Porto

Cuando Fèlix se enamoró de Gonçalo, lo hicimos nosotros también en cuanto nos lo presentó, mis hijas incluidas. Gonçalo es un portuense culto, educado, adorable y habla en perfecto catalán con acento de Girona, ¡fascinante! Así que, exceptuando a Fèlix –que describe Porto con la subjetividad del amor-, es el mejor embajador de su ciudad natal que pueda existir: su cálida conversación y su agradable compañía hacen que las ganas latentes de conocer Porto se multipliquen exponencialmente y ya no puedas dejar de pensar en ella hasta que logras escaparte para visitarla. Porque un día lo consigues. A solas con tu marido, de novios. Y cuatro días enteros. ¡La bomba!

Volamos a Porto con Tap y la experiencia no pudo ser mejor. Antes de embarcar nos etiquetaron las maletas de cabina y nos proporcionaron sendos resguardos, ya que el equipaje de mano se deposita cómodamente en un carro entes de subir al avión. En cuanto subes, lo entiendes todo: el interior es tan pequeño -incluso más que un autocar, hay una hilera de asientos individuales a la derecha y otra de a dos a la izquierda- que los trolleys deben almacenarse, necesariamente, en la bodega. Cuando el mágico microavión de Pin y Pon ya ha aterrizado, las maletas te están esperando a pie de escalera. ¡Qué maravilloso invento!

metroEn el aeropuerto Francisco Sa Carneiro hay una estación de metro y puedes ir directamente a Porto desde allí. Cómodo, rápido y asequible. Igualito que el aeropuerto de Barcelona, vamos. Claro, para qué queremos una buena conexión con el aeropuerto, teniendo prevista una marina fantasticulosa para cruceros de lujo. Tener un alcalde senil es lo más.

Pero regresemos a Porto. Nos alojamos en el barrio de Baixa, en el Hotel Teatro, Rua Sá da Bandeira, 84, que sería el escenario ideal para rodar algún capítulo de mi adorada serie “True Blood” -sí, soy así de freak-. No solo cuenta con un personmi_sombraal amable y atento -simpatiquísima e inasequible al desaliento Silvia Santos-, sino que está estratégicamente ubicado, muy cerca de la señorial Avenida dos Aliados, de la Estaçao de São Bento y sus preciosos azulejos, del decadente Mercado do Bolhão, de la bulliciosa Rua de Santa Catarina -en el número 2, en la librería Leya Latina, compramos nuestra guía de la ciudad, “Stop 4 Porto”-, del Café Majestic, del Café Guarany y del Café Progresso, al que se llega tras un empinado paseo. Sí, hicimos varias pausas para tomar algún que otro galão, pero es que nos las vimos con una lluvia lateral hostil incomodísima, como si alguien te estuviera vaporizando la cara constantemente -mejor tomárselo como un beneficioso tratamiento facial-.

Fachadas2Porto es una ciudad ecléctica en la que reinan los contrastes más sorprendentes. Edificios decrépitos y estructuras desvencijadas a lo Baby Jane Hudson conviven en armoniosa vecindad con preciosas fachadas esmeradamente restauradas, brillantes y coloridos azuletranviajos y verdaderos alardes arquitectónicos que desafían a las leyes de la gravedad y maravillan al paseante. Establecimientos que perduran desde tiempos pretéritos -todavía existen barberías como las de antaño- comparten acera con locales cosmopolitas y originales creadores: Eureka Shoes, en la Rua Passos Manuel, o Bem Português y Em Movimento, en la Rua Mouzinho Silveira, son solo tres ejemplos, aunque en las curiosas galerías comerciales de Miguel Bombarda con Rosário y aledaños hay muchos más.

LellaLa Livraria Lello es de visita obligada, no solo por la extraordinaria cantidad y variedad de libros que exhibe, sino también por el espacio en sí, primorosamente conservado como una biblioteca de cuento. Tuvimos la desgracia de coincidir con una terrible horda de turistas que, a pesar de la prohibición de tomar fotos, incomodaban tanto a los empleados como a mí misma con sus flashes indómitos e invasores. Y luego salían sin comprar nada, claro. El gran clásico.

