba ya a su fin. Tomamos el RER hacia Charles de Gaulle a las 16.15h -9,50 euros el trayecto-. En el duty free compré cuatro bêtises que finalmente se quedaron en el avión: tan ligera de equipaje quise ir que olvidé totalmente mis recientes adquisiciones en cuanto el avión aterrizó en El Prat. Suerte que nos llevábamos puesto un gintonic celestial -nos lo tomamos entre las nubes- a la salud de Laura. Y que cumplas muchos más, ma chérie.

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4 comentarios en “Cumplir 40 en París

  1. Que divino!!! Que placer! Me gusta recorrer contigo Y te gustan los locos rincones que yo conozco y disfruto. Si fuese unas pocas horas visitaría lo mismo Y yo tb en ese viaje aprendí de Ramón que el foie no se unta! Jajajaja

    Besos amiguita muchos besos

    Valery

    Sent from my iPhone

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