Barcelona-Zaragoza

– Pero tú, ¿qué eres, catalana o maña?

– ¡Maña! –respondía yo rápidamente, los brazos en jarras y los ojillos vivarachos de la infancia feliz.

De niñas, mi hermana y yo pasábamos buena parte de nuestras vacaciones escolares con nuestros abuelos paternos, María y Daniel, que vivían en Zaragoza. No en una encantadora aldea o una pintoresca población de los Monegros o el Moncayo, sino en la mismísima Caesaraugusta. Pero como si fuera el reino de Nuncajamás: cada vez que nuestros padres nos venían a recoger para regresar a Barcelona, llorábamos desconsoladamente hasta Alfajarín.

– Yaya, si tengo que volver a Barcelona para ir al colegio, ¿por qué no buscamos uno en Zaragoza?

– ¡Calla, insensata! ¡Y ni se te ocurra decírselo a tu madre, que no querrá que vengas más!

Mi abuela cocinaba como nadie porque su paupérrima familia la había puesto a servir de muy pequeña y, habilidosa y listísima como era, enseguida se ganó a pulso un merecido puesto entre los fogones de los ricachos. De aquella extraordinaria mujer recuerdo sus achuchones con besos sonoros, de esos que te estallan en las mejillas y te cosquillean las entrañas, la alpargata voladora cuando mi hermana o yo habíamos perpetrado alguna trastada, sus manos con sempiterno olor a lejía -ella siempre tan requetelimpia-, la almohadilla sobre la que se arrodillaba para fregar los suelos de toda la casa, el volteo diario de los colchones de lana, su sabrosa e imaginativa cocina de pobre, las sesiones de cine clandestinas para ver con nosotras “Aeropuerto 75” y otras pelis de catástrofes setenteras, pero, sobre todo, el amor que derrochaba en cualquier gesto, cualquier detalle, cualquier palabra que saliera de su boca.

Pasábamos cada tarde del mundo mundial, en pleno agosto, en un parque al que llegábamos atravesando el Huerva –hoy veo, cotilleando por Google Maps, que se llama Parque Bruil-. Tras acarrear hasta allí a sus nietas, su sillita plegable, su bolsa de labores y nuestra merienda, se instalaba bajo algún árbol frondoso y, mientras sus manos tricotaban y tricotaban sin cesar, vigilaba atenta nuestras evoluciones en la piscina municipal. Un día a la semana guisaba algo rico, lo metía en una fiambrera y, pertrechada con sus bártulos, nos arrastraba en autobús por Zaragoza para llevarnos al Parque del Cabezo. Los fines de semana nos acompañaba también mi abuelo, quien, además de mi padrino y lector compulsivo de Marcial Lafuente Estefanía, era forjador en una fragua y tenía unos bíceps como Popeye. Entonces íbamos al Ojo del Canal a pasar el día: chapoteábamos como las ranas, perseguíamos zapateros y cogíamos chufas. Luego, por la Pilarica, las dos nietísimas nos vestíamos de baturras –siempre envidié el precioso mantón de manila azul celeste de mi hermana- para participar en la ofrenda de flores a la patrona de la ciudad, quien para mí nunca fue vigía de las españas ni nada que se le parezca. Por eso, aunque ahora sea una descreída, escogí hacer la primera comunión en la basílica donde se le rinde culto.

De mi abuela catalana, que era mi madrina y compartía nombre y oficio con la otra -fue cocinera en el bar que regentaban sus padres, así conoció a mi abuelo Amador, que era cliente habitual-, recuerdo, además de su serenidad, su sensatez y su saber estar, el trajín de bolsas de agua caliente para aclimatar las camas, o las rebanadas de pan de payés que tostábamos en la estufa de butano con que intentaba caldear el enorme caserón en que vivía, un lugar mágico donde celebrábamos con mi familia materna, año sí, año no, el 25 y el 26 de diciembre, Nadal y Sant Esteve. Durante aquellos dos días invadían el espacioso comedor de mi abuela un par de mesas dispuestas para la ocasión –una para los adultos, otra para los babyboomers– en las que disfrutábamos tanto de los ricos platillos navideños que preparaba la matriarca del clan –qué gran mujer, puntal de todo y de todos- como del divertido jolgorio de tiets y cosins: mi tío Miquel siempre acababa protagonizando alguna entrañable performance con algún tapete en la cabeza, mientras que a los primos nos encantaba montar festivales de Eurovisión caseros –qué bonito es inventarse todas las letras- para mortificante deleite de nuestros progenitores.

Creo que queda claro que soy charnega, un vocablo que para mí carece de significado despectivo. Mi padre, el mejor de la galaxia y del universo entero, era un aragonés que en una verbena de San Pedro se enamoró de una catalana, a su vez charnega también: su madre era de Lleida y su padre -al que nunca conocí porque murió antes de que yo naciera- de Almería. En casa de mi madre se hablaba, la mayor parte del tiempo, en catalán. No obstante, cuando nací, decidió que me hablaría en castellano por respeto a sus suegros. “Nena, semblarà xarnegueta”, le soltó su hermano Toni cuando hizo pública su resolución –al parecer para él el palabro sí que tenía connotaciones negativas-. Cuando nació Ángela, mi primogénita, empecé a hablarle en catalán porque quería que fuera bilingüe –su padre y yo hablamos en castellano-. Como yo, por otra parte: de muy pequeña determiné que con mi familia materna hablaría en catalán.

– Pero tú, ¿cómo te sientes, catalana o española?

– Pues ni una cosa ni otra. En todo caso, barcelonesa. Pero ahora mismo, lo que más, extraterrestre.

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8 comentarios en “Barcelona-Zaragoza

  1. Es tal como fue; me he emocionado al leer y recordar… Me encanta como escribes syster. Soy tan feliz de ser tu systercilla… No paro de aprender cosas contigo y no sólo de la vida. Valorar los momentos con todos los sentidos y esas cosas que no tienen precio para muchos pero sí infinito valor sentimental para mí.
    Te quiero hasta el infinito y más allá!
    Muach!

  2. Yo también son xarnegueta, y tengo que decir que a mucha honra. De padre vasco y madre catalana, alguna vez he escuchado eso de “pues vaya combinación”. Pues una bien buena, ¿no?
    Orgullosa de ser bilingüe, y espero que algún día trilingüe (o por lo menos “casi” si consigo perfeccionar el inglés) y aspirante a ciudadana del mundo, me da pena pensar que el objetivo sea ir a menos – a poner fronteras y cortapisas – en lugar de aspirar a más.

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