AVidaPortuguesaAl lado de la concurridísima librería, y a fin de relajarse un poco tras la estresante experiencia, vale la pena curiosear un poco en A Vida Portuguesa, que además de ocupar un local diáfano muy acogedor, ofrece mil y un objetos curiosos para obsequiar o auto regalarse, desde reproducciones de cuadernos infantiles y juguetes vintage a tentadoras exquisiteces gastronómicas.

Un poco más allá se eleva la Torre Dos Clérigos, cuyos 76 metros de altura exigen al sufrido turista escalar 225 escalones -algunos con trampa, de esos que cuentan como uno pero valen por dos-. Eso sí, las vistas sobre el Douro son impresionantes incluso nublado y lloviendo -en esas condiciones subimos hasta allí nosotros-. No obstante, advierto a futuros oteadores que la organización deja mucho que desear y puedes llegar a pensar que morirás aplastado por la multitud, ya que no controlan los flujos de entrada y salida por la angosta escalera y la estrecha balconada circular que corona el monumento. Para un claustrofóbico puede llegar a convertirse en la peor de sus pesadillas.

grafitiSuerte que a poca distancia de allí puedes tomar una bocanada de aire fresco en el Passeio das Virtudes, un hermoso mirador ajardinado, y reponer fuerzas antes de acercarte, callejeando y pendiente abajo, al Palácio da Bolsa, cuya visita guiada merece mucho la pena, aunque recomendamos combinar la entrada con alguna otra actividad – por ejemplo, una travesía por el Douro- para amortizarla un poco. Lo más interesante del didáctico recorrido fue descubrir que las fastuosas paredes del Café Majestic, la Livraria Lello y el Palácio da Bolsa son de mentirijillas: los artesanos portuenses, para demostrar que eran más chulos que un ocho, decidieron demostrar al mundo su maestría y trabajaron con yeso, como si de un gran atrezzo se tratara. Da totalmente el pego, yo ni tocándolo me acababa de creer que aquello no fuera madera. Ya lo dice la canción: “Teatro, la vida es puro teatro…”.

Aprovechamos el único día de nuestra estancia sin nubes ni lluvia para disfrutar del Douro y su desembocadura. Bajamos sin prisas hacia el barrio de Ribeira y decidimos bordear el río en un largo paseo que nos llevaría toda la mañana. PartimediaMaratónmos de la Praça da Ribeira y seguimos hacia Rua Nova de Alfãndega, donde nos topamos con los corredores de la media maratón de Porto y su séquito de animadores y voluntarios -todo un mundo en el que no me voy a recrear, las hazañas deportivas me parecen inverosímiles-. También vimos a varios grupos de jovenzuelos que regresaban de fiesta y pasamos por delante de algún que otro after hours -no veía nada así desde mis lejanas escapadas ibicencas-. Caminando, caminando, caminando, siempre junto al río, dejamos atrás el Ponte de Arrábida -obra del ingeniero Edgar Cardoso- y llegamos al barrio de Foz, que orilla el estuario del Douro. Allí nuestro recorrido se hizo más agradable y llegó a su punto culminante: Pontão da Foz. Foz2Desde el faro disfrutamos de un espectáculo sobrecogedor, ya que tuvimos la suerte de poder contemplar cómo el poderoso Atlántico abría sus fauces acuáticas para morder los espigones. Más adelante pudimos soslayar definitivamente a la troupe de la media maratón -que empezaba a ser demasiado cargante- gracias a un agradable sendero que bordea las playas de Foz hasta el Castelo do Queijo. SardinasDesde allí nos dirigimos a la entrada del Parque da Cidade -el mayor parque urbano de Portugal, se puede pasar el día allí perfectamente- para alcanzar Matosinhos, ciudad industrial anexa a Porto, conocida por sus playas para surfistas y -ahí radicaba nuestro interés- por los restaurantes de su barrio de pescadores. Efectivamente, la Rua Heróis de França está repleta de pequeños establecimientos donde hay una variada oferta de cocina marinera a la brasa. Nosotros optamos por Casa Serrao, en el número 517, y comimos el mejor pulpo asado que hemos probado jamás: la ración daba un poco de miedo -los tentáculos eran gruesos como culebras-, pero estaba tan tierno que se fundía en la boca, ¡sublime!

