Daños colaterales

Mi pequeña familia y yo vivimos en el barrio del Putxet. Habrá quien piense que es una zona privilegiada de Barcelona, y lo es, pero no por el poder adquisitivo de sus convecinos, que de todo hay –para muestra, un botón-, sino por su agradable microclima –el termómetro siempre marca varios grados menos que en el centro de la ciudad- y por la lejanía de las hordas de turistas que chancletean por doquier -sí, las multitudes me enervan y me sacan la vena arisca-.

Al barri hi ha de tot, que decía una campaña municipal de ni recuerdo cuándo, y el centro neurálgico de nuestro diminuto microcosmos es Craywinckel. En esa breve calle se ubica la pastelería-charcutería Cortacans, que forma parte indispensable del tejido social del barrio gracias a la hospitalidad de su anfitriona, Pilar, y al buen hacer de Rafa, Marcela, Montse, Susana y el dicharachero Juan Pablo, cuyas groupies octogenarias se arraciman junto a la barra a la hora del vermú.

Mi marido y yo desayunamos allí durante la semana laboral. Es una rutina que establecimos hace años para pellizcar pequeños paréntesis de pareja y nos va la mar de bien, además de facilitar que nos relacionemos con nuestros convecinos. Todos tenemos una franja horaria más o menos establecida y, a fuerza de coincidir día sí, día también, hemos ido sedimentando lazos de afecto con buena parte de nuestros contertulios, incluso de íntima complicidad con nuestra queridísima María.

Hacía meses que echábamos de menos a Xavier. Se escapaba unos minutos de la sucursal de Caixa de Terrassa que había unos metros más allá -la cerraron poco después de que constatáramos que sus ausencias no eran pasajeras-. Era el director. Un director joven, sobre los 40. Saludaba sonriente, se sentaba en su mesa del rincón y ojeaba la prensa deportiva mientras tomaba un café con leche y un bocadillo. Jamás participaba en las conversaciones ajenas, pero le vi empequeñecerse un poco cuando todos nos dedicábamos a denostar a cajas, bancos y todo tipo de entidad financiera que formara parte del paisaje de la crisis, sin reparar en él. O a sabiendas.

Yo creo que su tumor le vino de aquello. De sentirse mal por todo lo que estaba pasando. De formar parte de La Gran Estafa sin quererlo. Porque era buena gente. Muy buena gente. Me lo dice Pilar –así que lo creo a pies juntillas-, que le conocía bien porque durante años tuvo una cuenta allí, en esa pequeña oficina de barrio que ya no existe, cuyo gerente no existe tampoco: se lo ha llevado el cáncer. Y estoy triste, muy triste. Porque nunca me senté con él para preguntarle qué pensaba de todo aquello. Porque nunca le di una oportunidad. Ni un abrazo. Y ahora me gustaría hacerlo.

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2 comentarios en “Daños colaterales

  1. Que divino lo que has escrito amiga!!! Que sentido y que profundo!!! Me gusta leerte es como estar juntas y compartir una coca en Cortacans mientras tomas tu cafecito. Amiga es muy cierto lo que dices y suuper triste Un minuto de silencio y de pensar siempre en este Sr y todos los Xavieres del mundo

    Un beso grande

    Valery

    Sent from my iPhone

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