Frankfurt-Am-Main

A Valery y Clemens los conocimos hace ya quince años en Torres del Paine. Recién casados, como nosotros, apuraban su luna de miel en Chile –ellos vivían entonces en Argentina- antes de partir hacia la lejana Europa: mi hoy gran amiga Valery –solo nosotras sabemos cuánto puede afianzar una amistad el cruce de correos electrónicos-, una bellísima argentina descendiente de judíos que huyeron de la Alemania nazi, rizó el rizo de su historia familiar y echó raíces en la cuna de sus antepasados. Concretamente, en Frankfurt-Am-Main.

Tras su separación más que amistosa, queríamos celebrar con Valery, en plan cuarentañeras locas, la inauguración de su nuevo hogar. Mi amiga Iciar y yo llegamos el sábado a primera hora desde Barcelona y por la noche se nos unieron las expatriadas Carme y Carmen.

En cuanto llegamos al apartamento de nuestra anfitriona, y aun estando la mañana gris y desangelada, nos sentimos arropadas por la maravillosa luz que entraba a raudales por los magníficos ventanales. Me enamoré de su maravillosa cocina al instante y comprobé, una vez más, que Valery no tiene medida: yo creo que supuso que nos quedaríamos incomunicadas durante una semana por la repentina ola de frío, ya que aprovisionó toneladas de víveres de todo tipo –lo que más, limas, ginger ale y ron añejo para los mojitos-. En la nevera grande –el balcón de su casa- brillaba la olla de gulash que había preparado Carmen para la cena.

Enseguida nos fuimos a por ricos panes alemanes para tomar un brunch sin prisas, perezosamente, abrazadas por la cálida conversación, un poco atropellada a causa de la catarata de anécdotas pendientes de compartir. Y allí, sin salir de casa, aprendimos un poco de historia. Porque resulta que desde el  nuevo hogar de Valery se ve perfectamente la descomunal estructura que hoy alberga la Goethe-Universität, conocida como IG-Farben-Haus y también como Poelzig-Bau, edificio Poelzig en alemán, ya que así se apellidaba el arquitecto que la diseñó.

IG-Farben-Haus se creó para albergar la sede de la IG-Faberindustrie AG, el mayor conglomerado químico del mundo de su época, integrado por seis compañías: Agfa, BASF, Bayer, Cassella, Höchst y Kalle. Se levantó en 24 meses y empezó a funcionar en 1931, el mismo año en que Hitler fue humillado públicamente por el abogado Hans Litten en la todavía República de Weimar. En aquel momento era el mayor edificio de oficinas de Europa. En pocos años pasaría a ser 28_30023315uno de los centros de operaciones del horror: entre otras sustancias químicas al servicio del Führer, IG-Farben desarrolló y produjo el Zyklon B, un pesticida a base de cianuro que fue usado en las cámaras de gas de los campos de concentración. IG-Farben tenía, así mismo, su propio campo de trabajos forzados, Buna-Monowitz, también conocido como Auschwitz III.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el edificio se convirtió en la sede administrativa de Eisenhower. Luego Estados Unidos continuó utilizándolo durante la Guerra Fría, hasta tal punto que se le llamaba el Pentágono de Europa. Cuando a mediados de los 90 los norteamericanos abandonaron el inmueble, pasó a ser el nuevo Campus Westend de la Johann Wolfgang Goethe-Universität.

Todo lo que acabo de explicar se puede contemplar desde casa de mi amiga. Porque aquello que perciben nuestros ojos no es simplemente una imagen, sino lo que hay tras ella. Lo que implica.

La lección de historia continuó sin salir aún a la calle, en su propio hogar. Porque en uno de los ángulos del salón, presidiendo el acceso desde el distribuidor de la entrada, la mirada se fija, indefectiblemente, en una preciosa máquina de coser Singer con el encanto de lo muy vivido. Un tesoro familiar que recuerda cómo salieron adelante los ancestros de mi amiga cuando huyeron del nazismo, prácticamente con lo puesto, a un nuevo país al otro lado del Atlántico, lejos de sus raíces, de su lengua, de todo lo que habían conocido hasta entonces. La barbarie los despojó de casi todo y los precipitó hacia lo ignoto. Les hizo comenzar de cero con el terror reciente prendido de la piel, impregnándoles la mirada, el gesto, el alma. Pero todavía se tenían a ellos mismos, a su empuje, a su valentía para salir adelante. A sus ganas de vivir y reinventarse. Y lo hicieron. Vaya si lo hicieron. Puntada a puntada. Entre dobladillos, vainicas, cortes al bies y botonaduras. Por eso más bien parece que sea la vieja Singer quien te observe a ti y te recuerde, encantadoramente gastada, de dónde viene. Y porqué está ahí.