teleféricoTras la pequeña excursión estábamos exhaustos, pero nos negábamos a regresar al hotel y desperdiciar ese día soleado, aPonteEiffelsí que tomamos el metro para regresar y nos bajamos en la estación de Jardim do Morro de Vila Nova de Gaia, desde donde se accede al teleférico que desciende a Cais de Gaia y ofrece unas preciosas vistas panorámicas de Porto, que queda enfrente. Una vez en el muelle, tomamos un pequeño barco de madera desde el que pudimos observar las entrañas de seis de los puentes que atraviesan el río justo antes de ponerse el sol. Los que me parecieron más hermosos son el Ponte D. Luís I, inaugurado en 1886 y construido por la Société de Willebroeck de Bélgica, y el Ponte D. María Pia, obra de 1877 de la Casa Eiffel. Aunque, por supuesto, para gustos, los colores.

casa da musicaEn las antípodas de la imagen bucólica de la ciudad a orillas del Douro está la Casa da Música, obra del arquitecto holandés Rem Koolhaas. Es como si un gigantesco meteorito poliédrico de hormigón y cristal hubiera caído desde el espacio exterior y hubiera echado raíces ahí, entre las casitas con fachadas de azulejos y el frondoso y refrescante Jardim da Boavista. Queda pendiente disfrutar de algún concierto en ese escenario privilegiado.

La vida sin comer bien no es vida, así que, Matosinhos a parte, os paso algunas direcciones que os podrían ir bien si os animáis a ir a Porto.

EL MÁS COOL. El restaurante-librería Book, en la Rua de Aviz número 10, ocupa el espacio que antaño albergaba la Papelería Aviz –de hecho, dentro todavía lucen su cartel- y aún conserva una pared forrada de estanterías de madera y repleta de libros. Te sirven la carta dentro de un ejemplar gastado por el tiempo y también utilizan algún tomo de curiosa edición como salvamanteles. El que me tocó cuando me sirvieron el arroz con pulpo que escogí como segundo plato –exquisito- era ”Poesia e Ritmo” de Giuseppe Tavani, e incluía el análisis rítmico de un poema de Salvador Espriu y de otro de Pablo Neruda. Hermoso, ¿verdad?

COCINA CASERA. O Buraco, en el número 95 de la Rua do Bolhao, fue otra de las recomendaciones de Fèlix y Gonçalo. La verdad es que por su aspecto exterior no hubiéramos entrado jamás, pero lo aconsejamos encarecidamente, ¡se come de fábula a un precio inverosímil! Cuando entramos, un encantador señor con aspecto de tener que haberse jubilado ya nos envió al comedor de abajo, mientras nos explicaba algo en su portugués veloz que no logramos descifrar. Nos sentó en una mesa y nos dio una carta mientras nos traía una ensalada y un par de buñuelos de bacalao que no habíamos pedido. “¿Carne o pescado?”, nos preguntó escuetamente. Yo enseguida pedí las famosas tripas -impresionantes en todos los sentidos-, que no quería dejar de probar. Mi marido, tras dudar un poco, se decantó por unas sardinas, que le chiflan. Entonces el hombrecillo le dio dos opciones que no comprendimos y optó por la vía del medio: le trajo las dos, unas abiertas sin espina y otras más pequeñas y enteras, en plan pescadito frito. El vino también fue motivo de risas. El anciano caballero nos preguntó si preferíamos vino tinto o blanco y escogimos tinto. Él se dispuso a traernos el vino de la casa pero mi marido quería darle un vistazo a la carta de vinos, así que cuando llegó un camarero más joven con el tinto, se la pidió. Pero mientras ojeaba qué caldo luso podríamos probar, regresó nuestro padre adoptivo y nos abrió la botella de vino de la casa sí o sí, que estaba muy bien y que si no nos gustaba ya nos lo cambiaría. Por suerte sí que nos dejó escoger la copa de Porto de 20 años -exquisito- con que acompañamos el postre. Salimos de allí tan ahítos como felices. Comer en O Buraco te hace reconciliarte con la especie humana.

