Arles

Que las Arènes d’Arles estén perfectamente conservadas no causa tanto asombro como que hayan continuado, durante dos mil años, en constante funcionamiento para uso y disfrute de los arlesianos, que a día de hoy todavía acuden al anfiteatro romano a presenciar goyescas y piruetas equinas.

Paseamos por el centro histórico al atardecer, mientras los turistas más rezagados hacían sus últimas fotos y el sol amarilleaba las viejas piedras que configuran la majestuosa arquitectura urbana y el pavimento adoquinado de la zona peatonal. Nos regalamos una merienda espléndida -repostería casera y chocolate a la taza- en una cafetería en la que, comme d’habitude, no nos facilitaron ni una triste servilleta para compartir en familia. ¿Será una costumbre gala limpiarse los restos de chocolate, croissant o cerveza con la manga o con las faldas de la camisa? Por favor, que alguien nos alumbre y despeje esta gran incógnita que nos ocasiona desasosiego y episodios de insomnio.

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Aix-en-Provence

Qué gran decepción. Tal vez fue porque todo el mundo nos había generado tantas expectativas que esperábamos demasiado. Quizás la ciudad patas arriba, en obras y desangelada, también contribuyó a crear una mala impresión. Pero, definitivamente, que nuestros encuentros con los lugareños fueran absolutamente desagradables acabaron de rematar la faena (huy, qué yuyu, he utilizado terminilogía taurina).

Le preguntamos a un par de vigilantes-hembra de zona azul dónde podíamos encontrar un parking:

– ¿Parking?, no entiendo…

– Un garaje cerrado donde guardar el coche (en plan “Barrio Sésamo”).

– ¡Ah! –dirigiéndose a su compañera, al parecer más avispada que ella- ¿Tú sabes dónde hay un parking?

Y su collègue nos dio unas instrucciones tipo película de los hermanos Marx (“¡y dos huevos duros!”) para enviarnos a Culimundi, la cuestión era putear a los turistas. Luego descubrimos (nosotros solos, qué clarividencia) que allí al lado había un magnífico aparcamiento subterráneo de varias plantas. Un “tout droit et après à gauche” habría bastado. Supongo que pretendían que recorriéramos algunos barrios más de su ciudad.

Ya peatones, nos detuvimos a tomar un café en una pequeña panadería que parecía encantadora. Nos atendió una dependienta con zarpas de porcelana (qué manicura tan espeluznante) que se pasó la mitad del tiempo trajinando en el obrador -en las catacumbas del local y encerrada a cal y canto- y desatendiendo el mostrador. Fue borde a más no poder y nos cobró de más, pero por no volver a ver su cara de estornino ni nos molestamos en reclamar.

Después de estas dos experiencias extrasensoriales con sustancias ectoplásmicas de hostilidad manifiesta, la cosa no mejoró mucho. Paseamos por las calles peatonales que rodean la Mairie (hay que reconocer que monísimas y muy pintorescas), cotilleamos un poco entre las paradas del mercadillo semanal emplazado en el Cours Mirabeau (bastante ordinario, por otra parte… el mercadillo, que no el regio paseo) y llegamos tarde al mercadillo que merecía la pena, ubicado delante de la Cour d’Appel. Qué lástima.

Tal vez tengamos que darle una segunda oportunidad a Aix-en-Provence.

Aigues-Mortes

– ¿Por qué la ciudad de Aigues-Mortes tiene un nombre que no es francés?

– Sí que es francés, lo que pasa es que no lo pronuncias bien.

El chovinismo francés salpica con la misma creatividad y fantasía pósteres, folletos y conversaciones, y lo mismo ningunea el occitano -mientras Frédéric Mistral se revuelve en su tumba- que se mira el ombligo o analiza con precisión de entomólogo la pronunciación de los esforzados extranjeros, que nos sentimos más étrangers que el de Camus. Aunque no todos los franceses son chovinistas, por suerte para todos. Sobre todo para ellos.

La ciudad en cuestión existe gracias al trueque que hizo Luis IX de Francia (o San Luis si sois devotos) para alcanzar el Mediterráneo e irse de cruzadas a decapitar infieles (qué absurda es la naturaleza humana… todavía hoy). Suponemos que el trueque no fue demasiado difícil, porque esas tierras eran unas marismas fétidas y pantanosas (de ahí el nombre del villorrio).

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En fin, historietas aparte, la ciudad tiene mucho encanto, con esa fortaleza imponente jamás violada (no por nada: el puerto oficial de la monarquía francesa se trasladó a Marsella a la primera de cambio) desde la que se pueden contemplar tanto las espléndidas vistas hacia las cercanas salinas como las fascinantes azoteas de las casas de los lugareños. Algunas callejuelas deparan agradables sorpresas para la mirada curiosa, desde fachadas de casitas de cuento hasta pequeñas tiendas repletas de objetos de mil y un colores y cosquilleantes aromas que gritan “¡llévame contigo!”.

Camarga y Provenza

AlojamientoLas pasadas vacaciones de Semana Santa decidimos acercarnos a una zona de Francia que está a cuatro horas de coche desde Barcelona. Gracias a la recomendación de nuestra amiga Alicia Billon nos hospedamos en el Domaine des Clos, entre Bellegarde y Beaucaire. Os lo recomendamos mucho (siempre en temporada media o baja, en pleno verano es escandalosamente caro), tanto por su ubicación (“entre Provenza y Camarga”, como reza su publicidad), como por la calidad y el buen estado de sus instalaciones, la amplitud de espacios y las diferentes posibilidades de alojamiento. Nosotros optamos por uno de sus apartamentos por razones obvias (somos dos adultos y dos no-tan-niñas y hacer todas las comidas fuera de casa durante una semana es insostenible), pero también disponen de habitaciones que comparten algunos espacios comunes, como comedores o pequeñas cocinas. Si queréis, podéis echar un vistazo a su web: http://www.domaine-des-clos.com

Nuestro apartamento, Le Pigeonnier, tenía las camas ya hechas a la llegada y, además de toallas para todos, contaba con trapos de cocina e incluso un mantel de algodón para la mesa. Impecable, bien decorado, acogedor, muy luminoso y con limpieza final incluida. Para nosotros, perfecto.

En Camarga y Provenza hay tantos lugares de interés para visitar que se nos hizo muy corta la estancia. Hubiéramos necesitado por lo menos una semana más para, además de completar la lista de incontournables, disfrutar de nuestro excelente alojamiento. Definitivamente, los días de fiesta deberían ser de goma elástica. En fin, à la prochaine, que dicen los franceses.