Frankfurt también tuvo que renacer de sus cenizas. Literalmente. Las bombas solo dejaron en pie la catedral neogótica y Haus Wertheim, la única casa original que queda en la pintoresca plaza Römerberg, que fue reconstruida en los años sesenta tal y como era antes de la guerra. Cerca de allí discurre el Main y al otro lado del río se asoma el barrio de Sachsenhausen, donde antes moraban pescadores y curtidores y hoy habitan los frankfurters más cool. Se puede llegar hasta allí atravesando el Eiserner Steg, un encantador puente peatonal de acero –aunque es conocido como “el puente de hierro”- que es la copia del original de 1868 –sí, también fue destruido por el ejército aliado-. Enmarañan sus metálicas entrañas un sinfín de candados, práctica que, además de que degrada el paisaje urbano, me parece espeluznantemente estúpida, qué idea del amor tan retorcida. Como diría mi amiga Mónica, ¿por qué un candado, si la clave está en la llave?

Frankfurt Hauptbahnhof inside 1950La Frankfurt Hauptbahnhof –la estación central de trenes- se empezó a construir quince años después que el Eiserner Steg y se inauguró el 18 de agosto de 1888. Aunque el arquitecto alemán Hermann Eggert diseñó la estación, fue el prodigioso ingeniero Johann Wilhelm Schwedler quien se ocupó de su colosal esqueleto de acero, sin duda lo más impresionante del inmenso edificio. A través del cálculo de las tensiones de los puentes que proyectaba, Schwedler llegó a una importante innovación, revolucionaria en su momento: una estructura arqueada que se articulaba en tres puntos a fin de poder adaptarse a diferentes tensiones y a los cambios de temperatura. La mente del ingeniero nunca dejará de asombrarme.

Entre paseo y paseo siempre apetece hacer una pausa para tomar algo, todo un reto en Alemania: allí no existe la mediterránea costumbre de disfrutar de una comida en condiciones, aderezada de una agradable conversación. Mientras turisteábamos por Fressgass saboreamos un delicioso bocadillo de salchicha a la parrilla en Schvengrill, un puesto callejero –nada que ver con los infames frankfurts que te ofrecen por aquí- y por fin conseguimos sentarnos en una cafetería donde nos calentamos el cuerpo y el ánimo con una deliciosa sopa de paprika.

En claro contraste con el resto de la ciudad, los rascacielos de lo que se apoda Mainhattan, desafiantes e imponentes, proclaman a los cuatro vientos quién ostenta la capitalidad económica de Alemania y Europa: en Frankfurt se ubican el Deutsche Bundesbank –la inquietante mole que lo acoge, que bien podría ser la localización para un remake de “El Resplandor”, se ve cuando llegas desde el aeropuerto por la autovía- y el Banco Central Europeo.

El breve fin de semana estaba dando mucho de sí, pero todavía nos quedaba la esperada cita entre amigas. La noche “solo chicas” empezó en la barra de la cocina en cuanto llegaron Carmen y Carme. Tomamos juntas la primera ronda de mojitos, una exquisita gelée de merluza, caballa y gambas que había preparado Boris –amiguísimo de Valery- y el jamón ibérico que habíamos aportado Iciar y yo. Apenas nos conocíamos, pero las palabras fluían fáciles, veloces y divertidas y, a pesar de ser tan diferentes –o quizás precisamente por ello- nos amalgamaba una curiosa aleación de ecléctica y reconfortante feminidad. Continuamos, ya en la mesa, con el mencionado gulash –riquísimo, voy a incorporar ese guiso a mi lista de platos básicos ya mismo, y más con este frío, ¡brrrr!- y, por no cambiar de alcohol, más mojitos. Risas, exclamaciones de júbilo y confidencias discurrieron sinuosamente mientras nosotras, ajenas a todo lo que no fuera aquel momento, reponíamos serotonina. Fue una noche mágica y entrañable.

El domingo paseamos de nuevo por la ciudad, nos despedimos lánguidamente de sus rincones y saboreamos todo lo aprendido, que no era poco. No obstante, de nuestro fin de semana en Frankfurt me quedo, por encima de todo, con el hogar de mi amiga, que también siento un poco mío. Porque, al fin y al cabo, tu casa es un poco tú. Y a ella, como sucede con los buenos amigos, aunque viva a más de mil kilómetros, la pienso mucho y la llevo conmigo allá donde voy. Bis bald, Val!

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