TAPAS Y GINTONICS. En Canelas de Coelho, Rua Elísio de Melo 29-33, abren ininterrumpidamente desde las tres del mediodía hasta las dos de la madrugada y se pueden tomar platillos y tapas con vino o gintonic, según las preferencias de cada cual -cuentan con una amplia oferta para ambas opciones-. La primera noche que fuimos, dos gabachos cincuentones demostraron, una vez más, que cuando un francés se pone borde no hay quien le supere. La camarera, que hablaba un inglés impecable y a nosotros nos entendía sin problemas en castellano, hacía mil y un esfuerzos para explicarles la carta -ellos solo hablaban francés- y de vez en cuando intercalaba alguna palabra en francés, esforzándose, con éxito, en pronunciar bien, hasta que llegó, ay amigos, al poisson maudit y dijo poison. Sí, lo habéis adivinado: el tipo tuvo la gran desfachatez de corregirla. Pues yo le hubiera servido poison con el poisson. Poquito, solo para causarle una pequeña indigestión.

9WINE BAR. Entramos en La Ricotta, en Rua Passos Manuel con Rua Sá da Bandeira, porque tenía buena pinta, estábamos cansados y necesitábamos comer algo no muy lejos del hotel para acercarnos luego a descansar un poco -la vida del turista es verdaderamente agotadora-. Y acertamos. Fue un placer probar un auténtico pata negra portugués -pido disculpas, pero me niego a llamarle presunto-, cortado a mano y exquisito, y regarlo con un soberbio vino del Alentejo -una botella de Grous, para más señas-. Recomendable para un romántico mano a mano.

LUJO LUSO. Mi viajada y viajera amiga Isabel estuvo en Porto hace unos meses con Víctor, su pareja, e insistió en que teníamos que probar O Paparico, así que nos reservó mesa ella misma. Llegar hasta el remoto lugar donde se ubica ya es toda una aventura, y el aire de estar a punto de descubrir algo diferente continúa cuando llegas: debes golpear la puerta con los nudillos, como si fuera un local clandestino de la época de la ley seca estadounidense. Un muchacho encantador al que llamaremos Néstor, porque era clavadito al hermano de mi amiga Silvia, nos explicó los entrantes que ya había dispuestos primorosamente en la mesa en un castellano impecable y luego atendió a unos ingleses con un acento british fabuloso -al parecer todos los portugueses son políglotas-. Néstor nos recomendó un arroz caldoso con bogavante azul que no estaba en la carta, pero nosotros habíamos ido allí, básicamente, para hacernos un homenaje gastronómico con el pulpo asado del que nos había hablado Isabel -sí, el pulpo fue monotema, y no el bacalao-. Todo estuvo perfecto, excepto un solo detalle: la salita de la entrada hacía las veces de espacio para fumadores y, al carecer de puerta, conforme la noche transcurría, el hedor del tabaco impregnaba el ambiente a nuestro alrededor cada vez más, llamadnos quisquillosos -que en eso lo somos, y mucho-. Suerte que llegamos temprano y no tuvimos que sufrirlo demasiado.

PonteAtardecer3Y hasta aquí la entrada más larga que haya escrito hasta la fecha en este blog. Quisiera acabar tal y como la he empezado: lo mejor de Porto, lo que me haría regresar de nuevo sin pensarlo dos veces, es cuán amable, encantadora y acogedora es su gente donde quiera que vayas. Muito obrigada!

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